Dani y el profundo mar azul: el amor que creemos merecer

Por: Jorge Rodríguez

Una de las preguntas que permanecen en mi mente respecto al consumo de teatro y a la creación de nuevos públicos, tiene que ver con la accesibilidad de los montajes que conforman nuestra cartelera. ¿Por qué el público necesita ver estas obras? ¿Y qué obras ofrecemos, especialmente si lo que buscamos es más público? Esa inquietud es, al día de hoy, el principal criterio bajo el cual elijo recomendar o no un montaje. Y en especial cuando hablamos de montajes que retratan algún tipo de violencia, me parece indispensable que exista una sensibilidad para poder enfrentar al espectador con su realidad, sin incomodarlo o transgredirlo al punto de generarle una aversión a volver a las butacas.

Por eso celebro cuando llega a nuestra cartelera una propuesta como la que describiré en esta ocasión. Una obra que no necesita sacrificar su complejidad ni su valor estético para buscar la accesibilidad. Una obra que, con toda convicción, considero una excelente opción para introducir a más personas al teatro. Para reencontrarnos a través del arte — en medio de este mundo en caos y en constante colapso — con la belleza y la sensibilidad humana.

En una noche de borrachera y deriva, dos almas se encuentran en medio de un bar en Tamaulipas. Se observan, y sin cruzar palabra, reconocen en la mirada del otro un profundo desconsuelo: Dani y Roberta esconden en su corazón una furia incandescente que los ha llevado a cometer actos terribles. Pero es a partir de ese singular contacto, entre música y sudor, que ambos se atreven a abrir sus cicatrices y rascar para encontrar el profundo dolor que comparten; esa herida que, según ellos, no les permite encontrar la felicidad. Juntos deciden hacerse compañía y navegar por las aguas de la ilusión, por tan solo una noche, para soñar con ballenas y vislumbrar ese brillante futuro que ninguno de los dos se atreve a perseguir.

Por: Ed Quezada

La compañía Guacamayas Arden ha decidido traer a nuestra cartelera Dani y el profundo mar azul, escrita por el dramaturgo estadounidense John Patrick Shanley. Tratándose de un texto extranjero, resulta enormemente destacable el trabajo de adaptación a cargo de Roberto Cavazos y Sofía Morfín Jean; que entiende la esencia de la dramaturgia y la transforma en una propuesta valiosa y pertinente para el público mexicano. Dani y el profundo mar azul es una obra que nos habla acerca de la violencia; o más bien, de la sensibilidad que generalmente se esconde detrás de una fachada violenta y hostil. Y es ahí donde el montaje decide trasladar a sus personajes al norte de México, para mostrarnos la violencia que hoy está tan arraigada en nuestra cultura y en nuestro territorio; desde el arquetípico machismo mexicano hasta las micro-agresiones que adoptamos como mecanismos de defensa.

Uno de los mayores aciertos de este montaje es precisamente la sensibilidad con la que se muestra la violencia en escena. Y aunque los personajes de Shanley son toscos y dicen cosas perturbadoras, la obra utiliza un humor negro e irreverente para involucrarnos emocionalmente con ellos antes de que nos atrevamos a juzgarlos. Casi de forma fársica, Dani y el profundo mar azul se atreve a mostrar la descomposición de nuestra sociedad desde un lugar para nada cómodo, pero sí contundente y sumamente respetuoso. Y sobre todo, esta es una obra que sabe llevarnos al extremo de la violencia sin traspasarlo, caminando siempre en el límite pero con perfecto balance.

Por: Jorge Rodriguez

Es con ese mismo balance que Cristian Magaloni dirige este montaje, fluyendo entre el frenesí y la melancolía, para dar vida a este relato sobre la necesidad de amor que se esconde hasta en los corazones más heridos. Magaloni trabaja con su equipo creativo para generar una atmósfera de cercanía que le permite encontrar, en el caos, ternura e intimidad. Además, Magaloni encuentra un ritmo dinámico en este texto y lo ejecuta exitosamente a través de una precisa dirección de actores. Cada intervención tiene un trasfondo emocional que contrasta con la fachada áspera de los personajes, y esto le da al montaje una dimensión muy rica y sustanciosa. Además, las escenas de violencia y de contacto físico demuestran el enorme cuidado que el director tuvo con su elenco, procurando todo el tiempo a sus actores sin sacrificar verosimilitud. Esta es una dirección ejemplar que pone la forma al servicio del fondo, y que sabe cuándo y cómo hacer a su elenco brillar.

