Sirena y Punto: una carta al Jorge del pasado (para abrazarnos)

Por: Jorge Rodríguez

Una crítica epistolar.

 

Querido Jorge:

Sé que han pasado más de veinte años sin que tengamos contacto. Pero es que hoy, de camino a casa, pensé en ti.

A pesar del tráfico, de la gente en el transporte y de las responsabilidades que tendré que enfrentar mañana en el trabajo, de pronto viniste a mi mente. Recordé aquellos días en los que podías pasar horas dibujando o jugando con tus Playmobil en las escaleras que daban a la sala de nuestros abuelos. Recordé cómo preferías quedarte en el comedor, con tu libro para colorear, mientras nuestro primo salía al patio a jugar con su balón o subirse a su patín. Recordé, sobre todo, aquellas tardes en las que nuestros papás estaban distraídos y aprovechabas para agarrar los collares de mamá. Te envolvías con una cobija y jugabas a ser grande; a verte tan bien como se veía ella en sus vestidos. Entonces, todavía no sabíamos que algunas cosas podían dar miedo. Todavía no sabíamos que había cosas que otros podían mirar y juzgar.

Hoy pensé en ti. Y por eso, hoy te escribo.

📸: Jorge Rodríguez

 

Hace un par de semanas fui al teatro y te encontré. Estaba viendo Sirena y Punto, en La Teatrería, y de pronto volviste a mí. No sé exactamente en qué momento sucedió. Quizá fue cuando Andrés conoció a Juana en aquella clase de natación, como aquella a la que te inscribieron nuestros papás, un poco a la fuerza, para que superaras tu miedo al agua. Quizá fue aquel escenario lleno de colores, espirales y dibujos hechos a mano, que inevitablemente me recordaron a los tuyos. Pensé, sobre todo, en las horas que pasaste dibujando corales, algas y peces de mil colores, que después se convirtieron en la escenografía frente a la que bailaste las canciones de La Sirenita. Y en cómo nuestra abuelita, nuestra eterna cómplice, se subió al sillón para alumbrarte con una lámpara que hacía las veces de reflector. Qué curioso que fuera justamente esa película, que tanto nos gustaba, con la que Andrés se enamoró al punto de querer convertirse en una sirena. En verdad, al conocer la historia de Andrés, me reencontré con ese Jorge de apenas siete años, que podía convertir la sala en el fondo del mar. Y mientras lo miraba a él, te miré a ti.

📸: Jorge Rodríguez

 

Hoy te escribo porque, a los siete años, todavía no sabíamos que había cosas que los niños-niños podían querer y otras que debíamos aprender a esconder. Andrés tampoco lo sabía cuando decidió que quería ser una sirena. Fueron los adultos quienes comenzaron a buscarle un significado a sus juegos, y quienes encontraron en aquello que lo hacía feliz un motivo para preocuparse. Pero para él, disfrazarse, mirarse al espejo y bailar era suficiente. No había nada que explicar.

Hay algo muy luminoso en la manera en que Sirena y Punto nos cuenta su historia. En ese escenario, los azules ultramar profundos conviven con naranjas y ocres sustanciosos, como de atardecer, y la luz parece devolverle a cada rincón su color y su brillo; ese brillo que, debo confesarte, la vida va apagando a medida que crecemos. Ver esta obra fue como mirar el mundo a través de los ojos de Andrés y Juana. O incluso, volver a mirarlo con los tuyos. Hay una ternura particular en la estética del montaje, que parece hacer cobrar vida a las páginas de un cuento. Los colores vivos están siempre presentes en este universo, aunque sus matices cambien y la luz se repliegue, por momentos, hacia cierta oscuridad. Incluso la violencia que más adelante relata Andrés jamás despoja a su mundo de ese brillo y posibilidad. Más bien, convive con él. Y esa convivencia le da al montaje una calidez particular, haciendo que hablemos de heridas complejas, profundamente adultas, sin renunciar a la mirada de quien alguna vez pudo convertir una sala en el fondo del mar.

Y, sin embargo, mientras el escenario conservaba esa apariencia de juego y magia, la historia de Andrés me recordó lo fácil que puede ser para un niño construir un mundo, y lo fácil que puede ser para un adulto empezar a destruirlo.

📸: Jorge Rodríguez

 

Quizás, en su momento, aún no entendías la importancia de encontrar a alguien con quien pudieras ser tú mismo. Quizá simplemente te gustaba pasar las tardes en compañía de esas personas con las que el tiempo parecía transcurrir con mayor tranquilidad; con quienes el mundo, por un rato, dejaba de exigirte. Al ver a Marcos Radosh y a Luz Aldán darle vida a Andrés y Juana, pensé en esas amistades que terminaron convirtiéndose en nuestro refugio sin proponérselo. En las personas con quienes podíamos hablar de cualquier cosa, inventar mundos o guardar silencios sin miedo a que nos descubrieran algo que ni siquiera nosotros sabíamos nombrar.

