Por: Jorge Rodríguez
En los últimos años hemos visto una oleada de propuestas escénicas, lideradas en su mayoría por una nueva generación de creadoras y creadores que apuestan por plasmar su mirada y concepción del mundo en el escenario. Estos son montajes con voces refrescantes que se atreven a romper los dogmas de la escena tradicional; que dialogan todavía con las herramientas y los métodos de la vieja escuela, combinándolos con lenguajes escénicos más innovadores, y que le hablan directamente a las nuevas generaciones de espectadores. Así, el teatro se ha ido convirtiendo, hoy más que nunca, en un laboratorio de exploración para comprender las emociones, los deseos y las preocupaciones que aquejan a los adultos jóvenes de nuestra sociedad.
En una tarde de domingo como cualquier otra, Lila, Jade, Azul y Carmina se reúnen en la sala del departamento que comparten, después de haber encontrado una carta donde una de ellas declara su amor anónimamente. Para descubrir a la autora de este mensaje, las cuatro deciden realizar un ritual para invocar a Afrodita, la Diosa griega del amor y la belleza. Así, cada una compartirá su propia concepción de ese sentimiento tan codiciado, en un intento por hacer sentido a lo que todas, muy a su manera, anhelan encontrar. Prisma es una explosión de emoción, luz y movimiento que lleva al espectador a reconocerse en la voz de cuatro mujeres, tan distintas como iguales entre sí. Pero, sobre todo, esta obra es un espejo que nos permite ver en colores las diferentes formas que existen de amar; y entender que, quien amamos, no siempre ve los mismos colores que nosotros.
El texto de la dramaturga danesa Signe Ebbesen es adaptado y traído a la escena mexicana por Elisabetha Gruener, quien además co-dirige este montaje con Clemente Vega. Juntos diseñan un ambiente de caos desbordado, casi onírico, con un ritmo bastante peculiar. A diferencia de muchas obras que se toman su tiempo en calentar motores, Prisma nos sitúa desde el primer instante en un constante movimiento. De hecho, los directores se auxilian del diseño sonoro de Héctor Vieyra para terminar de darle ritmo y dimensión al texto; como creando armonías con las voces de las actrices, en una pieza llena de capas y contrapuntos. Y a ese juego de melodías se suma el diseño de iluminación de Sara Alcántar, que aterriza a los personajes en un plano menos surreal, pero que les permite construir su universo acelerado de forma orgánica y coherente. De esta manera – y a pesar de ocurrir en un espacio vacío con apenas un par de escaleras plegables – Elisabetha y Clemente orquestan una escena de absoluta euforia, muy a lo Clímax de Gaspar Noé, donde no solo escuchamos lo que los personajes piensan, sino que además lo vemos y sentimos.

Y hablando de personajes, la perfecta delimitación de sus personalidades se debe en gran medida al diseño de vestuario, cuyo ingenio radica en la materialización de los símbolos que habitan este texto. Vistiéndolas con blazers de colores, que hacen obvia referencia a sus nombres y que les dan fortaleza y hasta cierta elegancia, pero dejándoles debajo una simple blusa blanca, aludiendo a la pureza, a la inocencia e incluso al erotismo. Por otro lado, hay un juego constante con telas blancas traslúcidas que adquiere diferentes niveles de lectura semiótica: desde un simple mantel, las sábanas de una cama, el velo de una novia, y hasta un chitón griego, relacionado directamente con la diosa a quien desean invocar. Por último, el diseño de maquillaje de Ana Piav es la cereza en este pastel multicolor, dotando estéticamente al montaje de actualidad, con una frescura muy gen-z, y convirtiendo a cada una de estas mujeres en seres que desean, y son a la vez objetos del deseo. Verdaderos frutos prohibidos; manzanas de la discordia.
En cuanto a las actuaciones, poco hay que decir de este elenco que está conformado por unas auténticas fieras. La romántica empedernida, la femme fatale híper-sexual, la misteriosa alternativa, y hasta la morra de las energías y los astros, profundamente filosófica. Este elenco construye a sus personajes con gran pasión y detalle, y verlas interactuar entre sí es una gozadera. Fabiola Villalpando y Analucía Santibáñez se convierten de alguna forma en las voces de la razón de este grupo, siendo Jade y Lila quienes más reflexionan acerca de las relaciones sexo-afectivas y su importancia en la vida de la mujer contemporánea. Sin embargo, en mi opinión, son Sharon Ayón y Luisa Guzmán-Quintero las que se convierten en los pilares que sostienen a esta ficción. Abrazando completamente el histrionismo, Azul y Carmina se convierten casi en una parodia de la mujer que vive demasiado intensamente sus emociones; y, sin embargo, nunca caen en lo ridículo o en lo exagerado. Al contrario, llevan a sus personajes a un extremo casi fársico que nos permite vislumbrar ese anhelo interno que las mueve hacia las acciones más drásticas. Las cuatro sacan a sus personajes del estereotipo y las llenan de una energía que solo podría existir en el universo desenfrenado de esta obra.
Como su nombre lo dice, Prisma retrata las diferentes aristas desde donde entendemos el amor; desde la relación polígama más tradicional hasta el acuerdo más abierto y laxo. Esta obra retrata caleidoscópicamente la mirada de una generación entera en torno a la búsqueda del otro. Y de esta forma, nos invita a cuestionar si nuestros ideales del amor, sean como sean, empatan con la realidad que enfrentamos una y otra vez, en cada relación fallida.

Ahora, debo ser honesto. Me parece que el punto más bajo de esta obra es la incapacidad de su dramaturgia de establecer un discurso uniforme respecto a la concepción del amor. De hecho, en su esfuerzo por mostrar todos los lados del espectro, Prisma se convierte en un popurrí de ideas que puede resultar más empalagoso que esclarecedor. Incluso a nivel anecdótico, el domingo de bajón que termina en sacrificio religioso termina por impactar poco a sus protagonistas, especialmennte considerando todo lo que se dice en el transcurso de la obra. En esta lógica – muy a lo Perfectos Desconocidos, donde una noche lo cambia todo aunque en realidad nada cambia – el final de Prisma no termina de ser contundente, dejando gran parte de sus premisas y reflexiones en el aire. Aunque, quizás, de eso se trata.
Al final del día, Prisma es una obra que no pretende decirnos cómo debe o no debe ser el amor en el 2025. Más bien, Prisma utiliza la ficción del teatro para dar voz y lugar a todo eso que pensamos cuando sentimos cosas por alguien, o cuando ese alguien no siente lo mismo por nosotros. Prisma es apenas una probadita al pantone completo, a todas las diferentes perspectivas desde donde nos podemos atrever a querer a otra persona. Y sin obligarnos a elegir un solo color, Prisma es valiosa en su capacidad de hacernos reflexionar sobre algo tan complejo como el amor en nuestro propio lenguaje, con una mirada muy actual y cercana. Este montaje es pertinente porque legitimiza todas las dudas y cuestionamientos que nos hacemos al enamorarnos. Y es hermosa en su naturaleza polivalente, porque el amor no es, ni podrá ser jamás de una sola manera. Porque, para gustos, colores.

Prisma se presenta los martes a las 8:30 pm en el Foro Shakespeare. Funciones hasta el 4 de noviembre. Boletos disponibles en taquilla y en línea.