Precisamente hablando de las actuaciones, Xavier García y Samantha Coronel nos regalan un trabajo tremendamente vulnerable, donde apenas una mirada está llena de tensión y anhelo. Y es a partir de ese anhelo — de ese deseo frustrado por tener una vida mejor — que ambos moldean a sus personajes. Roberta usa palabras hirientes porque carga a su vez con una herida que cree imposible sanar, y Dani reconoce que sus arrebatos explosivos contra los demás son en realidad reflejo de su propia frustración; frustración que solamente logra purgar cuando conoce a Roberta. Desarrollando caracteres con muchas capas y reforzándolos con una corporalidad contraída y una enorme expresividad en la voz; juntos construyen a un hombre y una mujer que han absorbido la violencia que les rodea y la han convertido en una coraza, ideal para resistir el dolor. Y resulta tan fascinante como satisfactorio verlos lidiar con ese miedo; miedo a encontrar algo bello, a que lo bueno los pueda matar. Porque ahí en la oscuridad, donde todo es abandono, dolor y muerte, lo que da mas miedo es amar. Y que después, el amor se acabe.

Por: Jorge Rodriguez

Es imprescindible mencionar dos elementos más de este montaje, que se convierten casi en un tercer personaje que complementa las interacciones de Dani y Roberta. Se trata de la escenografía e iluminación diseñados por María Vergara, que convierten el escenario en un espacio polivalente y que dota al montaje de cierto aire de ensoñación. El brillo plástico de la cascada contrasta con la decadencia de las sillas plegables y la rocola; subrayando la dualidad del montaje entre la crudeza de un entorno marcado por la violencia y la ilusión frágil de una vida mejor. Y después, cuando el encuentro de ambos personajes alcanza su punto climático, la escenografía se transforma de forma preciosa en la habitación con el cielo estrellado de Roberta, potenciando la capacidad de asombro en el espectador. Es el maravilloso diseño de María Vergara — ese mágico filtro azulado, donde las ballenas nadan en las nubes — el que verdaderamente captura la esencia del texto de John Patrick Shanley, y que nos recuerda visualmente que aún es posible sorprendernos en un mundo cotidiano y vulgar, y encontrar algo que sea hermoso y verdadero.

Por: Ed Quezada

Como ya lo dije, Dani y el profundo mar azul existe en un perfecto balance. Y esto ocurre porque la dramaturgia reconoce que no es posible hablar del amor y de los sueños sin reconocer ese otro lado; el más oscuro y doloroso. Esta obra parte de reconocer que somos seres inestables, y por tanto capaces de los actos más crueles y terribles; y al mismo tiempo nos invita a renunciar a la idea de que esa labilidad no nos hace menos merecedores de una vida mejor. Este montaje me trastocó a un nivel extremadamente personal, y precisamente ahí es donde reconozco su universalidad y su enorme potencial para enganchar a un nuevo público. Esta obra me hizo reencontrarme con mis propias heridas — incluso las que ya habían cicatrizado — y entender que hacerme responsable de mis acciones y mis errores no significa rendirme inevitablemente a una vida llena de dolor. Al contrario, esta obra nos recuerda que la mejor anestesia para el dolor de vivir es tener la firme creencia de que todo estará bien. Y nos recuerda que el amor — como el teatro — existe para recordarnos que ahí afuera, aunque no podamos verlo, existe algo por lo que vale la pena seguir intentando.

 Dani y el profundo mar azul es una historia sobre la búsqueda del amor en perfecto balance. No es el amor romántico, ese que vemos en las películas o en las bodas tradicionales, todo blanco y prístino. Tampoco es el amor trágico fatalista, donde es imposible alcanzar un final feliz. Dani y el profundo mar azul nos introduce a un amor consciente, realista y responsable; enraizado en la naturaleza desalentadora del mundo contemporáneo. Esta es una obra que nos invita a repensar cómo vemos y vivimos el amor. Y es que amar no solo se trata de salir a buscar, sino de confiar que encontraremos algo hermoso en la penumbra del abismo. Amar es creer en la posibilidad. Creer que en el mar — ahí en lo más azul y profundo — hay ballenas.

Dani y el profundo mar azul se presenta los miércoles a las 8:30 pm en La Teatrería. Funciones hasta el 13 de mayo. Boletos disponibles en taquilla y en línea.