Por: Jorge Rodríguez
Hola bebé,
Se me hace muy raro escribirte de esta manera. Sobre todo cuando hace apenas un par de meses todavía hablábamos diario por WhatsApp, nos mandábamos memes y teníamos nuestra bebé racha en TikTok. Se me hace extraño sentir que, al día de hoy, no tengo una manera más honesta de escribirte que no sea por este medio. Pero creo que al fin soy capaz de decirte todo lo que pienso, sin filtros. Y no sé; quizás quiero hacerle una especie de homenaje a nuestra amistad. A mi compañera de equipo, a mi daily chat; a ese lazo tan hermoso que tuvimos y que hoy, al menos como lo conocimos, ya no existe.
Hace tres meses fui a ver una obra llamada Cadáver y Ballena, y desde entonces esa experiencia se quedó hundida en mi mente, saliendo a la superficie cada vez que veía tu nombre en redes o teníamos algún tipo de contacto; que, la verdad, fue muy poco. Escrita y actuada por Jimena Eme Vázquez, la obra propone un dispositivo escénico muy singular e íntimo, donde, en cada función, una actriz o actor invitado se integra al montaje sin haberlo conocido previamente. A esta persona invitada se le entrega un engargolado con el texto apenas se da la tercera llamada, y desde ahí ayuda a Jimena a atravesar distintos momentos del montaje; encarnando voces secundarias, activando diálogos, interrogando y acompañando. En la función a la que asistí, esa presencia fue Emmanuel Lapin. Y no pude evitar pensar durante toda la función, bebé, que esta era una obra que tú en serio habrías disfrutado.

Hace un par de semanas, Cadáver y Ballena comenzó su segunda temporada en el Teatro La Capilla, con nuevas funciones y nuevas invitadas. Y probablemente, entre ese público, habrá más de una persona a la que le ocurra algo parecido a lo que me pasó a mí. Porque esta obra me ayudó a entender aquello que me había mantenido atrapado en una especie de limbo emocional; en un lugar donde ni siquiera podía nombrar qué era lo que me estaba drenando tanto. Te juro que intenté adjudicárselo a muchas cosas. A mi compleja transición en el ámbito laboral, a las noticias llenas de violencia y odio que nos rodean en este planeta y en este país, o simplemente al agotamiento cotidiano. Barriendo debajo del tapete de “estoy cansado” —como bien decía Jimena— todas las razones mucho más reales. Pero hoy sé, y te lo puedo confesar con gran certeza, que uno de los peores dolores que he atravesado en mi vida ha sido perderte a ti.
El montaje comienza con un flashback casi onírico, inspirado en una experiencia real que detonó la escritura de la obra. Jimena nos relata una tarde soleada frente al mar, donde su calma se vio abruptamente interrumpida con la aparición de un cadáver arrastrado por las olas. A partir de ese encuentro inesperado con lo incómodo es que Jimena nos hace enfrentarnos al caos de los afectos perdidos; al sufrimiento mientras esperamos el improbable regreso de quienes ya no están, y al duelo por esos vínculos que alguna vez llamamos hogar. Y debo confesarte, bebé, que en ese diálogo entre Jimena y los fantasmas de sus amistades pasadas, me fue imposible no vernos reflejados.
Jimena estructura Cadáver y Ballena como una especie de ritual escénico fragmentado. En lugar de construir una narrativa lineal, la obra avanza a través de una serie de cuadros escénicos articulados por Jimena y su invitada; fragmentos de su memoria, combinados con momentos de ficción y confrontación emocional que dialogan entre sí. Hay primero un interrogatorio, donde la persona invitada — que suele ser una amiga o colega creativa de Jimena; simultáneamente cercana a la creadora, pero ajena a su proceso de creación— le pregunta directamente sobre aquello que está a punto de exponer frente a desconocidos. Una de las convenciones más bellas del montaje es una vela que funciona como vehículo para transitar entre la realidad y la ficción; una suerte de portal íntimo entre la nostalgia y ese universo paralelo donde las conversaciones pendientes todavía pueden ocurrir. Y es ahí donde llegan los “simulacros”, como ella los llama; tres conversaciones ficcionadas con esas amistades que ya no están, donde se ensayan reproches, despedidas, justificaciones y esos regresos imposibles que a veces solo ocurren en nuestra cabeza. Encuentros en la imaginación que, créeme, yo también tuve sobre nosotros.
Y es que eso fue quizás lo que más me impactó de esta obra. Hay algo profundamente inquietante, bello pero doloroso, en ver a alguien construir estos universos paralelos para no seguir viviendo a la espera de un regreso que no va a ocurrir. Y es particularmente devastador cuando, como yo, también te has construido esas fantasías en la cabeza. Resonó conmigo algo que la propia Jimena dice durante la obra: “Si escribes sobre tu vida, te arriesgas a que la persona en la butaca crea que estás contando su historia, no la tuya”. Y en verdad, eso me pasó. Pero sospecho que, en parte, esa es justamente la intención. Jimena invita a una persona externa al proyecto a sumarse y ayudarle cada noche a confrontar sus propios pensamientos en torno a las amigas que perdió. Y de la misma manera, nosotros como público nos reunimos para ponerle palabras a nuestros propios duelos; porque que no se trate de una pareja no significa que perder una amistad no sea también perder un gran amor. Y es justo ahí, en su carácter ritual, donde Cadáver y Ballena deja de ser una historia sobre amistades rotas, para convertirse en un dispositivo para metabolizar su ausencia.
La verdad, bebé, es que sigo pensando en la imagen que da nombre a la obra. En ese cadáver inesperado que Jimena encuentra a la orilla del mar, interrumpiendo una escena de calma, de belleza y de aparente normalidad. Hay una línea que ella pronuncia y que no he podido soltar desde entonces: “Yo suelo irme cuando no estoy cómoda”. Y es que, ¿cuántas veces no hicimos exactamente eso con nuestra propia amistad? Alejarnos cuando algo dolía, y levantar murallas cuando lo nuestro dejó de parecernos familiar y reconfortante. Cuando aquello que alguna vez estuvo tan vivo, comenzó a convertirse en algo que cada vez nos resulta más difícil de mirar. Y en observarlo el tiempo suficiente para entender que parte de nosotros sigue ahí, esperando a volver a ver una ballena saltar.