Marcos y Luz construyen una hermosa complicidad que se hace especialmente visible en la comedia, y en los momentos de mayor emotividad. Se percibe la confianza con la que acompañan el juego del otro y sostienen la escena sin perder el ritmo. No construyen a Andrés y Juana desde una ingenuidad infantil, sino desde la astucia de quienes han crecido, y han tenido tiempo de entender lo que vivieron desde la distancia. Los guiños a los años noventa, el humor y la manera en que hablan incluso de sus experiencias más dolorosas hacen pensar en dos amigos que, desde la distancia del recuerdo, pueden reconocer sus heridas y también aquello que los mantuvo unidos. En el universo de Andrés y Juana, la amistad nunca es un lugar de rechazo. La violencia llega desde afuera, de los prejuicios que los adultos transmiten, de sus ausencias y de las formas en que intentan corregir aquello que no comprenden. Pero entre ellos, solo hay espacio para el juego, el gozo y la contención.

Cómo me alegra que tú, a los nueve años, hayas encontrado a tu Juana. Alguien que te hacía segunda en todo, que te defendía y que estaba a tu lado sin prejuicios. Entonces no lo sabías, pero esa amistad nos acompañaría mucho más allá de la infancia. Y con el tiempo entenderíamos que lo único que buscábamos en la vida era alguien con quien nadar libremente. Alguien que, simplemente, se quedara con nosotros a jugar.

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Pero no siempre íbamos a encontrar a alguien dispuesto a hacernos segunda. En Sirena y Punto, el papá de Andrés lo obliga a unirse al equipo de fútbol para que se parezca más a los niños-niños, para evitar que lo señalen y se convierta en objeto de burla. Andrés absorbe como una esponja la violencia que parece rodear su existencia, hasta que termina por estallar y golpea al niño que le arrebata la sirena que le regaló su abuela. Y esa sirena es mucho más que una muñeca. En ella también habita la complicidad de una adulta que, a diferencia de los demás adultos en su vida, le permite ser quien es, sin pedirle explicaciones ni intentar corregirlo. Es un objeto de afecto, pero también de libertad. Es tan triste pensar que un niño tenga que defender aquello que lo hace feliz y que, para hacerlo, deba recurrir a la violencia. Y, sin embargo, llega un momento en que parece que no tiene alternativa.

A los once años, tú y yo también empezamos a sentir miedo de que alguien pudiera lastimarnos. Recuerdo las clases de karate, a las que nuestro papá nos obligó a inscribirnos, y lo mucho que nos costaba salir de casa cada tarde para llegar a aquella escuela donde solo nos sentíamos juzgados. Recuerdo los comentarios ofensivos que escuchábamos por los pasillos de la escuela, y que los niños más grandes se rieran por nuestra forma de caminar, o de hablar. Recuerdo con tristeza esa angustia paralizante cada que teníamos que usar el baño, y había alguien más ahí dentro, dispuesto a empujarnos, o tocarnos, o simplemente reírse de algo que todavía no lográbamos comprender. Recuerdo la inquietud de tener que aprender a defenderme, como si el mundo me estuviera diciendo que debía estar preparado. En guardia, para protegerme de quienes quisieran hacerme daño. Porque, claro, por ser quien era, alguien tenía que querer lastimarme. Todavía no sabíamos poner en palabras todo lo que nos asustaba. Y apenas empezábamos a entender que había personas capaces de convertir aquello que nos gustaba, nuestros gestos o nuestra forma de ser en un motivo para agredirnos.

A los trece años, el miedo también empezó a aparecer en lugares donde, en teoría, no había nada que temer. Recuerdo los vestidores de natación, de las clases a las que nos inscribió mamá, para ayudarnos a escapar de la rudeza del karate. Recuerdo el nerviosismo de tener que cambiarme frente a otros chicos y esa incomodidad que no sabía explicar; esa sensación de que había algo en mí que los demás podían descubrir con solo mirarme. Cuando Andrés, en Sirena y Punto, dice que le cuesta trabajo respirar, te recordé a ti y lo entendí perfectamente. Recuerdo cómo nos faltaba el aire, como si inhalar profundo no fuera suficiente. Me quedé pensando en lo difícil que puede ser explicarle a alguien esa angustia cuando ni siquiera uno mismo termina de comprenderla. Esa misma angustia que nos acompañaría durante muchos años, cada vez que nos sentíamos vulnerables; cada vez que parecía más inminente tener que nombrar ante los demás eso que tú y yo, desde los siete años, ya podíamos sentir en el fondo. Y es que quizás, como Andrés, lo que necesitábamos entonces era aprender a respirar bajo la superficie. Quizás, necesitábamos agua.

