Por: Jorge Rodríguez
La historia siempre regresa al teatro. Y casi siempre lo hace de dos maneras. La primera aspira a reconstruir el pasado con la mayor precisión posible, comprimiendo acontecimientos y personajes en una síntesis siempre sometida al escrutinio de la fidelidad. La segunda toma ese mismo pasado solo como punto de partida, para reimaginarlo desde el presente, trasladando sus conflictos a nuevos códigos de lenguaje, referencias culturales o sensibilidades contemporáneas —con ejemplos que van desde la María Antonieta de Sofia Coppola hasta Hamilton o SIX The Musical—. Es menos común, sin embargo, encontrar una propuesta que, en lugar de intentar borrar la distancia que nos separa de la historia, la abrace. Que reconozca que nunca podremos mirar el pasado con los ojos de quienes lo vivieron y que, precisamente por ello, encuentre una nueva forma de dialogar con él, desde la distancia.

Entramos en un espacio suspendido en una atmósfera etérea; como una especie de templo, a punto de iniciar un ritual. Los cuerpos reunidos al centro del escenario son, al mismo tiempo, almas que se congregan alrededor de la memoria y actores que disponen cuerpo y mente para dar vida a la ficción. Todo ocurre bajo el acompañamiento de una guitarra que, con apenas un par de acordes, marca el inicio del viaje que el numeroso ensamble y nosotros estamos por emprender. Conocemos entonces a Juana, una joven que a sus diecisiete años descubre la misión que le ha sido asignada desde las alturas: liberar a Francia del yugo inglés. Decidida a cumplir este mandato divino, parte en busca del heredero a la corona, el futuro rey Carlos VII, para solicitar su bendición y encabezar un ejército. A partir de ese punto, el relato de la Doncella de Orleans se convierte en un recorrido que transita constantemente entre el brumoso pasado y una realidad inquietantemente cercana. Así, a través de un dispositivo marcadamente metateatral y de referencias a conflictos políticos y sociales contemporáneos, ¿Dónde estaré esta noche? convierte a una figura clave de la historia en una reflexión sobre la fe, la violencia y el origen de la convicción humana.

A partir de una dirección heredada de Diego del Río y ahora reinterpretada por Gonzalo de Esesarte, la puesta concibe el escenario como un espacio de juego y construcción colectiva. Desde ahí diseña un sistema de convenciones capaz de evocar los vastos campos de Francia, sus imponentes fortalezas y las épicas batallas de la Guerra de los Cien Años. Por su lado, el ensamble fluye constantemente entre personajes concretos y un coro colectivo, cambiando de roles a plena vista del espectador. Y de forma singular, la figura de Juana de Arco se expande a través de cuatro mujeres distintas. Más que fragmentar al personaje, esta decisión la despoja de un rostro definitivo para convertirla en una presencia inasible, casi etérea, y al mismo tiempo en una entidad colectiva donde cualquiera puede reconocerse. Es esa conciencia permanente de la representación la que termina por tejer el verdadero soporte del montaje. Al exhibir deliberadamente sus costuras, ¿Dónde estaré esta noche? elige confiar en la imaginación del espectador para completar aquello que la escena apenas insinúa, y encuentra, precisamente en esa libertad, la principal fuente de su creatividad y esplendor.

Ese tejido encuentra una de sus expresiones más elocuentes en el diseño de vestuario de Erwin Berzaín, que emplea formas y texturas como materia escénica en constante transformación. Sirviéndose de elementos cotidianos, el vestuario evoca tanto la ostentosidad barroca de la nobleza como la aspereza y severidad de los cuerpos militares. Así, un cartón de huevo se convierte en una corona; los soldados visten ollas sobre la cabeza a manera de yelmos; unas hombreras de futbol americano devienen una armadura, y un conjunto de rollos de pergamino conforman gorgueras isabelinas. Esta misma lógica resolutiva se extiende a la escenografía e iluminación a cargo de Héctor Anzaldúa, que rehúye a cualquier tentación naturalista para privilegiar la evocación por encima de la reproducción fiel. El resultado, entonces, es un hermoso universo escénico de gran riqueza visual que demuestra que la majestuosidad no depende de la acumulación de recursos, sino de pequeños actos de fe; como el aceptar que un pequeño trozo de tela puede ser también el estandarte de un numeroso ejército.

Y es que hablando de ejércitos, ¿Dónde estaré esta noche? es, antes que muchas otras cosas, una obra de ensamble. A pesar de sus numerosas intervenciones individuales, el elenco se mueve con la precisión de un organismo que piensa y respira al unísono, transitando de una escena a otra sin quebrar nunca el pulso de la representación. La música en vivo, las percusiones corporales y los múltiples efectos sonoros generados in situ, casi de manera artesanal, acompañan ese movimiento cardumenesco con una cadencia que por momentos evoca los tambores de guerra y, en otros, la solemnidad de la eucaristía. Más allá de acompañar la acción o subrayar emociones, estos elementos revelan el grado de escucha y sincronía del elenco. Y entonces, cuando una voz ocupa el centro de la escena, las demás dejan de competir con ella para amplificarla, y refractarla. Esto ocurre, por ejemplo, en las intervenciones de David Rov como Roberto de Baudricourt, Fernando Cook como Barbazul, o Alberto Quijano como Jean de Dunois; y especialmente con el narrador, interpretado por Onil Vielma. En sus respectivas escenas, el elenco funge al mismo tiempo como ensamble o coro, en el sentido más clásico, y como una extensión del mismo personaje. Pero es sobre todo en los momentos de absoluta colectividad —como la recreación de la Batalla de Patay— donde el montaje alcanza el epítome de su belleza, con composiciones visuales de inmenso poder y gran teatralidad.

