Por: Jorge Rodríguez
Tengo una relación de amor-odio con el género de terror. Habiéndolo evadido durante mi infancia y adolescencia, últimamente he disfrutando de ver más y más películas y series de este tipo; aunque siempre acompañando, nunca en soledad. Siendo honesto, me sigue costando ver una historia así de perturbadora sin que me impida conciliar el sueño, al apagar la luz. En realidad, el terror es más bien idóneo para las personas que buscan adrenalina, o para quienes gozan de desenmarañar lo inexplicable. Pero lo cierto es que este género, en su faceta más brillante, suele acompañar una narrativa mucho más humana y terrestre, alejada de lo meramente esotérico y paranormal.
Entramos al Teatro La Capilla y nos transportamos a un campamento en medio de un denso bosque, cerca de un lago — de esos que vemos en las películas gringas. Cuando las últimas chispas de la fogata comienzan a apagarse en el frío de la noche, nos enteramos que una de las campistas, Franca, ha desaparecido. Los monitores del campamento buscan al novio de Franca, Negro, para preguntarle si tiene alguna pista de su paradero. Al mismo tiempo, conocemos a Anita, una niña que es hostigada por sus compañeras de cabaña y que termina buscando refugio en El Guardabosques; una figura tenebrosa que parece esconder un terrible secreto. Más y más personajes se van sumando a esta maraña de historias, que parecen dar vida a esas leyendas macabras que solemos contar a la luz de la luna. Y así, nos adentramos poco a poco en una experiencia hilarante que es más una parodia del género de slasher que una historia de terror; pero que igual nos enfrenta con esa oscuridad que habita bajo la cama, en la oscuridad del bosque, o en la soledad de nuestras mentes. En especial, cuando los fantasmas y los demonios resultan ser el menor de nuestros temores.

Angélica Rogel y Daniel Bretón co-dirigen este montaje, orquestando un cardumen de cuerpos que danza a través del escenario — haciendo de coro y hasta de escenografía — convirtiéndolo en uno de los trabajos de ambientación más destacables del año. Si en algo es exitosa El agua se agita […] es en el lenguaje escénico que construye para contar sus múltiples historias, que gravita hacia lo cinematográfico. Jugando con planos y alturas, esta obra logra un efecto casi de fade-in y fade-out en sus transiciones, haciendo que sus respectivas líneas narrativas se mezclen en una especie de supercut, tan atractivo como desafiante. Es a partir de esta convención de transparencia y doble exposición que El agua se agita desarrolla uno de los conceptos más esenciales de su dramaturgia: la mirada y las apariencias. La sensación de estar siendo observado por algo o alguien, el encuentro con espectros y apariciones fantasmagóricas, o los miedos y horrores que habitan en la psique de una persona; esta obra nos hace transitar entre la realidad tangible y el constructo de nuestra imaginación; entre lo que es real, y lo que solo nosotros podemos ver.
Y aunque esta es una obra de ensamble, donde el colectivo es el verdadero protagonista, sí vemos algunas actuaciones que resaltan por su gran humor y su destreza al transmitir emociones. Constanza Ballesteros brilla como la Monitora, siendo una fuerza gravitacional importante en algunas de las escenas más cómicas, y al mismo tiempo transitando hacia un lugar de desolación y horror, hacia el final de la obra. Por otro lado, Julio Ilhuicatl tiene momentos de gran fortaleza en el personaje de Negro, logrando esclarecer el trasfondo psicológico de los personajes, aun a pesar del caos que en ocasiones le rodea. Araí Hermosillo y Alex Herrera aportan frescura como los padres de la desaparecida Franca, que terminan de acentuar la irreverencia y el tono ácido de la obra. Por último, y a pesar de presentarse como una subtrama, Marina Ortiz y Ricardo Navarrete construyen con Anita y El Guardabosques una de las dinámicas mas efectivas en el género de terror: la contraposición de la inocencia infantil con la perversidad de un ser mucho más oscuro y peligroso.
De hecho, considero que las escenas entre Anita y El Guardabosque son de las mejore logradas en este montaje, y eso también se debe al diseño de iluminación, a cargo de la misma Constanza Ballesteros. El uso de encendedores y linternas no solo hace sentido con el entorno diegético de la obra, sino que permite crear una atmósfera de penumbra y resaltar los detalles más relevantes del movimiento escénico y corporalidad actoral. En un espacio tan limitado como La Capilla, la capacidad de un montaje de sorprendernos puede hacer toda la diferencia. Y después de ver una jauría de lobos apoderarse del escenario, o de ver a Franca y a Negro reunirse en un plano onírico — que bien podría ser un sueño, o el mas allá — queda claro que esta compañía es capaz de transportarnos a cualquier entorno, por más vasto e imponente, con tan solo un destello de luz.

Ahora bien, si hablamos de claroscuros, El agua se agita no está exenta de decisiones que resultan un poco confusas. Partiendo desde la dramaturgia, obra de José Emilio Hernández; tenemos un texto que pierde claridad en su afán de equilibrar escenas perturbadoras con humor negro y situaciones absurdas. Claro ejemplo es la línea argumental de Franca y su encuentro con la criatura del bosque, que aparentemente tendría que ser nuestro punto de anclaje, pero que se diluye entre las otras subtramas, mucho más interesantes y mejor ejecutadas. Esto también provoca que el subtexto de la salud mental de Franca y su consideración del suicidio pierdan fuerza como eje temático, afectando directamente las
escenas de Negro, tan bien logradas. Por último, si bien queda claro que la dirección apuesta por una ambientación densa y profunda creada a partir de su numeroso ensamble, algunas de las escenas más oscuras y perturbadoras se ven entorpecidas por la constante presencia de cuerpos ajenas, que no siempre aportan a la atmósfera sombría que plantea el texto.
No obstante, queda claro que El agua se agita no pretende asustar, sino provocar un inusual disfrute en la exploración de lo oscuro y lo inquietante. Ahí donde otras obras de terror fallan en generar tensión y hacer brincar a su público, El agua se agita más bien juega a romper esa tensión que constantemente crea. Resulta muy interesante la manera en que el autor, el equipo creativo y el elenco logran explorar lo tenebroso desde una perspectiva poco usual, con menos énfasis en los monstruos y los hechos paranormales, y volteando la mirada hacia la verdadera esencia de este género; enfatizando que lo que es en verdad aterrador, es lo
inevitablemente humano.
Lo que está ocurriendo en el Teatro La Capilla es bastante singular, y un trabajo que considero profundamente interesante. Esta compañía nos envuelve en un universo hilarantemente perturbador, que entretiene y que al mismo tiempo nos remite a esos miedos que siguen erizándonos la piel cuando nos reunimos a la medianoche, en torno a una fogata. En la noche el agua se agita furiosamente es una propuesta escénica ingeniosa, que deja en claro las capacidades del teatro para cautivar y sorprender, aún en su género más desafiante y poco explorado. Y si equipos como este se siguen animando a romper esquemas, siempre existirán motivos para regresar a las butacas.
En la noche el agua se agita furiosamente se presenta los domingos en el Teatro La Capilla a las 18:00 hrs. Funciones hasta el 14 de diciembre.