Por: Jorge Rodríguez
Creo que elegí la peor obra para regresar a escribir después de mi breve descanso. Habiendo tomado unas merecidas vacaciones, regreso un poco “frío”, fuera de práctica, a tratar de retomar el ejercicio de la crítica con este montaje que me dejó, por sobre todas las cosas, con muchas dudas. Esta es una obra desafiante en todo el sentido de la palabra, especialmente ahora que me siento a tratar de deshebrarla. Me siento, un poco, a oscuras – perdido en la inmensidad de las palabras, andando a tientas mientras trato de encontrar un sentido a mis pensamientos; de encontrar un destello de luz que me guíe. Y de pronto recuerdo, que más o menos así es como empezamos esta historia. Supongo que no estoy tan perdido como creía.
Un antropólogo forense nos narra el proceso que atravesó para develar el secreto de un misterioso caso: el cuerpo de dos jóvenes, un hombre y una mujer, que murieron ahogados en un río. El poder corrosivo del agua les ha arrebatado cualquier rasgo reconocible, y ha fundido sus figuras hasta convertirlos en un mismo ente indescifrable. Para resolver el misterio de sus muertes, nuestro protagonista, Boon, se remonta a su juventud y comienza a relatarnos un día en la vida de Murdoch: un chico, amigo de su hermano mayor, que despertó una mañana convencido de que el mundo era una mierda, y eligió nunca más quedarse callado.
Murdoch pasó su día despotricando en contra de las incongruencias y los absurdos de la vida, hasta que escuchó en clase la lectura de una obra de teatro – escrita por el mismo Boon – que lo marcó profundamente. Dicha obra, a su vez, cuenta la historia de Noruega, una niña que un día decide encerrarse en su cuarto y nunca más volver a salir, después de descubrir un espeluznante secreto.

Así, Boon va hilando las historias de estos dos personajes – el recuerdo de su pasado y la protagonista de su propia ficción – para desenterrar el vínculo que las une. Esto lo llevará a enfrentarse con una estremecedora verdad acerca de la belleza humana; y nos llevará a nosotros, espectadores, a repensar el suelo sobre el que estamos parados, y la vida que elegimos vivir.
Este texto de Wajdi Mouawad – tan complejo y sofisticado como el resto de su dramaturgia – se transita en tres capas, aparentemente independientes e inconexas; que después se mezclan para cobrar sentido. Se nos van presentando de forma pausada y paralela: el presente de Boon, el pasado de Murdoch, y la ficción dentro de la ficción, que corresponde a la historia de Noruega. Cada parte de la historia se nos da a cuentagotas, revelando solo lo necesario para que el espectador se involucre cada vez más con los personajes. Para que, cuando el espectador se sienta perdido en la profundidad, las palabras del autor lo regresen a la superficie y le permitan recuperar el aliento.
Por supuesto, llevar este texto intrincado a la escena es un reto de proporciones gigantescas. Y aunque me parece que el trabajo de dirección de Enrique Aguilar es bastante acertado, no dejo de cuestionarme algunas de las decisiones que él y su equipo tomaron para el montaje. Por ejemplo, el diseño de vestuario es, en sus mejores momentos, funcional, y en otros francamente carece de una propuesta estética clara. Por otro lado, el diseño de iluminación me resulta interesante y a la vez confuso; donde las escenas que parecieran requerir de una luz más tenue e íntima están sobre-iluminadas, quizás por el uso constante de proyecciones. No obstante, me parece que el diseño de video y la escenografía minimalista sí permiten al director crear cuadros preciosos, hermosamente compuestos, con mucha dimensión, color y textura.

