La extraña desaparición de las luciérnagas: más allá del viaje

Por: Jorge Rodríguez

¿Por qué nos gusta viajar de mochila al hombro? Especialmente considerando la incertidumbre, o el riesgo que implica hoy en día. ¿Acaso es tan atractiva la adrenalina que provoca la sensación de vivir la aventura? ¿De salir de nuestros hogares y comenzar a acumular experiencias, sin tener un plan? Pareciera que la vida se disfruta más cuando nos dejamos sorprender por las personas y lugares que vamos encontrando. Y, ¿quién sabe? Quizás en el camino podamos toparnos, de pura casualidad, con alguien que decida acompañarnos por el resto del viaje. Quizás, solo quizás, podamos encontrar un vínculo real.

Oceána ha vivido toda su vida soñando con salir a conocer el mundo. Ismael, por el contrario, vive infeliz en su ciudad, pero temeroso de abandonar su lugar cómodo y conocido. Entre las personas que van conociendo y los sueños que van abandonando, un día deciden dejar todo atrás y salir en búsqueda de esa lejana pero latente posibilidad. Cada uno emprende su travesía por las costas y las carreteras de México – desde las coloridas calles de Puebla hasta las hermosas playas de Oaxaca – superando sus miedos y aprendiendo importantes lecciones de vida, hasta el momento en el que el azar une de forma repentina sus caminos. La extraña desaparición de las luciérnagas es una aventura que nos recuerda ese deseo que todos tenemos de conocer nuevas latitudes, y de conectar nuevos corazones.

Esta obra se vive como una verdadera aventura a través de los pintorescos y vastos paisajes de nuestro país. La dirección de Abraham Salomón es ágil y lúdica, diseñando con los actores un trazo escénico que otorga al montaje un ritmo en constante progresión; dando la sensación de que todo el tiempo se avanza hacia adelante, como cuando uno viaja por carretera. A su vez, el director se sirve del diseño de iluminación de Daniela Espino y la escenografía de Agustín Cerezo para generar cuadros hermosamente compuestos – casi cinematográficos – que generan intimidad y esplendor. La intersección de los dos caminos de madera ondulantes bañados por una luz que remite a los atardeceres anaranjados del Pacífico mexicano, y los pequeños destellos que iluminan el suelo, hacen que los personajes transiten constantemente entre el pasado y el presente; entre la íntima cercanía y la gran distancia que los atraviesa.

El montaje se beneficia enormemente de su musicalización, que eleva el trabajo de todo el equipo a un nivel mucho más sofisticado. Compuesta por Jonathan Alvidrez e interpretada en vivo por María Hajnal; la música acompaña a los personajes y los envuelve en una atmósfera profunda – con un estilo inspirador que recuerda al soundtrack de películas como Into the Wild – haciendo que la historia se sienta automáticamente más entrañable y conmovedora. Los estímulos sonoros generados por la guitarra son también esenciales en el timing cómico del montaje, y ayudan considerablemente a mantener el buen ritmo que la dirección tanto cuida. Sin duda, la música es efectiva en transmitir emoción. Y honestamente, a veces lo hace mejor que los mismos personajes.

Gina Granados y Axel Arenas habitan la escena como Oceána e Ismael, y debo decir que su trabajo se siente un tanto desbalanceado. Gina construye una Oceána que parte de la inocencia infantil y que se va nutriendo de experiencia conforme avanzan las escenas, sin perder jamás su entusiasmo. Siendo la que más explora los matices de su personaje, Gina logra transicionar desde ese lugar de naïveté y mostrarnos al final de la obra los ojos de alguien que ha descubierto el lugar donde pertenece. Por su lado, Axel encuentra en Ismael un personaje mucho más unidimensional, casi aniñado – que resulta más ingenuo que inocente – y que se enfrenta con grandes limitaciones al tratar de transitar un arco de progresión como el de su compañera.

Incluso desde el diseño de vestuario, trabajo de Alejandro Rincón, es Oceána quien viste con más personalidad: mientras ella luce bordados coloridos y telas ligeras, el vestuario de Ismael es neutro y acartonado. En ese sentido, podríamos decir representa perfectamente la miseria de alguien que vive preso de la rutina e incapaz de encontrar su propia identidad. Sin embargo, él nunca logra salir de ese estado como ocurre con Oceána, y aunque los personajes de alguna manera se complementan, tenemos como resultado a un actor que parece estar marcando todo el tiempo su texto, con gran tendencia hacia lo narrativo, sin ningún tipo de progresión. La carga desigual de emoción hace que Ismael se convierta en una especie de lastre, que Oceána tiene que cargar a lo largo de toda la obra, y que nos hace el viaje más cansado y tortuoso. Y esto es responsabilidad enteramente de la dramaturgia, más que del trabajo del actor.

El texto escrito por el mismo Abraham Salomón es de un estilo absolutamente narrativo, que elige enfocarse en pintar cuadros en vez de desarrollar a sus personajes o establecer un conflicto con sustancia. De hecho, la progresión dramática que los actores logran en escena es enteramente suya, pues el texto se dedica únicamente a establecer una premisa que nunca termina de desarrollar. La dramaturgia parte de una verdad tan universal como el “todos queremos encontrar a alguien”, pero la explora únicamente de forma superficial. Y hacia el final de la obra, los protagonistas se conocen únicamente para ser inmediatamente separados de nuevo por un suceso violento que pone fin a su historia. Esto, más allá de ser un plot twist aparentemente efectivo por su imprevisibilidad, termina por romper lo que quizás era el concepto más interesante de su dramaturgia.

Las luciérnagas son, en esta obra, una metáfora con diferentes niveles de lectura. Por un lado, las luciérnagas somos nosotros: seres incompletos, que vamos por la vida de forma intermitente hasta que conocemos a esa persona que nos hace sentir plenos. Por otro lado, las luciérnagas simbolizan la existencia en un mundo de violencia e incertidumbre, donde las conexiones humanas son esas pequeñas flamas que nos dan cobijo y seguridad. Pero aquí, no alcanzamos a conocer a profundidad el vínculo entre nuestros protagonistas. Y, sobre todo: para una obra que habla sobre los destellos que nos ayudan a sobrevivir en la inmensa oscuridad, La extraña desaparición de las luciérnagas es una obra que habita, siempre, en la luz. Una historia sobre luz y oscuridad, sin claroscuros, que resulta inevitablemente poco satisfactoria.

Quizá esa es la intención. Que, con ese sabor amargo, o ese sentimiento inconcluso, salgamos del teatro para hablar sobre la violencia que todos los días nos imposibilita construir vínculos reales. Aunque, siendo honestos, es probable que terminemos hablando de lo que ya sabemos, sin que nuestra experiencia mirando la obra haya aportado una nueva perspectiva al problema, o haya planteado nuevas preguntas. Es verdad que La extraña desaparición de las luciérnagas logra entretener, con su música conmovedora y su tono melodramático que recuerda a algunas de las rom-coms más amadas por el público. Sin embargo, más allá del viaje que se construye en escena, este es un montaje que nos dice poco. Y aunque se dice que lo que se disfruta es el viaje, y no el destino; no tener un puerto de llegada claro puede hacer del viaje confuso, e incluso innecesario.

La extraña desaparición de las luciérnagas se presenta los miércoles a las 8:30 pm en El Círculo Teatral. Funciones hasta el 17 de diciembre. Boletos disponibles en taquilla y en Boletia.