📸: Jorge Rodríguez

 

Pero, a los quince años, todavía no sabíamos qué hacer con la gran ola de emociones que sentíamos. Recuerdo los celos que me invadieron cuando nuestro mejor amigo tuvo novia. Me costaba entender por qué me afectaba tanto y me daba miedo preguntarme si aquello que sentía era algo más que amistad. En realidad, por miedo, había muchas preguntas que prefería dejar sin respuesta.

Pensé en ello cuando, en Sirena y Punto, Andrés le pregunta a su mamá si él también tendrá una fiesta de quince años. Porque no solo estaba preguntando por una fiesta: estaba imaginando quién podría ser al crecer, y qué lugar tendría en el mundo que lo rodeaba. Pero su mamá tenía miedo de lo difícil que podía ser el futuro para su hijo. Y absorta en ese temor por lo que vendría después, no alcanzaba a ver el miedo que Andrés ya sentía entonces. Andrés cuenta que su mamá pensó demasiadas cosas que no supo verbalizar. Y mientras lo relata, los cuerpos en escena parecen quedarse quietos y la luz desciende hasta llevarnos a la noche. Y por un instante, imaginé a Andrés bajo las cobijas, despierto después de la hora de dormir, contándonos en voz baja algo que todavía no termina de comprender. En una decisión de dirección que me pareció sutil pero muy inspiradora, bastó con detener el movimiento y oscurecer el espacio para que el silencio de su madre adquiera otra dimensión.

Y es que Andrés no necesitaba que su mamá lo protegiera de todas las dificultades que encontraría al crecer; necesitaba que escuchara las preguntas que ya empezaba a hacerse. A veces me pregunto qué pasaría si, en lugar de intentar anticiparnos a los problemas de los niños, los adultos nos detuviéramos a escuchar lo que están preguntando, hoy. Si entendiéramos que, detrás de una pregunta aparentemente sencilla, puede haber una niña o un niño tratando de averiguar si podrá crecer en este mundo con libertad, sin tener que renunciar a algo de sí mismo. Pero la mamá de Andrés decidió callar. Y, con ese silencio, Andrés descubrió que el miedo que sentía, aunque todavía fuera incapaz de nombrarlo, podía ser tan profundo como el que habita en muchos padres y madres cuando reconocen a sus hijos diferentes, y vulnerables.

📸: Jorge Rodríguez

 

Mientras veía a Andrés, pensé también en nuestro papá. Especialmente, en el miedo que pueden sentir los padres cuando descubren que sus hijos tendrán que enfrentarse a un mundo que no siempre sabrá recibirlos ni cobijarlos. Me pregunto cuántas veces, en su intento por protegernos, los adultos terminan haciéndonos daño sin entender del todo aquello que también les asusta.

Pienso en aquella tarde, cuando un chico nos regaló un ramo de girasoles en la escuela. Ya teníamos diecisiete años. Pienso en cómo llegamos a casa, ilusionados, felices de que alguien hubiera tenido con nosotros un gesto que jamás imaginamos recibir. Y pienso en cómo papá, con un enojo que todavía hoy no comprendo, nos gritó que debíamos tirar esas flores a la basura. Que no quería que después estuviéramos llorando, por meternos en quién sabe qué.

Todavía no sé si en ese instante pudimos entender realmente lo que estaba pasando. Pero hoy, tantos años después, vuelvo a ese recuerdo con preguntas que el adolescente que fuimos aún no podía hacerse.

Creo que lo que más miedo me dio aquella tarde fue pensar que quizá papá tenía razón. Que, como hombre, sabía algo que yo todavía no quería aceptar: que enamorarse de otros hombres podía significar una vida llena de violencia y dolor. Temí con todas mis fuerzas que así fuera; que aquellas historias y películas trágicas que había conocido no estuvieran exagerando, y que para nosotros el amor difícilmente pudiera tener un final feliz.

Hoy, sin embargo, puedo mirar aquel recuerdo desde otro lugar. Veo a papá convivir con nuestro novio, aprender a quererlo a su manera, y hacerle un espacio en nuestra familia. Y entiendo que aquella tarde también él actuó desde el miedo y el desconocimiento. Quizá intentaba protegernos de un mundo que imaginaba sería cruel con nosotros. Y lo hacía sin comprender que, al protegernos de esa manera, nos estaba enseñando a temerle a algo que apenas empezábamos a descubrir de nosotros mismos.

