Masa Madre: una receta para la excelencia

Por: Jorge Rodríguez

La cocina no es cosa fácil. Sobre todo, es frustrante seguir una receta al pie de la letra y descubrir que, al final, el resultado no se parece en nada a lo que queríamos preparar. A veces, por más cuidado que pongamos en cada paso, lo que obtenemos dista mucho de lo que esperábamos. Entonces, nos preguntamos dónde estuvo el error, el ingrediente que faltó o el paso que omitimos. Pero lo cierto es que toda receta nace, primero, del ensayo y error. Y en la vida, como en la cocina, las recetas están diseñadas para guiar nuestro camino, mas no para establecer el ritmo de nuestro andar.

📸: Jorge Rodríguez

 

Dos hermanos, Claudia y Rodrigo, se enfrentan a la muerte de su madre y a la responsabilidad del negocio familiar, inesperadamente depositada sobre sus hombros. Ahora al frente de la panadería, Rodrigo se encarga de cobrar y atender a los siempre exasperantes compradores, mientras que Claudia debe preparar cada mañana el pan, siguiendo las recetas que les dejó su madre. Conforme pasan los meses y su colonia se gentrifica, ambos descubren que mantener el negocio a flote resulta cada vez más difícil. Un día, Rodrigo compra un boleto de lotería que, ya sea por suerte o por destino, resulta ganador. Sin embargo, cuando el boleto cae accidentalmente en la masa y termina en manos de una misteriosa clienta, los hermanos deberán embarcarse en una tenebrosa misión para recuperar algo mucho más preciado que el premio: la posibilidad de preservar el legado de su madre. En una historia jocosamente sobrenatural, que combina realismo mágico con un humor cálido y reconfortante, Masa Madre es una dulce y esponjosa comedia que nos enfrenta a nuestros mayores miedos y a aquellas herencias que permanecen con nosotros, incluso después de la muerte.

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En el centro de Masa Madre se encuentra la compleja relación de Claudia con su difunta madre, que el director y dramaturgo Javier Mira aborda con excepcional belleza y sensibilidad. Más que afrontar su ausencia, Claudia parece incapaz de desprenderse de las expectativas que su madre le impuso en vida y que, con el paso de los años, terminaron por condicionar la manera en que se percibe a sí misma. En su afán por convertirse en la hija perfecta, ella ha aprendido a medir su propio valor a partir de una aprobación que, tras la muerte de su madre, nunca termina de llegar. Y así, se ve obligada a reproducir incesantemente una fórmula de felicidad que nunca fue realmente suya. Javier Mira da forma a un personaje cuya relación con el duelo está atravesada por el resentimiento, el agotamiento y la frustración de quien siente que, por más que se esfuerce, nunca es suficiente. Por su parte, Alejandra Ranero encuentra en ese conflicto interno un terreno fértil para construir una interpretación realmente vulnerable. A través de una notable contención, su trabajo deja entrever el cansancio de Claudia y su necesidad casi inconsciente de seguir intentándolo, de estar a la altura de las expectativas ajenas, mientras carga simultáneamente con la responsabilidad de la panadería y de su hermano Rodrigo. Podría decirse incluso que Alejandra consigue dar vida a dos personajes al mismo tiempo, pues aunque su madre ya no está, la actriz logra hacerla presente como un ente casi corpóreo, palpable en el aire, ante quien Claudia todavía parece tener mucho que demostrar.

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Una vez que Claudia y Rodrigo se ven obligados a entrar en la casa de Angustias, la misteriosa «viuda de Coyoacán» interpretada por Paola Madrigal, se abre ante ellos una disparatada aventura paranormal, digna del episodio más tierno y entrañable de Scooby-Doo. A través de una sucesión de elementos sobrenaturales, Masa Madre explora el miedo desde el humor y el absurdo, con puertas y pasillos laberínticos que parecen no tener fin, y situaciones inexplicables que ponen a prueba la valentía de los protagonistas. Dentro de esta caricaturesca casa embrujada, Rodrigo se revela mucho más asustadizo de lo que su optimismo inicial podría sugerir, mientras que Claudia comienza a enfrentarse a sus propios demonios. En esta segunda mitad de la obra, Paola Madrigal se convierte en una pieza fundamental del montaje, como un contrapunto hilarante a la tensión emocional que atraviesa a los hermanos. La cadencia y el tono con que entrega sus parlamentos, siempre con una exquisita seriedad ante las situaciones más absurdas, potencian el humor y provocan algunas de las carcajadas más estruendosas en el espectador. Sin embargo, más allá de los encuentros espectrales y los momentos esotéricos, la dramaturgia de Javier Mira propone una reflexión mucho más íntima sobre el miedo, donde los fantasmas que verdaderamente nos persiguen no siempre habitan las casas embrujadas, sino que se alojan en nuestros recuerdos y en las inseguridades que nos impiden avanzar.