La dramaturgia original de Claudio Valdés Kuri y Maricarmen Gutiérrez toma otra decisión importante, trasladando el relato de Juana de Arco a un español marcadamente mexicano. Más que actualizar la historia mediante el humor o referencias superficiales, el texto utiliza el lenguaje para tender un puente con el pasado sin pretender borrar la distancia que aún nos separa de él; como ocurre con esas clases de historia que, contadas como un buen chisme, de pronto se vuelven inolvidables. Sin embargo, esa misma adaptación del lenguaje encuentra también algunos tropiezos, al momento de materializarse en la escena. En su afán por mexicanizar el relato, algunos personajes —particularmente los soldados, y otros individuos de carácter más popular— terminan siendo construidos desde un registro vocal deliberadamente caricaturesco, que los asocia con la precariedad y la vulgaridad, mientras que las élites políticas y eclesiásticas conservan formas de expresión mucho más neutras. Esto produce en consecuencia una jerarquía de clase innecesaria, que aunque cargada de significado, por momentos desentona con la sensibilidad que distingue al resto del montaje, caminando sobre los límites de lo banal y lo ofensivo. Esa tendencia alcanza su punto más arresigado en la escena previa a la Batalla de Patay, donde un general interpretado por Martín Jom se dirige a sus tropas mediante una retahíla de gritos e insultos. Aunque Martín hace un excelente trabajo al transmitir la brutalidad de la guerra y la violencia que habita en quienes la ejercen, esa decisión tonal termina imponiendo también una estridencia que rompe con la sutileza que hasta entonces habían sostenido la representación.

Paradójicamente, en una obra tan naturalmente coral y épica, los momentos de mayor contundencia son aquellos cargados de la mayor delicadeza e intimidad. En particular, las cuatro Juanas —Mar Torrentera, Mel Fuentes, Fernanda Patrón y María Castañeda; quienes a su vez alternan funciones con Talia Yael y María José Nassar— consiguen habitar el mismo personaje sin disputárselo, cediéndose unas a otras la palabra y el reflector con una generosidad reconfortante. Por un lado, Mar Torrentera materializa la valentía y astucia de Juana, mientras que Fernanda Patrón representa su curiosidad, y María Castañeda su bondad y generosidad. No obstante, es Mel Fuentes quien realmente encarna la pregunta esencial que atraviesa el montaje, y quien protagoniza uno de los pasajes con mayor hondura emocional. Su cálido monólogo hacia el desenlace, donde se dirige a los soldados para preguntarles «¿Por qué están aquí?», constituye el momento exacto en que la obra abandona definitivamente la reconstrucción histórica para mirar de frente al presente. Congregados en torno a la figura de esta mujer, la interrogante deja entonces de pertenecer únicamente a Juana de Arco para proyectarse silenciosamente sobre quienes la observamos, y la representamos, por igual. Y así, en esa simple y compleja pregunta, ¿Dónde estaré esta noche? encuentra su verdadero centro de gravedad.

¿Qué nos sigue convocando? ¿Por qué seguir viendo y haciendo teatro cuando el mundo parece empeñado en demostrar la inutilidad del arte? En mi caso, no porque crea ingenuamente que una función de teatro cambiará el mundo, sino porque me niego a aceptar que el mundo ya no puede o ya no merece ser cambiado.
El acierto más grande de ¿Dónde estaré esta noche? es probablemente su habilidad para formular las preguntas correctas. Y, en mi opinión, su mayor valor reside en la determinación de no buscar darles respuesta, sino mantenerlas despiertas. En tiempos en los que la desesperanza parece imponerse con facilidad y las guerras han dejado de ser un recuerdo en los libros de historia para convertirse, otra vez, en noticia cotidiana, hablar de Juana de Arco es recordar que la convicción —la fe— consiste en seguir actuando pesar de las dudas. Actuando, y espectando. Esta obra es, precisamente, una invitación a mirar los horrores de nuestro tiempo, no con miedo, sino con fuerza y certeza. ¿Dónde estaré esta noche? nos invita a seguir haciéndonos preguntas y a creer que, algún día, las ganas de matar y de quemar dejarán de ocupar tanto espacio. Pero, sobre todo, nos invita a tener fe en que en cada función a la que acudamos, reunidos en la oscuridad, podremos todavía imaginar un mundo distinto. Es, muy literalmente, una invitación a decidir cada noche, desde el escenario o desde la butaca, dónde queremos estar.

¿Dónde estaré esta noche? se presenta los miércoles a las 8:00 pm en el Foro Shakespeare. Funciones hasta el 29 de julio. Boletos disponibles en taquilla y en línea.