Cruise: sobre por qué aceleramos

Por: Jorge Rodríguez

Como hombre homosexual, me he topado a lo largo de los años con diferentes historias LGBT, tanto en cine y televisión como en el teatro, que he consumido de forma casi religiosa; como si esto me ayudara a “expandir” y fortalecer mi propia cultura e identidad. Pero debo reconocer que todas esas historias no siempre terminan hablándome directamente o representando significativamente mi experiencia, habiendo crecido como una persona queer en la Ciudad de México, durante los 2010. Por lo tanto, cuando me entero de estas nuevas propuestas que vienen, una vez más, a hablarme de la crisis del VIH en los años ochenta, no puedo evitar tener mis reservas y dudas acerca de su vigencia, o su capacidad de conectar con un público contemporáneo.

Entro al Teatro Milán, e inmediatamente me invade la intriga por el dispositivo escénico que ya anuncia de alguna manera el universo que estamos a punto de visitar. Curiosamente, nuestro viaje comienza en la época actual, cuando un joven británico llamado Jack llega a su trabajo después de una noche de antro. Jack es voluntario en una línea de ayuda para la comunidad LGBT+, y hallándose solo en su oficina esa mañana, recibe la llamada de un hombre llamado Michael. Su interacción es áspera en un principio, con Jack demasiado indiferente o demasiado crudo para prestarle la atención que necesita. Sin embargo, Michael decide contarle su historia de vida, desde el momento que decide mudarse a Londres y es adoptado por una drag queen en 1980, hasta que conoce al amor de su vida en una noche de karaoke.
Atravesamos los años de juventud de un hombre en busca de esa vida “normal” a la que todos aspiran. Y finalmente, Michael narra la que debió ser su ultima noche en la Tierra, después de haber perdido a su compañero Dave y de haber esperado los cuatro años que le estimaron de vida cuando fue diagnosticado con VIH, en 1984. Explorando la escena nocturna de Londres en la década de los ochenta y las prácticas sexuales de la comunidad LGBT+, como el cruising, esta obra es el retrato perfecto de una generación entera de hombres y mujeres que lucharon contra todos los obstáculos por vivir su vida, en un periodo histórico en el que sus días estaban contados. Pero sobre todo, Cruise es un puente entre el pasado y el presente, que nos invita a repensar los estigmas que todavía existen sobre el aparentemente
desenfrenado estilo de vida de la comunidad LGBT+, que no es otra cosa que una manifestación de su propia resistencia.

Al centro de la marquesina y bajo el reflector tenemos a Alejandro Speitzer, quien ha decidido regresar a los escenarios con este desafiante texto de Jack Holden. Desde la primera escena, nos queda claro que Speitzer está subiendo con enorme pasión y entrega, y esto le permite enfrentarse a una dramaturgia que no es precisamente fácil de maniobrar. De hecho, la naturaleza vertiginosa del texto — arrebatado; que aborda la historia de Michael desde un lugar de exceso y gozo absoluto, asociado a los clubes nocturnos de la época — es en realidad el principal obstáculo con el que tiene que lidiar. Y, en mi opinión, lo logra con bastante éxito. Aún cuando el ritmo acelerado pudiese jugarle en contra, Speitzer encuentra los momentos de pausa donde puede transmitir las emociones que ha depositado en el
personaje. Son las escenas de melancolía y resignación — como el descubrimiento de su enfermedad — y al mismo tiempo las de ilusión y esperanza — como la escena del karaoke, donde conoce a Dave — donde su trabajo actoral realmente deleita.

Y aunque Speitzer ocasionalmente falla en delimitar a otros personajes o en encontrarle matices al tempo desenfrenado del texto, los demás elementos del montaje le ayudan perfectamente a contrarrestar sus limitantes. Además, y de forma muy respetuosa (lo cual celebro), él construye a un Michael que no podría estar más alejado del estereotipo o de la caricatura; y que es en realidad un personaje muy bien estructurado, entendido como un hombre producto de su época, pero que al mismo tiempo nos resulta inevitablemente contemporáneo. En Cruise, Alejandro Speitzer brilla en la intimidad y en la contención, contrastando con la monumental estructura que lo contiene, y utilizando a su favor los mejores atributos que antes han consolidado su carrera en la pantalla. Y si un gran porcentaje del público está comprando boletos para ver este montaje por su estrella, debo decir que saldrán muy satisfechos.

