Por: Jorge Rodríguez
Escribo estas palabras agradecido de haber visto este montaje antes de su final de temporada, pues últimamente los calendarios me han jugado en contra, pero no me la quería perder. Escribo también con la absoluta certeza de que vi un trabajo que ha evolucionado mucho, pues noté en el elenco cierta familiaridad y complicidad con la historia que nos presentan. Por último – y aunque me uno a la conversación un poco tarde – escribo entusiasmado por compartir mi mirada sobre la que considero una de las obras más accesibles, pertinentes y entrañables del año.
Una niña despierta después de haber pasado días hundida en el polvo y la oscuridad. Se descubre rodeada por ruinas; escombros de lo que alguna vez fue su hogar. Entre la devastación, ella encuentra a su pequeño canarito, y ambos parecen recuperar el fuego en su interior. Lo único que queda ahora es moverse. Avanzar, guiadas por el eco de su abuela, hacia un nuevo territorio donde algún día puedan, ojalá, pertenecer. La niña, la barca y el canario es, lamentablemente, la historia real de muchas infancias en el mundo, que luchan por sobrevivir ante la devastación humana. Pero también, esta obra habla sobre las promesas; esas luces al otro lado de la bahía que nos impulsan hacia adelante. Y, sobre todo, La niña, la barca y el canario habla sobre qué ocurre cuando las promesas no se cumplen.

Esta historia es llevada a escena por tres actrices que, si bien ya eran grandes con sus anteriores trabajos, aquí se vuelven gigantes. Patricia Loranca da vida a una niña que deja ver su temor y su coraje para emprender un viaje hacia lo desconocido, en busca de libertad. Con voz dulce y firme, y una corporalidad juguetona, Patricia conmueve desde la inocencia y la ingenuidad de quien aún tiene los ojos llenos de luciérnagas y bosques – llenos de hambre y posibilidad – dejando claro que las infancias no deberían de pagar las consecuencias de las guerras entre adultos. María Penella es el canario, un ser cándido y vivaz que acompaña a la niña en su travesía, y que al mismo tiempo simboliza su fragilidad y su esperanza. Ella construye un lenguaje corporal y un movimiento escénico precioso y preciso, dándole voz a un animal que normalmente no podría hablar, y convirtiéndolo en una síntesis de dulzura y de amor.
Por último, Verónica Langer es la abuela, quien guía con su voz al espectador – junto con la niña – a través de los ejes temáticos de la obra. Ella se convierte en el eco del pasado; en la memoria de lo que perdemos, y de lo que quisiéramos llevar con nosotros al partir. Pero Verónica también es el sonido del porvenir; esos afectos que nunca nos abandonan, y nos contienen. Ese canto de sirena que guía a la niña al mar. Así, este elenco no solo construye personajes, sino que encarna la esencia misma del texto, del discurso y las reflexiones a las que invita. La capacidad de estas actrices para trasmitir capas y capas de significado, en lo que parecería ser un relato sencillo y amigable, es de las cosas más reconocibles en este montaje.
Ahora bien, debo decir que el diseño de producción aquí es increíblemente inteligente, y convierte al mar que rodea a la niña y su canario en un personaje más de la ficción. Jorge Ballina e Ingrid Sac hacen magia en escena con este dispositivo, que con muy pocos elementos y una luz magistralmente lograda nos traslada a la claustrofobia de la barca y la inmensidad del océano. Y a esta ecuación se suma Jerildy Bosch, quien termina por ponerle a este relato un filtro casi de cuento de hadas, preservando al mismo tiempo un trasfondo sombrío y funesto. La sinergia entre escenografía, vestuario e iluminación aquí es brillante, y juntas logran crear imágenes realmente poderosas. Si el inicio ya es de por sí poderoso con la montaña de escombros, la revelación del espejo de agua es absolutamente conmovedora. Y, en verdad: la escena de la noche en altamar, con las estrellas, me robó el aliento.

La dirección de Mauricio García Lozano es la capa de barniz que termina de dar coherencia y alma a esta obra. Trabajando desde la limitación de espacio, desde la contención emocional y desde la auténtica ternura, este director encuentra en La niña, la barca y el canario una oportunidad para hablarle a chicos y grandes sobre la migración, la guerra y la importancia de soñar con un mundo mejor. Desde su hermosa composición y su diseño de movimiento, hasta su magistral amalgamiento del elenco y el equipo creativo, Mauricio García Lozano nos deja con la sensación de que esta obra no pudo caer en mejores manos.
Pero, por supuesto, este montaje no podría haber alcanzado tal exquisitez sin la dramaturgia impetuosa y estremecedora de Maribel Carrasco. Su historia de la niña y el canario que sobreviven, es al mismo tiempo una aventura épica y un sensible relato sobre resiliencia y valentía. Su dramaturgia no le teme a volverse aletargada; pausada. Al contrario, elige conscientemente la serenidad, invitándonos a entrarle a estos temas desde un lugar mucho más amable. Esta obra es una ráfaga de aire fresco que se filtra entre los escombros de nuestro cotidiano, y nos regresa incluso a la curiosidad infantil con la que solíamos ver el mundo.
Evidentemente, esta obra no pudo llegar a nuestra cartelera en un mejor momento. Considerando el entorno político y social de nuestra sociedad, y muchas sociedades del mundo, no es solo pertinente sino también urgente encontrar espacios donde podamos reflexionar y re-configurar nuestras realidades. Pero sobre todo, es importante procurar que estos espacios no nos violenten de la misma forma que lo hace el mundo exterior. Después de todo, el teatro es ese limbo; ese intermedio en el que podemos encontrar la posibilidad de algún día alcanzar la otra orilla del mar.
La niña, la barca y el canario es un montaje que se aferra con fuerza al corazón. Sí, haciéndonos voltear la mirada hacia la catástrofe, pero siempre desde un lugar de calor y esperanza. Dentro de una cartelera que se debate entre la confrontación con la realidad y la evasión de la misma – la oscura profundidad del mar y la ingenua ligereza del cielo – La niña, la barca y el canario elige mantenerse a flote en la superficie; en el punto medio entre la crudeza y la fantasía, para poder ver nuestro mundo con ojos menos temerosos. En verdad espero que esta historia regrese, con muchas y muchas temporadas más. Pues son obras como esta, accesibles y encantadoras, de donde podemos sacar las fuerzas para seguir navegando frente a la tempestad.

La niña, la barca y el canario se presenta de viernes a domingo en el Foro Lucerna. Funciones hasta el 21 de septiembre. Boletos disponibles en taquilla y en Ticketmaster.