Por: Jorge Rodríguez
Recuerdo vivamente la primera vez que vi este montaje durante la pandemia; grabado, on-demand. Y recuerdo también la emoción que sentí cuando me enteré de que tendría algunas funciones presenciales en el Teatro Benito Juárez, allá por 2022. En ese entonces, dedicarme a la crítica teatral era un mero sueño, y yo recomendaba esta historia de forma muy intuitiva, como quien recomienda la nueva joya que acaba de descubrir en Netflix. Pero hoy, que vuelvo a encontrarme con Te quiero hasta la luna, la miro desde un lugar muy distinto. Este es, virtualmente, el mismo montaje que vi por allá de 2021, salvo por el cambio de elenco. La obra prácticamente no ha cambiado, pero yo sí. Así que reencontrarme con ella fue toda una experiencia reveladora: algo así como toparse cara a cara con un viejo amor y darse cuenta de todo lo que ha cambiado, y de todo lo que sigue igual, pero que ahora vemos con otros ojos.
Julia y Pablo se reencuentran en la estación de viaje interespacial, a punto de abordar la nave que los llevará a conocer por primera vez la luna. Se conocieron cuando eran apenas unos niños, y, desde entonces, fueron creciendo juntos, atravesando su adolescencia, hasta descubrir entre ellos un amor inesperado que cargaron con ternura hasta el comienzo de su adultez. Pero aquel viaje lunar que planearon antes de separarse los vuelve a poner frente a frente, mientras recorren, literal y emocionalmente, los recuerdos de una historia que comenzó cuando apenas tenían siete años. Así, entre juegos, canciones y saltos temporales, Te quiero hasta la luna se sirve de la comedia romántica para hablar de la memoria, la nostalgia y la posibilidad de volver a descubrir al otro a través de la mirada.

Este montaje, a grandes rasgos, sigue siendo el mismo que vi hace unos cinco años; desde la escenografía, la iluminación y el vestuario, hasta el diseño sonoro y el trazo escénico, que permanecen prácticamente intactos. La propuesta de dirección tampoco es nueva: este remontaje conserva la visión original de Anahí Allué, cuyo lenguaje escénico sigue sosteniendo la identidad del montaje. Su propuesta entiende Te quiero hasta la luna como una rom-com en toda regla, pero trasladada a un espacio escénico de enorme sencillez en el que cada elemento adquiere nuevas posibilidades a través de la imaginación.
En la escenografía de Norberto Reyes, una base blanca, dos sillas y un gran botón rojo construyen la nave espacial que los personajes habitan, mientras que a su alrededor un conjunto de esferas suspendidas se transforman en el vasto cosmos que la nave debe atravesar. El resultado está mucho más cerca de la fantasía que de la ciencia ficción, como si el espacio exterior fuera también una representación de ese estado de ensoñación en el que todo parece posible cuando estamos enamorados. La iluminación de María Vergara, por otro lado, expande las posibilidades de este espacio minimalista y lo dota constantemente de nuevas dimensiones, mientras las sillas se convierten en parte fundamental del trazo, anclando la acción en tierra firme y permitiendo que Julia y Pablo dialoguen constantemente entre la nebulosa posibilidad que ha quedado en la memoria y la tangible distancia de su presente.

Y hablando del diseño de producción de este montaje, resulta particularmente interesante la atención que sus distintas áreas prestan al color. Los magentas y cianes de la iluminación acompañan el presente y la aventura espacial, remitiéndonos a las nebulosas y los astros, mientras que los tonos anaranjados aparecen al regresar al pasado, recuperando la calidez que alguna vez mantuvo unidos a nuestros protagonistas. Sumándose a este juego de colorimetría, el vestuario de Julia y Pablo también construye su relación a partir de la diferencia y el encuentro. Ella viste principalmente de rojo y él de verde, colores complementarios que acentúan la distancia entre ambos, mientras que los elementos en denim azul que comparten funcionan como un vínculo visual que permanece a pesar de sus diferencias. Y es significativo que buena parte de estas prendas salga de sus propias maletas, pues no son únicamente los objetos que llevan consigo para emprender su viaje a la luna, sino también aquello que cada uno ha decidido cargar de su pasado. Al abrirlas, Julia y Pablo desentierran entre sus prendas distintos momentos de su historia, pero también los restos de una relación de la que quizás no se han deshecho del todo.

Y así como el juego con las maletas ayuda a vestir los diferentes momentos de la historia, los personajes juegan constantemente a preguntarse cuántos años tienen; una pregunta que se convierte en su propia micro-máquina del tiempo, devolviéndolos a los siete, a los doce o a los treinta. Este recurso para marcar los saltos temporales es ciertamente efectivo, tratándose de una decisión lúdica que dialoga con la infancia de Julia y Pablo y mantiene el tono ligero de la propuesta. Sin embargo, cada transición está acompañada por una misma música —alegre e inspiradora, aunque no realmente evolutiva— mientras los actores reconfiguran el espacio y transforman algunos elementos de su vestuario. La repetición del recurso, aunque en perfecta sintonía con el espíritu del montaje, comienza a hacerlo predecible y algunas transiciones se sienten más largas de lo necesario. Y aunque la reiteración no le resta sentido, sí termina por desgastar aquello que inicialmente funcionaba, haciendo más evidentes sus flaquezas. Como volver a encontrarse con un viejo amor: reconociendo aquello que nos hizo enamorarnos, mientras también aparecen todas esas pequeñas mañas y gestos que se fueron acumulando hasta que se volvió imposible pasarlos por alto.