Ahora bien, sería responsabilidad de quien monta esta obra imponente, el ayudar a su público a acceder a la esencia del texto. Y si bien Enrique Aguilar demuestra un entendimiento profundo y completo de la dramaturgia que elige montar, sus convenciones y en particular su dirección de actores no termina por ayudar a su público a entenderla.
Los personajes de Murdoch y Noruega cargan con la tesis de esta obra, hablando acerca del dolor y de la naturaleza humana perversa y corruptible, capaz de cometer errores graves, incluidos los actos más atroces; más inhumanos. En la narración de Boon, Murdoch se convierte en la voz de la denuncia, quejándose de todas las cosas que no están bien en el mundo exterior; esto evidentemente lo conduce a la locura, pues al decidir nombrar todo lo que no tiene sentido, comienza a parecer que nada lo tiene. Por otro lado, Noruega se hunde en una locura incluso más oscura que la de Murdoch, pues descubre que todos esos horrores del mundo exterior en realidad existen dentro de ella – descubrimiento que, además, Wajdi Mouawad representa de forma magistral con la imagen de un ser repugnante y oscuro, casi alienígena, que existe dentro del cuerpo de Noruega. Y en el momento en el que Murdoch conoce la historia de Noruega, termina de soltarse; porque todo ha perdido el sentido. El texto que Boone escribió para la tarea de su hermano – una reflexión acerca de la belleza – es más bien un manifiesto de la fealdad; entendida como esa oscuridad absoluta, latente, profundamente implantada en la esencia de los seres humanos. Y es esa posibilidad lo que termina por arrancarle a ambos personajes sus ganas de vivir. De este modo, Murdoch elige ir al lago a lavar la fealdad que lleva dentro – ahogarla, y ponerle fin a la posibilidad. Como un bautizo letal, que lava los pecados antes de que sean cometidos.
En papel, tenemos a tres personajes que tendrían que presentarse desde intensidades emocionales muy distintas. Conocemos a Murdoch el día que explotó, y a Noruega el día que se paralizó por completo. Por lo tanto, Antón Araiza, quien da vida a Boon, tendría que situarse entre estos dos extremos, y de alguna manera transitar entre las dos perspectivas que nos narra. Sin embargo, aunque Antón construye a un Boon muy completo, con matices y mucho carisma, su relación con las historias de Murdoch y Noruega termina sintiéndose ajena; tibia. Su Boon se convierte entonces en un narrador lejano que poco deja ver de su propia relación emocional con las historias que cuenta. Aunque igual debo reconocer, Antón logra anteponerse a esta barrera emocional y presentarnos a un personaje que resulta tierno y cautivador, de esos cuyos abrazos reconfortan.
Mel Fuentes – a quien yo admiro y sigo desde Junio en el 93 – aquí se muestra estoica, aunque quizás no lo suficiente. En tanto que Noruega es un personaje paralizado por el horror, tendríamos que apreciar cómo construye tensión desde la inmovilidad para después soltarla en su monólogo, hacia la segunda mitad de la obra. Sin embargo, su director pone a Mel a moverse constantemente, habitando los diferentes espacios y tiempos que sus compañeros de escena. En realidad, nunca vemos esa parálisis que el texto plantea y, por lo tanto, su monólogo liberador pierde potencia emotiva. Y aunque se nota el trabajo que la actriz hace para matizar su interpretación, parece que su construcción de personaje no estuvo encaminada desde un principio para ayudarle a transitar ese arco dramático. Esto es probablemente lo que más me desilusionó, pues Noruega es un personaje sumamente importante, y no dudo que Mel Fuentes sea capaz de darnos esa complejidad que el texto demanda.

Por último, y sin temor a equivocarme, puedo afirmar que Nabí Garibay es el elemento más poderoso y mejor aprovechado de este montaje. Su Murdoch es una bomba de tiempo, como tendría que ser una persona cuando su mundo deja de tener sentido. Su personaje se expande como la nube incandescente de una bomba que arrasa con todo a su paso; todo a través de la palabra. Por si fuera poco, Nabí logra encontrar matices en la explosión continúa, siendo su actuación la más orgánica y verosímil. Y después, hacia el final de la obra, logra transmitir con su corporalidad y su mirada ese cambio radical que ocurre en el interior de Murdoch; cuando deja de explotar, e implosiona, destruyéndose a sí mismo. Ver y escuchar a Nabí jugar este personaje es un deleite, y a la vez genera una ansiedad que pocas actuaciones me han hecho sentir. Una auténtica revelación, que espero ver en muchos nuevos montajes, muy pronto.
Queda claro que este montaje no es perfecto. Sin embargo, me parece que sus puntos débiles no impiden conectar con la esencia del texto de Mouawad. Es más, sugiero que todas las decisiones que este director y este equipo tomaron fueron completamente conscientes; eligiendo mantener un montaje críptico, denso y desafiante, en vez de facilitarle al espectador el entendimiento del discurso a través del lenguaje escénico. Y vamos, ir al teatro a ser desafiado también tiene su gracia. Pero entonces, el riesgo que este montaje corre es no ser lo suficientemente accesible, y por lo tanto se expone a no ser entendido o disfrutado por todos los que asistan a verlo.
Pero sí hay algo esencial en esta obra que, en mi opinión, convierte a Sedientos en una obra que debe ser vista. Y es que, así como Murdoch eligió poner fin a su vida para lavar esa mancha dentro de sí mismo, la salvación de Noruega fue nombrar aquel dolor que la paralizaba. Sedientos nos recuerda que para liberarnos de los horrores del mundo que nos impiden avanzar, solo podemos seguir adelante. Y que, así como Murdoch, las cosas terribles de la vida nunca dejarán de hacer estruendo, pero podemos elegir salir de la habitación y vivir el mundo, enfrentándonos a la oscuridad. Solo a través de este tipo de historias, que nos enfrentan cara a cara con el dolor, es que podremos regresar eventualmente al agua – no necesariamente para ahogarnos, sino para lavarnos y poder sanar.

Sedientos se presenta los jueves a las 8:00 pm en el Teatro La Capilla. Funciones hasta el 7 de agosto. Boletos disponibles en taquilla y en línea.