Nuestra Isla: sobre ballenas, territorios y nuestro lugar en el mundo

Por: Jorge Rodríguez

 

Al entrar al Foro Lucerna, nos encontramos con una estructura casi monolítica que absorbe toda nuestra atención. Una plataforma se alza en medio de un escenario que parece cubierto de arena, flanqueada por butacas dispuestas a manera de pasarela. Su silueta evoca, de forma casi ilustrativa, una isla. Sin embargo, los nudos náuticos y el trinquete coronado por una farola le confieren al espacio una identidad indudablemente marítima. La estructura parece aludir a la imagen de una embarcación varada, y al mismo tiempo de un pueblo remoto, mientras las luces turquesas añaden una última capa de misticismo. Y ante este gran islote que permanece inmóvil frente a nosotros, suena la tercera llamada. Estamos por zarpar, ya sea hacia altamar o tierra adentro; aunque desde antes de que se apaguen las luces nos acompaña el presentimiento de encontrarnos, de algún modo, a la deriva.

📸: Jorge Rodríguez

 

Sobre este escenario aparece Kinnan, una pequeña isla escocesa cuya comunidad enfrenta la inminente posibilidad de tener que abandonar su hogar a falta de recursos, habitantes y oportunidades, para trasladarse a tierra firme. En medio de esta incertidumbre está Eilidh, una adolescente que crece entre la ausencia de su madre y el cálido cuidado de su abuela, en un territorio donde ya no quedan niños de su edad y se siente absolutamente sola. Una mañana, Eilidh encuentra a un ballenato muerto, encayado en la costa de Kinnan. Y este inusual suceso la conduce al encuentro con Arran, una misteriosa joven que aparece en la costa, abriendo la puerta a un universo en el que las leyendas del mar, el canto de las ballenas y la memoria de los ancestros le mostrarán a Eilidh el lugar al que en verdad pertenece. Nuestra Isla, el nuevo musical producido por El Aquelarre, explora la pertenencia como un vínculo que trasciende las fronteras físicas y que encuentra en nuestra identidad y en las historias que compartimos una nueva forma de construir hogar.

📸: Jorge Rodríguez

 

El musical original de Amy Draper, Stewart Melton y Finn Anderson entrelaza el folclore escocés y la fantasía con una historia de la vida cotidiana, sutilmente ambientalista. Nuestra Isla construye su universo a partir de la música y la narración oral, donde dos actrices dan vida a los múltiples habitantes de Kinnan, mientras sus voces, mediante el live looping, evocan los sonidos del mar, el canto de las ballenas y los vastos paisajes de la Escocia rural, que la escena no necesita representar materialmente. La complejidad técnica que este musical exige de sus intérpretes es, sin duda, uno de sus mayores atractivos. Sin embargo, merece la pena detenerse también en la organicidad con la que el equipo ha integrado a Lupe, su loopera, como una actriz más sobre el escenario. Aunque los micrófonos y los cables permanecen a la vista del espectador, el elenco consigue incorporar esta tecnología sonora a la acción, haciendo de su manipulación parte de la magia de contar la historia y no un mero procedimiento técnico. Y en esta construcción sonora, la dirección vocal y musical de Analí Sánchez Neri y, sobre todo, el diseño de audio de Dulce Mariel convierten este behemoth en una bestia asequible, domable, pero que nunca pierde su majestuosidad. Desde el primer instante, la atmósfera que construyen nos deja claro que we’re not in Mexico City anymore, mientras las frías y saladas aguas del mar del Norte parecen inundar nuestros sentidos.

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Como establece el opening del musical, esta es, en realidad, la historia de dos islas: Kinnan, donde vive Eilidh, y Setasí, una isla nómada de la que proviene Arran, que se desplaza entre la niebla y cuyos habitantes se dedican a cuidar de las ballenas. Es a partir de esta paradoja —la de una isla a la deriva, suspendida entre el mar y la tierra firme— que nace la propuesta escenográfica de Nuestra Isla, a cargo de Daniela García Moreno. Al situar gran parte de la acción en la estructura naval descrita anteriormente, el diseño de espacio busca materializar la condición errante de Setasí, así como la tensión entre la permanencia y el desplazamiento que atraviesa la obra. Sin embargo, lo que en papel ofrece posibilidades para hablar de la pertenencia y la transformación del territorio, en este montaje termina por imponer condiciones no siempre favorables a la escena. La estructura, voluminosa y francamente estorbosa, condiciona los desplazamientos de las actrices y limita las posibilidades de composición, mientras la manipulación de Lupe exige una atención constante en el centro del espacio. El resultado es una propuesta escenográfica cuyas limitaciones terminan por opacar las posibilidades de un montaje que, por lo demás, es conceptualmente ambicioso y propositivo.

