Avería: sobre el acto de (re)crear recuerdos

Por: Jorge Rodríguez

En la fila, antes de entrar al teatro, se nos pide que escribamos un recuerdo. Este puede ser cualquier cosa; desde la anécdota más linda y superficial hasta el trauma mas doloroso. En mi caso, escribo sobre una estancia iluminada por el atardecer rosáceo de un día de invierno, mientras el olor a ajo sancochado inunda mi nariz. Yo tengo 14 años, y ayudo a mis abuelos a preparar la cena de Nochebuena de cada año. Por supuesto, este instante de mi pasado no cabe en el pedazo de papel, pero este breve ejercicio ya despertó en mí una marea de emociones y sensaciones que ahora necesito sacar de algún modo. Entro a la sala, expectante, ya impactado por el simple y poderoso acto de recordar.

Una vez ubicados en nuestras butacas e iniciada la función, nuestro único actor se hará cargo de traer a escena los fragmentos de esas memorias plasmadas en el papel. En momentos, él se acerca a nosotros, espectadores, y nos pide intervenir; ayudarlo con nuestra voz y nuestra mente, a terminar de re-construir un pasado que no termina de ser de nadie, y que se convierte más bien en una memoria colectiva. Así, con la ayuda de objetos, sonidos y sensaciones, nuestro guía nos llevará por un recorrido a través de la historia de su familia. Y a su vez, nos ayudará a recuperar las imágenes de nuestros propios ayeres, incluso de aquellos que – sea cual sea el motivo – hemos decidido olvidar.

Por: Raque lReynoso

Avería es un montaje que abraza el término unipersonal en toda la extensión de la palabra. David Almaga – quien, además de intérprete, es el dramaturgo, director y productor de esta obra – explota su habilidad en el manejo del lenguaje escénico y convierte el espacio en un laboratorio de creación colectiva; como un cuarto de revelado, donde actor y espectador trabajan en conjunto para ir dibujando la narración y el discurso de su montaje. De hecho, tratándose de un unipersonal, es particularmente ingeniosa la forma en la que dialoga con el público; utilizando recursos de la improvisación para permitirle intervenir la escena. Por lo tanto, esa pequeña dinámica del papel antes de entrar al teatro se fortalece, y permite emplear esos sentimientos surgidos en la audiencia para construir la ficción.

Actoralmente, David logra estremecer desde un lugar muy genuino y crudo. Entiende y explora, desde las entrañas, el tormento que produce el acto de olvidar; tanto para quienes deciden conscientemente borrar sus recuerdos, como para aquellos que sufren una fuga involuntaria de la memoria, ocasionada por la edad y la enfermedad. Él traduce corporalmente el dolor que azota a una mente en confusión, tergiversando su realidad hasta volverla irreconocible. Es especialmente bella la manera en la que describe el olvido como una llama, que consume indiscriminadamente a su paso. Su dramaturgia está plagada de un estilo muy poético, casi lírico, que abraza y conmueve. Y no conforme con sus habilidades para transmitir emoción a través de la palabra y el movimiento, nuestro actor se auxilia de estímulos visuales y sonoros, muy efectivos, para proporcionar una experiencia estética que acompañe a las emociones que colectivamente se descubren y exploran en escena.

Por: Raque lReynoso

Si he de buscarle una debilidad a esta obra – que no es precisamente la intención de este escrito – pienso quizás en la naturaleza experimental del montaje. Más que una ficción, Avería se vive como una instalación viva donde, como espectadores, nos convertimos en elementos activos de la escena. Y, por lo tanto, David se arriesga a depositar la efectividad de su trabajo en la disposición de su público, que bien sabemos no siempre llega a la sala con la mejor apertura. No obstante, Avería asume este diálogo con los espectadores como una fortaleza, y les plantea su premisa de la forma más contundente posible: incluso aquí – viviendo plenamente el presente y entregados por completo a la convención del teatro – es posible que salgamos de la función, y un día, olvidemos lo que ahí ocurrió.

Avería nos afirma que la memoria es tan frágil como una fotografía en proceso de ser revelada – que puede borrarse en cualquier momento si se expone a la luz antes de tiempo. Y así, este montaje juega con el símbolo de la fotografía; como las piezas que construyen el mapa hacia el pasado, hacia el origen, y hacia el presente mismo. Esta obra nos pide que reconozcamos la importancia de la memoria; cuyo valor no recae en almacenar recuerdos, sino en el acto mismo de recordar. Avería es un trabajo sensible, meticuloso y pertinente. Es una invitación a no dejar de tomar fotografías, aunque después se las lleve el viento.
Porque a todos, eventualmente, los soportes de la memoria nos van a fallar. Pero es en el acto de (re)crear el pasado – de registrar; de dejar huella, testimonio – donde siempre encontraremos ese hilo dorado que nos regrese a nuestra esencia humana, y que nos ayude a vivir, hoy.

Avería se presenta de jueves a domingo en el Teatro Orientación del Centro Cultural del Bosque. Funciones hasta el 24 de agosto. Boletos disponibles en taquilla y en línea.

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