Por: Jorge Rodríguez
Hablar de adaptación es siempre, para bien o para mal, un asunto complejo. Desde las opiniones más puristas, que afirman que los textos clásicos tendrían que reproducirse sin “meter mano” a la creación de los grandes autores, hasta quienes defienden que el arte, como la vida, tendría que estar en constante evolución; aún cuando los cambios en una obra no surjan de un análisis sustentado. En mi opinión, una buena adaptación no es precisamente aquella que preserva la esencia del material original intacto. Al contrario, las mejores adaptaciones son las que se atreven a hacer los cambios necesarios – incluso, modificar la esencia misma de una obra – siempre y cuando estos sean en función del nuevo discurso que el autor desea desarrollar. Aún si esto convierte el nuevo producto en algo muy distinto al original.
Bodas de Sangre – escrita por Federico García Lorca, uno de los dramaturgos españoles más importantes del siglo XX – es una tragedia pasional que nos enfrenta con la violencia del amor, en su forma más cruda y visceral. Inspirada en un suceso real ocurrido en Andalucía en 1928, un novio pide la mano de su amada sin saber que ella desea a otro hombre de su pasado. Mientras se realizan los preparativos para la gran celebración que unirá a las dos familias, la novia se debate internamente entre el deber ser y su deseo carnal; ese que ha tenido que ahogar y callar durante toda su vida. Finalmente, la noche de la boda, la novia huye con su amante, desencadenando una serie de eventos trágicos que sacudirán a ambas familias, ya de por sí marcadas por la pérdida. Esta obra, escrita hace casi cien años, plasma la naturaleza salvaje del ser humano y las cosas de las que somos capaces por amor, por deseo, y por dolor.
Es interesante llamar al trabajo de Angélica Rogel una adaptación del texto original, pues en realidad ella ha decidido mantener las palabras de Lorca prácticamente intactas. Más bien, su trabajo de adaptación tiene que ver con cómo decidió contar esta historia, particularmente desde la dirección y la identidad estética que creó para el montaje. Aquí, Angélica nos propone situar esta historia en el norte de México; un norte que de pronto parece pertenecer a un contexto histórico muy específico – donde no hay narcos, armas largas o celulares – pero que al mismo tiempo se siente atemporal, y debo decir, alejado.

Es evidente que la decisión de trasladar esta historia al norte del país se tomó con la intención de insertar a los personajes de Lorca en la violencia sistemática de México. Y pudiendo haberse enfocado, por ejemplo, en el narcotráfico – que es probablemente el ejemplo de violencia más inmediato en nuestro contexto nacional actual – Bodas de Sangre elige hablar desde un lugar menos común. Noto un esfuerzo por hablar sobre el machismo y la violencia de género presente en las tradiciones mexicanas – la usanza de la pedida de mano y la boda arreglada – y el cómo estas costumbres, en apariencia inofensivas, son también un acto violento hacia las mujeres. Sin embargo, me parece que el montaje no termina de formular las preguntas que quiere hacerle a esa violencia que hábilmente evidencía. No termina de acotar el contexto que pretende criticar, y por lo tanto, cuenta esta historia en un espacio y un tiempo que bien podría ser cualquier época, en cualquier pueblo de cualquier país. Al final, la pertinencia de este montaje radica casi absolutamente en el texto universal que eligen preservar; vigente en el fondo, más que en la forma, a la que esta producción parece haberle dedicado tanto tiempo y recursos.
Desde las navajas y los caballos, hasta los corridos tumbados, Bodas de Sangre termina siendo un collage de elementos que nos remiten estéticamente al norte del país – con una colorimetría sepia y un suelo agrietado por la falta de lluvia – pero que no dejan de ser poco claros en su geografía y temporalidad. El diseño de escenografía de Javier Ángeles y el diseño de vestuario de Natalia Seligson nos regalan estímulos visuales que nos adentran en este mundo árido, caliente y polvoso, pero que poco nos dicen del conflicto o de los personajes. Resalto, por ejemplo, el vestido blanco que usa Ana Guzmán Quintero y que hacia el final de la obra se “mancha” de un bordado rojo, precioso; es un elemento bello, estimulante, pero que termina tan solo ilustrando la anécdota que igual acabamos de presenciar, sin sumar mucho. En cuestión de diseño de producción, quizás la iluminación de Patricia Gutiérrez es la mejor lograda; creando por sí sola esa atmósfera épica a la que este equipo creativo parecía apuntar. A los aciertos de este montaje añado también el diseño sonoro – más el creado por los actores in situ que la musicalización misma – que termina de dibujar los espacios y hasta las emociones, que el resto de la puesta en escena deja poco claros.
Paradójicamente, este montaje se enfrasca demasiado en llevar Bodas de Sangre a un contexto específico, pero terminan creando un espacio más bien liminal, abstracto. Y me hace sentido que Bodas de Sangre pueda ocurrir en cualquier lugar. Pero entonces, ¿cuál es el problema? En mi opinión, es que este equipo ha concentrado sus esfuerzos en el tratamiento estético de la escena, y ha descuidado – quizás por accidente – el tono en el que sus actores nos cuentan esta historia. La obra se va por completo hacia el melodrama. Pero además, tenemos a algunos integrantes del elenco – como Ángeles Cruz, María Kemp o Miguel Tercero – que entienden perfecto el tono y lo llenan de verosimilitud; mientras que otros lo convierten prácticamente en un melodramón telenovelesco. Y si a esto le agregamos los elementos de atmósfera – el rancho, el campo y los caballos – que también asociamos colectivamente a esas historias vistas en televisión, es natural que este montaje se viva como la novela de las 8 de Televisa, resumida en dos horas y media.

Pero creo que ese es mi punto: convertir Bodas de Sangre en una telenovela no me parece precisamente un error. Al contrario, creo que la adaptación de Angélica Rogel es exitosa en su sintetización de un texto clásico, manteniendo la belleza de sus palabras, pero volviéndolo también más accesible a un público que quizás no estaría siempre dispuesto a digerir las obras imponentes de la literatura dramática universal.
Pero entonces, ¿hacer más accesible una obra, simplificándola, está mal? ¿Es que los clásicos deben vivirse siempre como piezas de museo; vistas con respeto, hacia arriba y desde lejos? ¿O una obra así de majestuosa puede también ser de carácter popular? Porque, ¿qué convirtió estas historias en clásicos, entonces, sino el gozo del público que las presenció, mucho antes de que una élite cultural las considerara inamovibles?
Bodas de Sangre no está ni cerca de ser esa tragedia monumental que quizás muchos esperaban ver. Pero, en mi opinión, es una buena adaptación; en tanto que toma un texto fácilmente moldeable y lo convierte en una obra que se disfruta, y que no necesariamente se deshace de los temas más profundos de su material original; aún si no profundiza o pone en crisis el nuevo contexto que retrata. Independientemente de mis inquietudes y disgustos, me queda claro que este es un montaje accesible que ha encontrado al público ideal para compartir su discurso. Si lo que este equipo pretendía era hacer hacer una crítica profunda de la violencia que el texto retrata, definitivamente me quedo con dudas. Pero si buscaban crear una Bodas de Sangre ligera y entretenida, fácilmente digerible, entonces creo que han tenido éxito.

Bodas de Sangre se presenta de viernes a domingo en el Foro Shakspeare. Funciones hasta el 29 de junio. Boletos disponibles en taquilla y en línea.