Esto se hace evidente, por ejemplo, en la convención con la que el montaje da vida a las ballenas que habitan las aguas de Kinnan. Al principio, una tela áspera tendida sobre las rocas representa al ballenato muerto que Eilidh encuentra en la costa. Más adelante, hacia el desenlace, la misma tela se convierte en el cuerpo de una ballena adulta cuando una de las actrices se la viste y entona su canto. La resignificación de este objeto es un recurso de notable ingenio, que transforma retrospectivamente un elemento sencillo en una imagen de gran potencia poética. Sin embargo, la escena ocurre casi a ras de suelo y en uno de los extremos del espacio, donde la estructura escenográfica dificulta su visibilidad y hace que la transformación corra el riesgo de pasar inadvertida.

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En general, la dirección de Clemente Vega se enfrenta al enorme reto de encontrar una lógica para habitar un espacio tan limitado, una tarea que resulta casi tan desafiante como el manejo de Lupe para su elenco. Pero lo cierto es que, ante estas exigencias, la puesta en escena encuentra más tropiezos que triunfos. La necesidad de mantener a las actrices cerca de la loopera para manipularla y de los micrófonos para cantar condiciona sus desplazamientos y las obliga a girar constantemente alrededor del mástil central, en detrimento del amplio espacio disponible a los costados de la estructura. En uno de los extremos del escenario, incluso, las actrices apenas interactúan con el espacio. Esta disposición limita sus posibilidades de movimiento y composición y, con frecuencia, deja el rostro de una de ellas oculto detrás de la otra. Pero más que un problema de visibilidad, esta reiteración de posiciones genera una monotonía visual que se hace especialmente evidente durante los números musicales.

En contraste, el diseño de iluminación de Daniela Espino destaca como uno de los mayores aciertos plásticos del montaje. Más allá de construir atmósferas, la luz adquiere una función activa en la composición de imágenes y la representación de situaciones concretas: desde la llegada de la bióloga marina en helicóptero hasta la tormenta del tercer acto, en la que las luces trazan un recorrido en espiral alrededor del espacio escénico y del público, envolviéndonos en el fenómeno natural que amenaza con arrebatarles la vida a Eilidh y Arran. La iluminación consigue introducir movimiento y dramatismo allí donde la composición escénica tiende a la inmovilidad, pero es especialmente en el uso del color donde reside su mayor riqueza. Durante la videollamada entre Eilidh y su madre, los haces de luz establecen un duelo en el que el rosa representa la comunicación, mientras que el blanco señala la ausencia de un verdadero entendimiento. La alternancia entre ambos colores subraya la comunicación como posibilidad de encuentro con el otro. Y esta simbología se recupera más adelante con el canto de las ballenas, que vuelve a teñir el espacio de un suave rosado y otorga a la relación entre Eilidh, Arran y estos animales una poderosa presencia visual. A ello se suma el diseño de vestuario de Miriam Quijano, cuyos tonos contribuyen a distinguir los universos de la tierra y el mar en la ropa de Eilidh y Arran, y terminan de construir un lenguaje visual que trasciende lo atmosférico para adquirir una dimensión simbólica.

📸: Jorge Rodríguez

 

En el terreno dramatúrgico, Nuestra Isla tarda en encontrar un eje para las distintas historias que pone sobre la mesa. El despoblamiento de Kinnan, el abandono que Eilidh siente ante la ausencia de su madre y la crisis que amenaza a la isla abren caminos narrativos que nunca terminan de encontrarse. Es prácticamente hasta la aparición de Arran, cerca de la mitad de la obra, cuando el encuentro entre ambas niñas comienza a dar una dirección más definida al relato. Aun así, el misterio que rodea a Arran y a Setasí alimenta la dimensión mágica y folclórica del musical, pero también deja entrever un universo de proporciones épicas que la obra apenas se atreve a explorar. Mientras tanto, las intervenciones de los demás habitantes de Kinnan, por más singulares que sean sus personalidades, tienen casi nula influencia en la trama, aunque ofrecen material para una reflexión pertinente sobre el abandono de las periferias y la falta de oportunidades. Así, varias de las posibilidades dramáticas que abre la obra terminan por quedar relegadas a un muy sutil subtexto.

