Equus: la profunda oscuridad hacia donde galopamos

Por: Jorge Rodríguez

El dolor es uno de los conceptos más universales en el arte y el entretenimiento. Y, por tanto, las historias acerca de aquellos que dedican su vida a curar el dolor suelen ser extremadamente atractivas y populares. Desde dramas médicos hasta thrillers psicológicos, el dolor es un estado al que todos estamos vinculados. Pero, ¿qué pasa cuando el dolor no es algo superficial; epidérmico? ¿Qué pasa cuando nos enfrentamos a un dolor terrible, complejo, y profundamente enraizado en nuestro ser?

El psiquiatra Martin Dysart es visitado en su hospital por la magistrada Hesther Salomon, quien le pide involucrarse en el caso del joven Alan Strang: un adolescente que ha dejado ciegos a seis caballos en un establo de Hampshire. Si bien reconoce que los actos de Alan son atroces, el Doctor Dysart está dispuesto a descifrar qué hay detrás de semejante locura. ¿Cuál es la causa de un hecho tan “inhumano”? Al inicio, Alan se resiste a confesar la verdad, escudándose con preguntas sarcásticas y jingles de publicidad televisiva. Pero cuando el Doctor Dysart comienza a armar las piezas de este turbio rompecabezas, descubre una verdad mucho más oscura de lo que habría imaginado. Explorando temas como el fanatismo religioso, el deseo sexual y la censura social; Equus es un clásico del teatro moderno que nos cuestiona si es posible curar los dolores de la mente, o incluso, los dolores del alma.

Este salvaje texto es domado magistralmente por Miguel Septién – director y traductor – quien toma por las riendas la dramaturgia de Peter Shaffer y la traduce en un montaje de casi tres horas que te deja un vacío en el estómago y un nudo en la garganta. Septién hace un trabajo de adaptación inmejorable, eligiendo las palabras exactas para preservar las dimensiones y la profundidad temática del texto de Shaffer. Además, reivindica las críticas que antes recibió su Dentro del Bosque, regalándonos una propuesta de dirección que – si bien mantiene su sello personal y la identidad estética de Ícaro Teatro – esta vez surge de un entendimiento cabal de la dramaturgia y de sus símbolos. Este es un montaje denso y desafiante, que abraza lo sombrío y lo misterioso; intencionalmente críptico al inicio, que avanza lento para permitir que la flama de su dramaturgia se avive y termine de incendiar las emociones del público.

No cabe duda que Miguel no ha perdido el toque, ni como traductor y mucho menos como director de escena. Pero es en su dirección de movimiento, enteramente sagaz, que Equus se convierte en algo, en serio, especial. Este director juega al tug of war con su elenco, situándolos en lados opuestos – de la discusión y del escenario; literal y metafóricamente – y usándolos como armamento en un combate constante de fuerzas polarizadas. Por si fuera poco, lleva además a sus actores al límite, haciéndolos transitar emociones igual de contrapuestas, de un momento a otro. Desde elecciones sutiles como la distancia entre dos sillas, hasta el trazo escénico y la presencia imponente del ensamble que da vida a los caballos, Miguel diseña una coreografía corporal donde la tensión y distensión terminan por crear armonía y disonancia, al mismo tiempo. Por supuesto, Miguel también encuentra en las voces de su elenco el ritmo y la intención justas en cada texto, para materializar las reflexiones del dramaturgo y convertir su escenario en sólido refugio, en densa niebla y en campo de batalla.

Tratándose de una puesta en escena minimalista, que opta una vez más por el virtuosismo de su elenco y el manejo de estímulos sonoros y visuales, el diseño de producción de este montaje es, ante todo, inteligente. Félix Arroyo pinta el escenario con una iluminación mesurada y tenue, pero que se intensifica en los momentos de mayor necesidad narrativa. Y teniendo prácticamente una pared entera de luces robóticas a su disposición, cautiva y sorprende que los momentos de iluminación más poderosos se creen exclusivamente con velas – y qué interesante que sean velas negras, considerando lo que la obra plantea acerca de la religión y de la fe. Esta producción está plagada de símbolos, existentes en el texto de Shaffer, pero que son llevados a la escena con proeza y enorme dedicación.

El manejo de la luz, en conjunción con la composición musical de Dano Coutiño, crea una de las experiencias atmosféricas más envolventes del año. Pero si de crear atmósferas se trata, es difícil competir con lo que Giselle Sandiel logra a través de su diseño de vestuario. Abrazando por completo el concepto de la equitación y resignificando toda la indumentaria propia del mundo ecuestre; el vestuario de Equus nos transporta a un universo por demás sombrío y áspero, y que a su vez juega con transparencias y correas para subrayar un subtexto erótico y carnal. Un trabajo absolutamente brillante.