Pero como en cualquier reencuentro, también existe la posibilidad de sorprendernos con algo nuevo. Y en este remontaje de Te quiero hasta la luna, lo nuevo está precisamente en el trabajo actoral de María Kemp y Miguel Tercero, quienes encuentran en Julia y Pablo matices sobre matices que dotan a esta historia de una genuina humanidad. Ambos transitan constantemente entre distintas edades y consiguen dibujar cada temporalidad desde la corporalidad y la voz, mientras se impulsan mutuamente en energía y ritmo. En sus versiones infantiles hay asombro y ligereza, mientras sus escenas más adultas están cargadas de una complejidad emocional que permite entender cuánto han cambiado sus personajes a lo largo de los años. Hay astucia en la manera en la que se hablan y, también, cierto prejuicio: ella lo mira como un molesto nerd controlador, mientras él la percibe como poco seria y sin dirección. Entonces, no hace falta presenciar todas las escenas de su separación para entender que alguna vez fueron demasiado distintos, y que esas diferencias terminaron por quebrar aquello que los unía.

Sobre todo, la posibilidad de encontrarnos con Julia y Pablo en distintas etapas de sus vidas permite que la dramaturgia explore cómo cambia nuestra percepción del amor cuando lo miramos desde la distancia. Te quiero hasta la luna toma la fórmula de una comedia romántica, pero la cuenta desde la memoria de un amor que ya terminó. El enamoramiento ocurre frente a nosotros, sí, pero filtrado por la nostalgia de saber que esos momentos pertenecen al pasado. Y la obra no renuncia a las convenciones de la rom-com ni a su cursilería, pero las coloca en un contexto donde el ideal romántico puede ser cuestionado. De esta manera, nos plantea que cuando dejamos de imaginar el amor como la búsqueda de la persona perfecta, aparece la posibilidad de encontrar a alguien que nos enseñe a amar precisamente aquello que nunca esperamos encontrar.
Y es precisamente esa mirada sobre el amor la que María y Miguel consiguen llevar al terreno de la actuación. Su química se construye a partir de contrastes: no desde la idea de que los opuestos necesariamente se atraen, sino desde la posibilidad de aprender a mirar aquello que alguna vez las separó con otros ojos. Y es en la manera en que se miran donde el contraste comienza a convertirse en complicidad. Ese brillo de asombro en la retina —tan característico de la niñez y tan escondido en la vida adulta, donde todo está cargado de mayor pesadez— solo vuelve a asomarse cuando ambos personajes encuentran nuevamente algo que admirar del otro: cuando ella lo escucha cantar; cuando él descubre qué ha sido de la vida de ella. Cuando ambos vuelven a encontrarse con aquello que alguna vez los hizo enamorarse. Es sobre todo en la mirada donde María y Miguel encuentran ese puerto de llegada que vuelve a esta historia realmente entrañable, y que convierte el amor entre Julia y Pablo en algo tan real y palpable como fantástico.
Ser cursi, entonces, no es un defecto de Te quiero hasta la luna, sino parte de su naturaleza, y quizá hasta su mayor fortaleza. El texto abraza sin reservas las convenciones de la comedia romántica, pero el trabajo de María Kemp y Miguel Tercero consigue llevar esa cursilería más allá de sí misma: hasta un lugar donde el amor puede habitar, al mismo tiempo, en la gravedad de la realidad y en la libertad infinita del espacio.

Quizá por eso Te quiero hasta la luna significa algo distinto para mí ahora que cuando la vi por primera vez. Entonces, la historia de Julia y Pablo representaba una idea del amor que todavía no había tenido oportunidad de poner a prueba; hoy, puedo reconocer en ella muchas de las cosas en las que sigo creyendo, pero también aquellas otras que aprendí a cuestionar. Así, la obra pasó de representar el amor que yo ansiaba tener a convertirse en una forma de pensar y celebrar el amor que sé que hoy tengo, y que sigo construyendo.
Y quizá algo parecido me ha sucedido con el teatro. Después de tantos montajes, he aprendido a detenerme en aquello que antes podía pasar desapercibido: reconocer por qué funciona una transición, cómo una pausa modifica una escena, o cómo una decisión mínima o un simple gesto pueden transformar todo un montaje. Aprender a mirar el teatro con mayor atención no ha hecho que me emocione menos; al contrario, me ha permitido entender mejor aquello que consigue emocionarme. Porque quizá, tanto en el amor como en el teatro, todo está en los detalles: en aprender a verlos, a ponerlos en la balanza y, finalmente, a reconocer cuáles son los que nos hacen volver a enamorarnos, una y otra vez.

Te quiero hasta la luna se presenta los martes y miércoles en el Foro Lucerna. Funciones hasta el 23 de septiembre. Boletos disponibles en taquilla y en Ticketmaster.