Vértebra: un crudo encuentro con las heridas irreversibles

Por: Jorge Rodríguez

El mundo del unipersonal ofrece un diverso abanico de posibilidades para que los creadores escénicos plasmen sus inquietudes y sus posturas de forma auténtica y sensible. Y en el último año, me ha tocado ver una selección muy rica de unipersonales, todos con una mirada única e inventiva. Pero no es tan común encontrarme con un trabajo escénico que, además de conmoverme o decirme algo valioso, me trastoque; y se quede en mí, como una cortada que arde y toma tiempo en desaparecer.

Felipe Alfaza toma el escenario libre de cualquier máscara o misticismo teatral, y más bien nos invita a acompañarlo en un viaje de introspección a través de su propia infancia y adolescencia. Nos presenta a Vértebra: una representación monstruosa de una mujer, conformada por un cúmulo de delgadas fibras entretejidas y un solo ojo escudriñante. Felipe nos cuenta cómo era la relación con su madre; los reproches que recibía de ella, y los comentarios mordaces que hasta hoy le siguen resonando. Poco a poco, la historia de Felipe se va convirtiendo en una batalla perdida – en un juego de ajedrez que él jamás podrá ganar. Y una vez que nuestro protagonista toca fondo, nos hundiremos también con él en esa profunda caverna donde las heridas propias y ajenas se entremezclan; llevándonos a una dolorosa catarsis rodeada de oscuridad y de absoluta belleza.

Este montaje dirigido por Luis Alcocer convierte la escena en un espacio de introspección y autodescubrimiento para el creador y su público. El diseño de vestuario a cargo de Sergio Mirón abraza el carácter ceremonial de la dramaturgia, casi religioso, y viste a su intérprete con un faldón y un corset blanco entretejido por fibras naturales, que más tarde se tiñe de un intenso rojo incandescente. Además, el vestuario juega también con los materiales del puppet de Vértebra, enfatizando el vínculo irrenunciable entre el protagonista y su madre, quien en muchas escenas es también su agresora. Por otro lado, el diseño de espacio y de iluminación – realizado por Alejandra Vega y Luis Alcocer – aunque meramente resolutivo, nos dispone al diálogo con el actor generando un ambiente de cercanía y complicidad; como quien escucha la anécdota de un amigo y se reconoce en sus palabras. Pero más allá de una escenografía, este montaje juega con objetos que se convierten en símbolos de la violencia y del amor: desde el fluido viscoso que forma una sangre llena de glitter, hasta el líquido blanquecino que remite a la leche materna. De esta manera, la obra refuerza con elementos plásticos su propia premisa: explorar, desde el origen, el dolor.

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📷 Jorge Rodríguez

Sin entrar en detalles – pues no me gustaría arruinarles la experiencia – debo mencionar que esta obra está llena de escenas e imágenes crudísimas. Y al mismo tiempo, la dirección pasa por un tamiz esa crudeza plasmada en la dramaturgia y le da un hermoso tratamiento estético que la convierte en una experiencia teatral estremecedora. Esa escena en la que Felipe pide a cabina que se enciendan las luces para poder hablar desde la mayor vulnerabilidad es, en serio, indescriptible.

Si algo, apunto que existen decisiones desde la dirección y la dramaturgia que parecerían alejar al público. Esta obra es intencionalmente grotesca, con un inicio que podría volverse poco accesible debido a su tono irreverente. El sentido del humor es ácido, propio de quien se burla de su propia desgracia, pero reconozco que podría caer incluso en lo ofensivo. Y, no obstante, me parece que estas son decisiones conscientes; riesgos que el montaje se atreve a tomar en pro del discurso que quiere exponer. Se agradece que existan dramaturgias y poéticas como esta, que se atreven a transgredir. Y es que, honestamente, el mayor riesgo que esta obra corre es a la vez donde recae su carácter más conmovedor y reconfortante.

Vértebra no pretende darnos una pequeña probadita del trauma de nuestro protagonista, sino todo lo contrario: nos avienta a ese baño de sangre hirviente y agua helada, para después encontrar el alivio. Felipe Alfaza nos regala una actuación sublime y honesta, que además viene de un trabajo de introspección evidentemente amoroso y comprometido. Él construye su auto-narración a partir de explorar cómo se manifiesta corporalmente el dolor, de cómo el cuerpo cambia después del trauma, y cómo aprendemos a convivir con él – mención especial a la asesoría de movimiento de Graciela López Herrera. Y hacia el final de la obra, Felipe nos hace partícipes de su propio ritual: él se sacrifica a sí mismo, reviviendo su dolor, a cambio de poder sanar.

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📷 Jorge Rodríguez

Vértebra no es una obra cómoda de ver. Pero sí es un montaje profundamente valioso y pertinente, y uno de los trabajos más genuinos y vulnerables que he visto. Esta es una obra desafiante, tanto para quien la hace como para quien la especta. Un trabajo necesario para construirnos un lugar desde donde mirar en retrospectiva a esas heridas irreversibles; incluyendo las que nos han hecho nuestros seres más queridos. Y, otra vez, volviendo al origen; Vértebra nos retorna a la esencia ritual del teatro, no solo como un espacio de descubrimiento y re-encuentro, sino también de sanación. Metiendo el dedo en la llaga; haciéndonos volver a abrir la herida, para que termine de cicatrizar.

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Vértebra tendrá su nueva temporada en el Teatro El Galeón del Centro Cultural del Bosque. Funciones los miércoles a las 8:00 pm, hasta el 29 de octubre. Boletos disponibles en taquilla y en línea.

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