Todos los elementos ya mencionados entran en juego dentro de un espacio aparentemente vacío, pero cuyo minimalismo es una vez más resultado de la semiótica en su dramaturgia. Y el mejor ejemplo de esto es la cabeza del caballo, la cual – además de usarse como un puppet, perfectamente incorporada al movimiento de los actores – permanece siempre al centro del escenario, atenta; vigilante. Una presencia poderosa en escena, que nunca quita sus ojos de nuestros protagonistas, atestiguando y siendo un catalizador de todo lo que ocurre en la historia. Miguel y su equipo logran convertir el espacio en otro personaje; en una pieza más en este juego de fuerzas en combate.

Y si de fortaleza hablamos, este elenco entrega algunas de las actuaciones más poderosas que se han visto este año. Humberto Mont y Luz Olvera brillan en sus respectivas escenas, transitando desde la corporalidad bestial de un semental hasta la gracia y delicadeza de un ente celestial; encarnando sensualidad y belleza divina. En general, los cuatro actores de reparto se convierten al unísono en un coro que traduce en corporalidad, voz y movimiento los dos mundos en los que habita Allan: el despertar sexual en su forma más cruda e instintiva, y el descubrimiento del mundo espiritual.

Por su lado, Flor Benítez y Héctor Berzunza destacan en los personajes de Dora y Alan Strang – los padres de Alan. Un hombre pragmático, estricto y poco tolerante, que calla sus temores y los esconde detrás de una barrera de estoicismo machista. Una mujer que lucha internamente con la culpa, directamente relacionada con sus creencias religiosas puristas y conservadoras. Ambos sintetizan el contraste entre la violencia explosiva del padre y la violencia contenida de la madre, pero que terminan por herir a Alan de igual manera. Y es particularmente importante que juntos logren construir tan bien a estos personajes, pues es en ellos donde está depositada una de las premisas más esenciales de toda la dramaturgia: “el demonio no se crea por lo que dicen mami y papi. El demonio está, y punto.”

Por supuesto, el mayor duelo es el de nuestros dos protagonistas, José María de Tavira y Emilio Schoning, quienes entregan cuerpo y alma a estos personajes y logran verdaderamente construir su propio dolor. José María de Tavira carga en sus hombros el discurso de la obra y llena cada palabra de profundo significado, haciendo que el montaje no sea solamente digerible, sino rico en sustancia. Emilio Schoning, por su lado, construye a un Alan feroz y al mismo tiempo vulnerable, que parece no dejar de inflarse a lo largo de toda la obra hasta que le llega el momento de explotar. El final del primer acto es posiblemente el momento más reconocido de esta obra, siendo el desnudo, el momento con el que mucha gente identifica Equus. Sin embargo, es el final del segundo acto en el que tanto Tavira como Schoning logran crear un entorno de entera complicidad y vulnerabilidad; haciendo que las barreras del público se derriben. Sonará a cliché, pero el final de esta obra es un auténtico desnudo del alma. En conclusión, ambos actores complementan sus actuaciones y nos entregan un trabajo que se vive como un regalo; convirtiéndose en espejos vivientes de las cualidades más sorprendentes y horrorizantes de la naturaleza humana.

Y es que, ese es el punto. En palabras del mismo autor, el demonio no se crea, ni llega a nosotros del exterior. El demonio, al igual que Dios, está. No en el otro, sino en nosotros mismos. La condición humana es expuesta de forma excepcional en esta obra, reconociéndonos como seres lábiles e inconsistentes. Este es un texto profundamente pertinente, evidenciando que aquella maldad y crueldad que castigamos en el mundo, es en realidad producto de nuestra propia existencia. Y es en el descubrimiento de nuestra propia oscuridad donde podemos también encontrar la luz más brillante; la llama incandescente de la pasión que pueda guiar nuestro camino. Por supuesto, Equus nos recuerda que la pasión también puede ser enceguecedora; que la pureza del alma es una falacia, y que solo abrazando ambos extremos de nuestro ser podremos algún día obtener equilibrio y plenitud. Porque la única forma de restaurar el alma no es expiando los pecados, ni matando las pasiones; sino abrazando esa profunda oscuridad hacia la que galopamos siempre, en busca de luz.

Equus es la pieza de arte teatral más estremecedora que he visto este año, y este montaje es el magnum opus del que Miguel Septién e Ícaro Teatro siempre fueron capaces. Sin temor a equivocarme, hoy afirmo que Equus consagrará a este director, a su equipo y a su compañía, como una cálida flama en la escena mexicana; y que, ojalá, continúe iluminándonos el camino por muchos, muchos años más.

Equus se presenta los fines de semana en el Teatro Milán. Viernes a las 20:00 h, sábados a las 19:00 h, domingos a las 18:00 h. Funciones hasta el 28 de septiembre. Boletos disponibles en taquilla y en Ticketmaster.