Pero supongo que también parte de procesar este duelo ha sido aceptar que no siempre perdemos a alguien porque nos abandonó, porque dejó de querernos, o porque un día simplemente decidió irse. A veces, creo, la responsabilidad es compartida.
En el último de estos “simulacros”, Jimena imagina una conversación donde la voz de una de sus ex-amigas le devuelve todos aquellos errores, heridas y decisiones que contribuyeron a fracturar su relación. Y lo verdaderamente devastador no es verla defenderse, porque no lo hace. Es verla reconocer que perder a alguien usualmente no ocurre porque una sola persona falló, sino porque nos herimos mutuamente. Y es doloroso darse cuenta de que, a veces, actuar en favor de lo que creemos mejor para nosotros también tiene consecuencias irreparables. Y que reconocer nuestra parte del daño no necesariamente cambia el desenlace.
Creo que esa escena me sacudió tanto porque me obligó a mirar ese lugar tan oscuro al que, tú bien sabes, suelo ir demasiado a menudo. Ese rincón de la mente al que uno acude cuando no tiene respuestas; donde empezamos a repasar conversaciones, a buscar una explicación, hasta que nos convencemos de que quizás todo fue culpa nuestra. Que si hubiera dicho algo distinto, o si hubiera sabido quererte mejor, tú seguirías aquí. Creo que Cadáver y Ballena entiende algo profundamente incómodo sobre el proceso del duelo. Que hay dolores que, mientras los seguimos cargando sin atrevernos a mirarlos de frente, amenazan con destruirnos desde dentro. Tal como extrañarte, y necesitarte, y guardarte rencor, comenzó a lastimarme a mí. Por eso este montaje nos invita a realizar un trasplante; a extirpar aquello que nos habita, como un parásito, antes de que termine por consumirnos. Y a depositarlo en una obra. O en este caso, en una carta. No para olvidar ese dolor, no. Para dejar de sangrar en silencio, y en soledad.