Pero, más allá de sus dificultades narrativas, Nuestra Isla encuentra en Eilidh y Arran una relación realmente entrañable. Su encuentro y el nacimiento de su amistad abren la posibilidad de entender el territorio desde otro lugar: no solo como el espacio físico al que se pertenece, sino como una parte de la propia identidad, construida también a través de las historias que heredamos, los vínculos que formamos y las personas con quienes aprendemos a mirar el mundo de otra manera. En ese sentido, el contraste entre Kinnan y Setasí —entre el arraigo y el constante movimiento— permite que convivan distintas formas de entender la realidad, desde la explicación científica hasta el imaginario folclórico que da sentido a aquello que escapa a la razón. Es, al final, en el abrazo que comparten Eilidh y Arran donde queda claro: somos el lugar que habitamos, pero donde habitamos no es solamente un lugar.

📸: Jorge Rodríguez

 

La relación entre Eilidh y Arran encuentra su fuerza en la manera en que ambas se ayudan a mirar de otro modo aquello que las aflige. A través de las conversaciones sobre el canto de las ballenas, Eilidh comienza a imaginar otras formas de acercarse a su madre, con quien mantiene una relación marcada por la distancia y la dificultad para comunicarse. Arran, por su parte, carga con la culpa de no haber podido salvar al ballenato, pero Eilidh le ofrece la posibilidad de pedir perdón, aun sabiendo que eso no basta para reparar lo ocurrido. En ese intercambio, ambas encuentran nuevas razones para llamar hogar a sus respectivas islas, aunque ninguna de las dos vuelva a habitarlas de la misma manera.

Buena parte de la fuerza de esta relación descansa en el trabajo de sus intérpretes. Por eso me interesaba ver a ambas duplas: para reconocer cómo las distintas aproximaciones de las actrices transforman a los personajes y modifican la química que se establece entre ellas.

Alicia Candelas dota a Arran de una gran ternura que contrasta con la sabiduría ancestral que guarda consigo: la de una forastera que parece descubrirlo todo por primera vez, pero que en realidad conoce profundamente su propio universo. Gina Granados, por su parte, imprime al personaje una chispa y una comicidad desbordantes, que se equilibran con sus momentos de mayor vulnerabilidad. En el papel de Eilidh, Marián Guzmán abraza la ingenuidad y la desesperación aniñada de una adolescente que todavía intenta comprender lo que la rodea, sin perder la determinación para enfrentarse a lo desconocido. Gaby Castillejos, en cambio, le imprime una garra que acerca al personaje a un temperamento rebelde, incluso revolucionario, y la convierte en un verdadero centro de gravedad. Más allá de sus diferencias, las cuatro demuestran una notable versatilidad al dar vida a las múltiples personalidades de Kinnan. En sus distintas combinaciones, despliegan una complicidad que alcanza momentos especialmente efervescentes en números como Videollamada e Iguales pero distintas, donde su energía resulta realmente explosiva.

📸: Jorge Rodríguez

 

Más allá de la historia de Eilidh y Arran, Nuestra Isla pone sobre la mesa una serie de inquietudes que resuenan más allá de sus costas: la desaparición de las comunidades pequeñas, el desplazamiento de quienes se ven obligados a abandonar su hogar y la fragilidad de los ecosistemas frente a la intervención humana. La relación entre las personas y la naturaleza se construye desde el folclore y la fantasía, sin recurrir a un discurso ambientalista explícito, sino a través del canto de las ballenas, la memoria de los ancestros y la posibilidad de escucha. Para mí, esta sutileza es uno de los mayores aciertos del musical, pues le otorga universalidad sin caer en el adoctrinamiento, aunque algunos temas apenas alcanzan a desarrollarse dentro de una trama que privilegia lo íntimo y cotidiano.

Y entonces, aunque era una isla inmóvil la que nos recibía en medio de un mar imaginario, este musical nos recuerda que ningún territorio permanece intacto para siempre. Las comunidades cambian, los hogares se transforman y, a veces, pertenecer implica aprender a mirar de otra manera aquello que creíamos conocer. Es verdad que este montaje no siempre consigue traducir la amplitud de su universo en una experiencia escénica igualmente evocadora. Sin embargo, Nuestra Isla encuentra en la música, en la complejidad técnica y en la amistad entre Eilidh y Arran una forma sensible de hablar sobre lo que nos une a los lugares que habitamos. Porque, quizá, nuestra verdadera isla no sea solamente un pedazo de tierra rodeado de agua, sino también las historias, los vínculos y la memoria que nos permiten reconocerla, amarla y llamarla hogar.

Nuestra Isla se presenta los lunes a las 8:00 pm en el Foro Lucerna. Funciones hasta el 30 de noviembre. Boletos disponibles en taquilla y en Ticketmaster.