En gran medida, es gracias a la dirección de Alonso Íñiguez que Speitzer alcanza semejante brillo en el escenario. Y es que estamos ante un director que entiende perfectamente las capacidades y virtudes de su intérprete, y que, como ya mencioné, pone su concepto y toda la maquinaria teatral a su servicio, para ayudarle a contar esta historia. Mientras que Speitzer le da dimensión y sustancia a las emociones del personaje de Michael, es Alonso Íñiguez quien viste el montaje con esa identidad queer y esa euforia desbordada que el texto plantea, en colaboración con su increíble equipo creativo. A través del diseño de movimiento dinámico y preciso, la dirección aporta el vigor y la intensidad que el montaje necesita para convertirse en el viaje lleno de emoción que se nos promete.

Si bien Cruise es un unipersonal, Alejandro Speitzer comparte el escenario con dos fuerzas que también reclaman protagonismo: el diseño de escenografía de Javier Ángeles y el diseño de iluminación de Matías Gorlero. La escenografía de Cruise genera atmósferas a partir de estructuras metálicas bañadas por luces neón, que al integrar elementos como cadenas y un columpio enfatizan su carácter sensual y erótico; remitiendo a clubes nocturnos y a lugares de encuentros, e incluso relacionando el montaje con la cultura leather y la estética Tom of Finland — algo que también está presente en el diseño de vestuario de Atzin Hernández, que logra transmitir virilidad y sex appeal sin necesidad de desvestir a su actor, cosa que reconozco y aplaudo. Volviendo a la escenografía; además de permitirle a la dirección el juego con alturas y composiciones, estos andamios crean una especie de maqueta de la ciudad de Londres, dejando que Speitzer use cada estructura como el primer boceto para terminar de dibujar y
habitar los diferentes espacios que la dramaturgia requiere.

En el caso de la iluminación — y más allá del neón, que ya es muy usado en otros montajes de nuestra cartelera — Matías Gorlero apuesta por todo un aparato lumínico que sale incluso de los límites de la boca escena, utilizando espejos y spotlights con cortes ultra-cerrados, y que baña el espacio en color y espectacularidad. Evocando el ambiente del rave sin la necesidad de reventar las bocinas del teatro, el diseño de iluminación nos transporta magistralmente a esos momentos de la noche en que los oídos comienzan a zumbar, los cuerpos se funden en sudor y el tiempo se detiene para sumergirnos en un estado de profundo éxtasis. Dicho de otra manera, si la sutileza y precisión emotiva de Speitzer es el ying, el diseño de espacio y de iluminación son el yang que convierten a Cruise en una experiencia completa.

Curiosamente, fue el diseño sonoro y la musicalización en Cruise, lo que me generó más sentimientos encontrados. Por un lado, la presencia de Miguel Urueta como el DJ me parece sumamente acertada: no solo abonando al concepto del club nocturno y haciendo que se sienta más vivo y tangible, sino sumando además a la energía de Speitzer para generar un ambiente de frenesí, aún con solo dos cuerpos en escena. Sin embargo, he de apuntar que el volumen de la música en ocasiones compite con la voz del actor, no solo entorpeciendo la comprensión de lo que dice, sino además restándole intensidad a esos momentos de belleza y emoción contenida. Por último, me parece que la selección musical tiene sus momentos destacables — como la escena del karaoke o ese momento fugaz en que Alejandro Speitzer se convierte en drag queen — pero en general carece de la potencia y el carácter entrañable que la historia amerita; en especial cuando existe una escena completa donde Michael explica cómo la música se convirtió en el vehículo de escape para toda una generación. Ese “poder de la música” termina transmitiéndose solo en palabras del actor, sin que el diseño sonoro verdaderamente sostenga y apoye esta premisa.