Y en esta obra creo que encontré una hermosa sensibilidad como esa que siempre te ha caracterizado a ti. Porque si algo me hace querer hablarle de esta obra a otros, es su coraje para atreverse a tratar la amistad con la misma seriedad emocional con la que solemos hablar del amor romántico. No sé en qué momento decidimos que perder una pareja merece canciones, rituales y conversaciones interminables para darle closure; mientras que perder a una amistad parece una clase de dolor más silencioso, casi vergonzoso. Como si no se nos permitiera extrañar con la misma intensidad a alguien con quien no compartimos una cama, pero sí una versión entera de nuestra vida. Y sin embargo, bebé, perderte se ha sentido muchísimo más cercano a un corazón roto que a cualquier otra cosa.
Quizás porque nadie nos enseña realmente a identificar cuándo se pierde una amistad. Como dice la propia Jimena en algún momento, “todavía no existe una rama de la antropología que determine exactamente cuándo ocurre esa catástrofe”. Y supongo que por eso el duelo es tan desconcertante. Porque rara vez tenemos claridad sobre cuándo o por qué empezamos a perder a alguien. A veces no termina con una pelea devastadora o una despedida definitiva. A veces simplemente se desdibuja.
Pero si tú y yo seguimos sin entender en qué momento nos alejamos, al menos hay una certeza que sí tengo. Y es que sé que a ti también te pesa que una relación tan maravillosa como la nuestra termine así; deshaciéndose en silencio, desvanecida en el aire y olvidada en el tiempo.
Por eso te escribo esta carta.
Porque parte de crecer, y aprender de esta experiencia, supongo, también ha sido aceptar que aquello que teníamos, por más esfuerzo que tú o yo hagamos, seguirá quebrado. Que por más kintsugi que queramos hacer, ni todo el oro del mundo podría borrar los malos momentos que nos hemos hecho pasar mutuamente. Porque sí, bebé, ha sido mutuo.
Pero curiosamente, eso no me angustia. Más bien, me genera una extraña paz. Porque entender que lo que fuimos no puede volver a existir exactamente como era, también implica dejar de exigirle respuestas al pasado. Y eso me ha permitido aceptar que, si alguna vez vuelve a existir algo entre nosotros, no será para reconstruir lo roto, sino para construir algo necesariamente distinto.
Y quizás es por eso que sigo regresando mentalmente a esta obra. Porque si algo me ha enseñado Cadáver y Ballena, y ahora escribirte esta carta, es a mirar nuestra historia con menos dolor y resentimiento, y con mayor aprecio por toda la belleza que entre nosotros también hubo. Nunca olvidaré aquellas fiestas donde nos amanecíamos en tu casa, cantando canciones de Wicked y de Rent. O la primera vez que te animaste a llevarte el coche sin tu papá, y que yo estuve ahí al lado, ayudándote a estar menos nerviosa. No olvidaré las risas estúpidas que solo tenían sentido entre nosotros, y que molestaban a todo el vagón del metrobús. Todas esas versiones de mí que existen, en parte, porque tú estuviste ahí para conocerlas. Y aunque nunca volvamos a encontrarnos de la misma forma, nunca volveré a pensar en nuestra amistad como aquel cadáver en la arena, al que yo no quería ni mirar. Hoy elijo recordar lo nuestro como ese avistamiento fugaz y hermoso, entre las olas; algo que quizás no se vuelva a repetir, pero que por un instante, me llenó el alma.

Pero, sobre todo, te escribo para permitirnos tener un adiós. Esa despedida que quizás ni tú ni yo tendremos el coraje de decirnos en persona jamás. O, si no, al menos la despedida que a mí me gustaría tener. No para pedirte una disculpa que quizás no necesitas. Ni para exigir una explicación que probablemente ya no importa. Te escribo porque te quise demasiado como para dejar que todo esto terminara únicamente en silencio. Y porque incluso las historias que no sobreviven merecen un cierre digno.
Te escribo para decirte adiós, por ahora. Y para desearte que, en el futuro cercano, sigas encontrando esos momentos de plenitud y felicidad, cada vez que regreses al mar.
Con el cariño apabullante que siempre, siempre, te voy a tener.
Jorge

Cadáver y Ballena se presenta los martes a las 8:00 pm en la Sala Novo. Funciones hasta el 2 de junio. Boletos disponibles en taquilla y en Boletópolis.