Entrevista: Las calcetas de mi padre

Con una segunda temporada en el Teatro La Capilla, Las calcetas de mi padre regresa para poner sobre la mesa un tema urgente: la paternidad, sus ausencias y la forma en que los hombres enfrentan este rol en la actualidad. Conversamos con Daniel Ortiz, autor, director y protagonista de la obra, sobre el origen personal del proyecto, sus aprendizajes y lo que espera compartir con el público.

Por: Ignacio Ponce

Las calcetas de mi padre regresa con una segunda temporada al Teatro La Capilla. ¿Qué significa para ti este retorno y qué esperas que se encuentre el público en esta nueva etapa?

Para mí significa muchísimo. Es un regalo y una oportunidad muy especial poder regresar a este espacio con una historia que sentimos tan necesaria. Desde el inicio nos propusimos hablar de la paternidad y de cómo los hombres enfrentamos estas etapas de la vida, con todos los miedos y dudas que conllevan. No siempre tenemos espacios para hacerlo, y el teatro se volvió el lugar ideal.

El hecho de que el Teatro La Capilla nos abra las puertas nuevamente habla también de que la primera temporada logró conectar con el público. Esa invitación a regresar nos llena de gratitud, porque no es algo que pase siempre en el teatro independiente. Así que esta segunda temporada la recibimos con mucha emoción, disfrutando cada función y con el anhelo de seguir compartiendo esta reflexión con nuevas audiencias.

La obra surge de un proceso muy personal: la llegada de tu hijo y un mensaje inesperado de tu padre. ¿Cómo fue transformar esa rabia o dolor en un motor creativo?

Fue complicado, la verdad. Hubo un camino terapéutico de por medio, muchas horas de reflexión y de enfrentarme a cosas que había guardado durante años. Cuando recibí ese mensaje de mi padre —que fue un padre ausente— el día del padre, deseándome felicidad por mi reciente paternidad, me explotaron mil emociones. Había enojo, coraje, tristeza… y sobre todo la pregunta de cómo podía felicitarme alguien que no estuvo presente.

Ese momento detonó la necesidad de hacer algo con lo que estaba sintiendo. Al principio no tenía claro que fuera una obra de teatro, solo sabía que necesitaba darle forma, entenderlo. En terapia me di cuenta de que callar ya no era opción: los hombres hemos crecido con la idea de no hablar, no llorar, no mostrar lo que nos duele. Y ahí descubrí que compartir mi experiencia era también una manera de sanar.

Transformar ese dolor en un proceso creativo me permitió abrazar mis heridas, darles nombre y reconocerlas. Y lo más valioso fue entender que no se trataba solo de mi historia, sino de una herida colectiva que compartimos muchas y muchos.

La obra está escrita, dirigida y protagonizada por ti. ¿Cómo lograste equilibrar tu experiencia personal con la necesidad de que el relato resonara en otros?

Ese equilibrio llegó en el momento de la primera lectura dramatizada. Yo tenía la duda de si era demasiado personal, si iba a quedar encerrado en mi experiencia. Pero cuando compartí el texto con otras personas, me sorprendió lo que sucedió: se acercaron a contarme historias muy parecidas, heridas similares, ausencias paternas que también los habían marcado.

Ahí entendí que no estaba hablando solo de mí, sino de algo mucho más común de lo que imaginaba. Y eso me dio la certeza de que era importante levantar la obra. Por supuesto, no ha sido fácil. Exponer algo tan íntimo implica vulnerabilidad, dudas y hasta miedo de no conectar. Pero ver que la obra resuena en tantos espectadores confirma que vale la pena arriesgarse.

Por: Ignacio Ponce

En México la ausencia del padre en la crianza es algo muy común. ¿Cómo imaginas que el teatro puede contribuir a transformar esta percepción cultural?

El teatro tiene un poder inmenso porque nos pone a hablar de lo que normalmente callamos. Yo creo que el primer paso es justamente abrir la conversación: cuestionar esa idea de que los hombres solo somos proveedores, de que no tenemos que estar presentes en la crianza.

Cuando el público ve Las calcetas de mi padre, muchos se sienten reflejados y eso ya es un cambio. Si alguien sale pensando en cómo fue su propia relación con su padre, o en cómo está siendo con sus hijos, ahí comienza la transformación.

El teatro no da respuestas cerradas, pero sí abre preguntas que pueden quedarse latiendo mucho tiempo. Y mi mayor anhelo es que quienes se acerquen a esta obra se animen a hablar, a compartir, a romper con ese silencio que tanto daño nos ha hecho.

¿Qué aprendizajes te ha dejado este proceso desde que escribiste y estrenaste la obra hasta ahora?

Muchísimos. Cuando estrenamos, yo todavía tenía el tema muy a flor de piel, recién saliendo de terapia, y todo era muy intenso. Ahora, con el paso de los meses, me doy cuenta de que estoy en otro lugar: más en paz, con más calma interior. Eso también ha sido un reto, porque ya no conecto desde la misma herida, y entonces necesito otras herramientas actorales para abordarla.

Pero me quedo con la enseñanza de que el arte también acompaña los procesos personales. Esta obra me ha dado paz, me ha permitido reconciliarme con partes de mí que antes no quería ver, y me ha enseñado que compartir lo íntimo puede convertirse en un acto colectivo.

Si tu hijo, cuando sea mayor, viera esta obra, qué te gustaría que encontrara en ella?

Me gustaría que encontrara mi presencia. Que entendiera que, a pesar de los miedos y las dudas, siempre estuve y siempre estaré con él. Que la paternidad no se trata de tener todas las respuestas, porque nadie nos enseña cómo ser padres, sino de estar ahí, de elegir no huir.

Ojalá pueda verla y decir: “sí, mi papá estuvo, fue un buen referente”. Ese es mi mayor deseo, que la obra sea también un testimonio para él de que hice lo posible por ser un buen padre.

Para cerrar, ¿qué mensaje le darías al público para invitarlo a ver Las calcetas de mi padre?

Les diría que es una obra necesaria porque nos hace reflexionar sobre dónde nos colocamos como padres, como madres, como hijos. No se trata solo de dolor; también hay momentos de humor, de risa, porque así es la vida misma.

Además, es un acto de resistencia: el teatro independiente sobrevive gracias al esfuerzo de quienes lo hacemos y del público que decide comprar un boleto. Apostamos por contar historias que importan, aunque no tengamos grandes presupuestos ni apoyos. Y creo que justo ahí está la fuerza: en crear desde lo que nos duele, desde lo que necesitamos compartir.

Así que la invitación es a venir, a reír, a conmoverse, a reflexionar y, sobre todo, a apoyar el teatro independiente, que es semillero de los grandes creadores y creadoras de este país.

Las calcetas de mi padre, se presenta del del 13 de septiembre al 13 de diciembre (excepto 1 de noviembre), en el Teatro La Capilla. Funciones sábados a las 18:00 pm. Boletos disponibles en taquilla y en línea.

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