Considerando todos los puntos anteriores, queda claro que Cruise es una propuesta que logra con éxito transportarnos al Londres de los años ochenta para explorar la escena nocturna y el estilo de vida de una comunidad que se vio azotada por un suceso desgarrador. Sin embargo, permanece la duda acerca de su vigencia y pertinencia para un público contemporáneo de la Ciudad de México. Y es que, aunque pareciera que la crisis del VIH es un tema al que queda poco que exprimirle, Cruise toma una decisión que me parece sumamente interesante.

Si bien la comunidad teatral LGBT+ en nuestra ciudad parece estar evolucionando hacia conversaciones mucho más actuales, llama la atención que se elija montar esta obra en 2025, con un actor heterosexual. Y sin afán de meterme en asuntos de representación (pues no me parece un pecado que un actor ajeno a la comunidad pueda interpretar a este personaje), sí creo que existe cierto valor agregado en permitir que esta historia llegue a un público que usualmente no la iría a ver, si se tratase de un actor abiertamente homosexual. Ya tenemos suficientes montajes que responden a la demanda del público LGBT+, desde el teatro institucional hasta producciones comerciales como MentiDrags o Siete Veces Adiós: Él y Él. Pero lo cierto es que hay pocos montajes que abren un puente de comunicación entre la cultura queer y la heteronormatividad. Y en mi opinión, ese es el aporte más valioso de esta producción a la cartelera actual.

Aunque hablar de VIH hoy en día ya no tiene las mismas implicaciones que hace 40 años, la sociedad mexicana sigue manteniendo un sinfín de estigmas alrededor de la comunidad LGBT+. Desde el machismo y la misoginia arraigados en nuestra cultura, hasta la hipocresía disfrazada de inclusión, donde se nos ve como consumidores antes que como miembros activos de la sociedad; el Orgullo sigue siendo objeto de escrutinio para el resto de la sociedad, que parece cuestionar constantemente la necesidad de las personas LGBT+ de existir tan “ruidosamente”. Y es ante estos cuestionamientos que Cruise nos hace emprender un viaje hacia el pasado para entender de dónde surge esta necesidad, tan característica de la experiencia queer, de querer vivir la vida al máximo.

Así como una persona con cáncer terminal decide saltar de un paracaídas o tener las vacaciones de sus sueños; durante la década de los ochenta, la comunidad LGBT+ se vio obligada a tomar una decisión drástica respecto a su forma de “existir”, enfrentándose a una epidemia que estaba acabando con las vidas de miles de personas alrededor del mundo. Ante la súbita noticia de que tus días están contados, uno parece siempre tener dos opciones: detenerse y dejarse rendir, esperando el inminente desenlace del que no hay escapatoria; o bien, acelerar. Seguir adelante con la vida, pero esta vez sin frenos, sabiendo que hay que hacer valer el tiempo que nos queda. Cruise es un testimonio de la experiencia LGBT que, ante la desolación, elige construirse su propia burbuja para mirar el mundo a través de ella, en tonos pastel. Es un ejemplo de la resiliencia humana, que encuentra su mayor refugio en la adrenalina del encuentro y en el estruendo de la música. Y este montaje logra demostrarnos que ese acto de escapar a través del placer no es únicamente queer, sino algo profundamente humano.

Cruise es un propuesta íntima y sensorial que nos invita a explorar los motivos por los que aceleramos cuando sentimos que se nos acaba el camino. Y aunque la traducción no lo deja tan claro, Cruise no solo se refiere al acto del cruising — que, de hecho, apenas y se menciona en la obra — sino al movimiento mismo, como el de un auto en carretera. A la acción misma de viajar, de transportarse. De seguir avanzando. Cruise es un montaje con una propuesta estética cautivadora y un trabajo actoral muy valioso, que nos abre a la conversación sobre la experiencia LGBT en una sociedad que no ha terminado de derribar sus propias barreras en pro de una verdadera inclusión. Pero Cruise, por encima de todo, es una obra que nos recuerda que debemos seguir adelante. Seguir acelerando. Un paso a la vez.

Cruise se presenta de viernes a domingo en el Teatro Milán. Funciones hasta el 31 de enero de 026. Boletos disponibles en taquilla y en Ticketmaster.

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