📸: Jorge Rodríguez

 

Es ahí donde entendí que Sirena y Punto no es solamente una historia sobre dos niños que aprendieron a vivir con sus heridas. Es también la historia de dos adultos que, desde la distancia del recuerdo, pueden volver a mirar quiénes fueron, sin reducirse al daño que les hicieron. Andrés y Juana no son únicamente los niños que tuvieron miedo, que fueron señalados o que tuvieron que aprender a defenderse. También son los niños que jugaron, que se hicieron compañía y que encontraron en el otro un lugar donde podían ser ellos mismos. La dramaturgia adaptada de Reynolds Robledo, conmovedora y honesta, nos permite mirar esa infancia sin despojarla de su alegría, y al mismo tiempo, sin olvidar todo aquello que la puso en riesgo.

Y pienso que contar estas historias desde la nostalgia, frente a un público adulto, tiene que ver necesariamente con una responsabilidad. Porque quienes miramos a Andrés y Juana no solo podemos reconocer a las niñas y niños que fuimos; también podemos reconocer a los adultos que somos. A quienes alguna vez callamos por miedo, a quienes aprendimos a protegernos haciendo lo que otros esperaban de nosotros, pero también a quienes hoy tenemos la posibilidad de escuchar, acompañar y ofrecerles a otras niñas y niños un espacio donde no tengan que justificarse. Porque no basta con desear que el mundo sea menos cruel con ellos. También tenemos que preguntarnos qué hacemos para que lo sea.

📸: Jorge Rodríguez

 

En el cuento original de Andersen, la Sirenita termina convertida en espuma; en la versión de Disney, Ariel recupera su voz, y consigue un amor y un final feliz. Dos desenlaces distintos, pero ambos enfocados en lo que una sirena tiene que perder para conseguir la vida que desea. Parecería, entonces, que en este mundo solo hay dos alternativas: o desaparecemos, o encontramos la manera de sobrevivir en un mundo que solo estaba dispuesto a aceptarnos bajo ciertas condiciones.

Por eso hoy, Jorge, quise escribirte esta carta. A ti, al de cinco años, y al de nueve, y al de quince. A todos los Jorges del pasado; al Jorge adolescente, y al Jorge adulto. Porque me niego a permitir que las niñas y niños que crecerán en el mundo que hoy estoy construyendo, piensen por un segundo siquiera que la vida no puede ser igual de colorida y brillante que un dibujo en el fondo del mar.

Como adulto, hoy puedo mirar nuestra historia y reconocer el naufragio. Nos pasó, sobrevivimos. No debió pasarnos. Y aun así, estamos aquí. No porque el dolor fuera necesario para convertirnos en quienes somos, ni porque todas las heridas terminen por enseñarnos algo, sino porque encontramos maneras de seguir adelante, personas con quienes volver a jugar y espacios donde, poco a poco, pudimos respirar de nuevo.

Ojalá hubiera podido decirte todo esto cuando tenías siete años. Cuando empezaste a creer que debías aprender a defenderte; cuando te faltaba el aire. O aquella tarde, cuando unas flores que te hicieron feliz terminaron convertidas en motivo de miedo. Ojalá hubieras sabido que el amor no tenía por qué parecerse a las historias trágicas que tanto temías, y que no estabas condenado a vivir una vida en la que tu felicidad dependiera de cuánto estuvieras dispuesto a esconder. Pero hoy puedo escribirte, y podemos abrazarnos. Y hoy, también, puedo preguntarme qué estamos haciendo para que otros niños no tengan que esperar tantos años para escuchar que no había nada malo en ellos. Qué estamos haciendo para que puedan jugar, enamorarse, descubrirse y crecer sin sentir que el mundo entero está esperando el momento exacto de lastimarlos.

Ojalá algún día las infancias que vienen detrás de nosotros puedan nadar libres, sin que nadie les haga creer que su felicidad es una amenaza, o su diferencia una condena, o que el amor tiene que doler para ser verdadero. Ojalá puedan, podamos, volver la mirada y recordar que estuvieron rodeados de personas que los amaron, y los acompañaron mientras descubrían su lugar en el mundo. Ojalá que más y más personas decidan que quieren ser, y punto. Y ojalá que tú, Jorge, nunca vuelvas a sentir miedo de, cual sirena, convertirte en espuma de mil colores, y existir con plena libertad, alegría y amor.

Con profunda ternura y cariño,

Jorge

 

Sirena y Punto tendrá su última función el martes 20 de octubre a las 8:30 pm en La Teatrería.