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Si bien Claudia permanece atrapada en el miedo a equivocarse, Rodrigo parece afrontar la pérdida de su madre desde un lugar completamente distinto. Mientras ella continúa anclada a las frustraciones del pasado, él se aferra a una visión optimista del futuro, con la cabeza en las nubes y una ingenuidad que a veces lo aleja de la realidad. Rubén Carpinteiro construye a Rodrigo desde una ternura desarmante, siempre dispuesto a encontrarle el lado amable a las circunstancias. Sin embargo, la dramaturgia de Javier Mira trasciende esta aparente oposición entre optimismo y pesimismo para construir una relación de genuino cuidado y complicidad. Ambos tienen miedo y necesitan encontrar una manera de seguir adelante, pero también parecen reconocer aquello que el otro necesita. Por eso, cuando Rodrigo le dice a su hermana que cree que está haciendo un buen trabajo, sus palabras adquieren un significado especial, ofreciéndole a Claudia, quizá sin siquiera proponérselo, la aprobación que ella lleva tanto tiempo buscando. Así, el contrapunto entre ambos no está solamente en la manera en que viven el duelo, sino en su manera de acompañarse y en aquello que cada uno necesita aprender del otro. Rodrigo aprende a tocar tierra, y Claudia a levantar la mirada otra vez, y a soñar entre las nubes.

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Definitivamente, una de las reflexiones más entrañables de Masa Madre reside en su manera de entender las herencias familiares. A través de la panadería y las recetas que su madre les dejó, Claudia y Rodrigo se enfrentan a la difícil tarea de preservar un legado que, inevitablemente, también les pertenece. Pero así como la masa madre necesita ser alimentada y cuidada para mantenerse viva, las enseñanzas que recibimos de quienes nos precedieron también deben encontrar nuevas formas de existir en nuestras propias manos. Las herencias requieren de nuestro cuidado, pero también exigen reflexión y evolución. En ese sentido, la obra nos recuerda que honrar nuestro pasado no implica renunciar a nuestros deseos ni vivir bajo las expectativas de quienes nos dieron la vida. Más bien, nos invita a descubrir que podemos aprender a hacer las cosas a nuestra manera, aceptar que no siempre obtendremos el resultado esperado y construir algo propio a partir de aquello que nos fue heredado.

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Y si esta construcción emotiva es el relleno suave y dulce del montaje, Javier Mira se encarga de darle una corteza crujiente y dorada que termina de envolver y dar forma a esta historia. Masa Madre ocurre dentro de un universo escénico que transita constantemente entre el humor y la ternura sin perder coherencia ni contundencia. Esta convivencia de tonos se sostiene, en buena medida, gracias a una cuidadosa construcción del espacio, donde el diseño de movimiento y la iluminación se convierten en elementos fundamentales. Desde la manipulación de la escenografía, que permite dibujar los espectrales pasillos de la casa de Angustias, hasta el ingenioso juego con lámparas de mano, que dota al montaje de un misticismo cautivador; cada elemento contribuye a construir una atmósfera espesa que oscila entre lo familiar y lo inquietante, y que crea una combinación de texturas que, como en un buen pan, vuelve la experiencia mucho más deliciosa.

📸: Jorge Rodríguez

 

Masa Madre es una suculenta comedia en la que la verdadera receta para el éxito no consiste en alcanzar un resultado perfecto, sino en aprender a disfrutar del proceso. En dejar de temerle al fracaso y comprender que cada intento, incluso aquellos que no salen como esperábamos, forma parte de nuestro aprendizaje y de la construcción de un camino propio. La excelencia no está necesariamente en el resultado, sino en la constancia y la persistencia con que nos atrevemos a intentarlo una y otra vez. Porque, como nos recuerdan Claudia y Rodrigo, si el resultado no es el que esperábamos, siempre podemos tirar el pastel y empezar de nuevo. Y es que, en cierta medida, de eso se trata convertirse en adulto. De aceptar que podemos equivocarnos, cambiar los ingredientes, y, finalmente, atrevernos a preparar algo que tenga nuestro propio sabor.

Masa Madre se presenta los lunes a las 8:00 pm en el Teatro La Capilla. Funciones hasta el 26 de octubre. Boletos disponibles en taquilla y en línea.