Quiero Vivirlo Todo: una nueva mirada al dolor de soñar

Por: Jorge Rodríguez

Desde que vi el póster oficial de esta nueva obra en La Capilla, ya estaba prácticamente vendido. Y es que, aún aferrándome a experimentarla con la mayor objetividad, no podía ignorar mi gusto personal por el trabajo de prácticamente todos los integrantes del elenco; pertenecientes a una generación de actores y actrices cuyo trabajo he disfrutado enormemente, los últimos años. Eventualmente, como sucede en la mayoría de mis visitas al teatro, me deshago de mis expectativas (en la medida de lo posible) y me aventuro a conocer este nuevo montaje – el cual, les adelanto, me habló a un nivel bastante personal.

Esta obra comienza con una huida. O más bien, con tres. Muriel, Ángel y Sebastián deciden alejarse de la violencia y la represión que viven en su pueblo y escapan, juntos, hacia la gran ciudad. Una vez en la capital, la inevitable lucha por ganarse la vida los lleva a conocer nuevas personas, nuevos peligros, y a poner a prueba las amistades que les han permitido encontrar un nuevo hogar. Acompañamos a nuestros protagonistas en su pequeño cuarto, en su primera salida de antro, en su búsqueda de empleo, en su más profunda frustración y en sus más oscuros secretos. Con el paso del tiempo, estos tres jóvenes conocerán la libertad y el sentido de pertenencia; pero también deberán descubrir el costo de soñar a lo grande. Quiero Vivirlo Todo es un coming-of-age lleno de pasión, ambición y sucesos desgarradores, que nos cuestiona la manera en la que enfrentamos el mundo y nos pregunta: después de crecer, ¿qué sigue?

Esta historia es contada a lo largo de un pasillo perfilado por sillas, en las que tanto actores como público nos sentamos, reunidos, para presenciar la ficción. El formato de pasarela no solo permite al elenco explorar con convenciones espaciales – jugando con la cercanía entre los cuerpos y las diferentes alturas del escenario, por ejemplo – sino que además crea una atmósfera de intimidad y complicidad, ideal para los diferentes temas que la obra trata. De esta forma, la cercanía con los actores nos permite apreciar la progresión de sus emociones y acompañarles en su viaje de autodescubrimiento. Un momento particularmente bello, y que además se beneficia de la disposición espacial, es cuando Muriel, Ángel y Sebastián avanzan hacia adelante – saliendo de la bruma, hacia el público – una vez que deciden dejar su pueblo atrás y partir en busca de su libertad. El dispositivo escénico y el diseño de movimiento se complementan para dotar de dinamismo y sustancia una obra de más de dos horas, que en otras circunstancias habría sido francamente tediosa.

Aunque el montaje opta por un diseño más bien minimalista, los pocos elementos escenográficos y de utilería son bastante funcionales. El diseño de vestuario cumple; quizás no parte desde una conceptualización, pero sí integra detalles y elementos que ayudan a la construcción de los personajes. En general, el diseño de producción es meramente resolutivo. Y aunque poco propone o suma a la dramaturgia, sin duda está al servicio de la dirección; que a su vez elige poner el foco en la proeza de su elenco.

Como es evidente, las actuaciones son el ingrediente secreto de esta puesta en escena. Y aunque todos los integrantes de esta compañía entregan un trabajo valioso, yo quiero reconocer a Michel Santré como el corazón de este elenco. Su Muriel es feroz, vivaz y entrañable, con una gran profundidad emotiva y una habilidad destacable para traducir los ejes temáticos de la obra en palabras llenas de verdad. Andrés Jurado, quien da vida a Ángel, brilla en los momentos de contención, expresando corporalmente el peso que cualquier joven adulto carga en sus hombros; especialmente si creció en un ambiente de represión emocional. Fabiola Villalpando proporciona, a través de Luciana, notas agridulces que dan comicidad y contraste a los tres protagonistas, sin dejar de ser un personaje completo y contundente. Juan Carlos Reyna como Sergio encarna la ternura y la resiliencia de un adulto mayor, resaltando de las miradas más jóvenes de los otros personajes. Y el Guía de Mario González Solis es la voz que materializa y da sentido a los pensamientos, las dudas, los sueños y los miedos de los protagonistas. En cuanto a Rodrigo Olguín – quien es además director y dramaturgo de esta obra – su actuación es amorosa y honesta, y él deposita en Sebastián la esencia misma de su texto: un joven que se antepone a las circunstancias y lucha con sangre, sudor y lágrimas, sin dejar de perseguir sus sueños; incluso en los momentos de mayor desconcierto.

Mi crítica más dura para este montaje tiene que ver precisamente con la gran ambición de Rodrigo Olguín para escribir, dirigir y actuar en su propia obra – algo, sin duda, admirable – pues noto en el resultado final una inevitable incapacidad de auto-editarse. En ocasiones, el texto se vuelve cansado y con una aparente falta de dirección, donde la historia pareciera querer abarcar muchos temas sin profundizar en uno en particular. En cuanto a dirección – si bien hace un trabajo excepcional con los actores – hay momentos en que el montaje se toma demasiado en serio a sí mismo, y que me hacen cuestionar el tono desde donde se nos quiere hablar. La obra se presenta inicialmente como un drama con tintes cómicos, pero después trata de convertirse en una tragedia a la que, francamente, le hace falta cocción. Este elenco hace un trabajo magistral al transmitir las emociones plasmadas en el texto, incluido su director. Sin embargo, me atrevo a afirmar que la falta de una mirada externa hace que la dirección esté sesgada; y por tanto, que el montaje se sienta saturado e incluso inconsistente.

No obstante, es al mismo tiempo esa mirada trágica lo que le da veracidad al texto, pues se vuelve muy cercano para un público joven. Este equipo apuesta por dar voz a las nuevas generaciones – muy a lo John Green, en su momento – y materializa la cosmovisión del young adult, validando sus experiencias. Reconoce que los gen-z somos seres que viven la vida como una tragedia, con emociones desbordadas, adolesciendo la existencia mucho después de ser adolescentes. Dicho esto, aunque pudiera pulirse, la dramaturgia es honesta y amorosa; atreviéndose a darle una perspectiva fresca a las historias sobre la búsqueda de identidad y la persecución de los sueños, tan común en los escenarios de hoy en día.

Esta obra definitivamente puede evolucionar, pero Quiero Vivirlo Todo ya es en sí misma una piedra preciosa, que brilla aún en su versión más cruda y rugosa. En un mundo que pareciera estar hecho sólo para sufrir, Quiero Vivirlo Todo nos recuerda que el fracaso y el dolor no son nuestro destino final. Y lo que es quizás más valioso en esta puesta en escena, Quiero Vivirlo Todo es una invitación a enfrentar la vida con nuestras propias armas, desde nuestra propia mirada y sin temor a la inexperiencia. Un espacio de reflexión para entender de qué escapamos, de dónde venimos, y hacia dónde queremos volar.

Quiero Vivirlo Todo se presenta los jueves a las 8:00 pm en el Teatro La Capilla. Funciones hasta el 2 de octubre. Boletos disponibles en taquilla y en línea.