La actriz y creadora Aline Áwen presenta Seguimos viviendo, un monólogo profundamente personal que aborda la relación entre el cuerpo, la memoria y las experiencias que nos marcan. La obra inició temporada el 8 de noviembre en La Teatrería y continuará hasta el 29, para luego cambiar temporada al Foro El Hormiguero en enero.
En esta entrevista, Aline habla sobre el origen íntimo del proyecto, su proceso creativo, la relación con el público y la importancia de escuchar al cuerpo.
Entiendo que Seguimos viviendo parte de una experiencia muy personal. ¿En qué momento supiste que querías transformar esa vivencia en una obra de teatro? ¿De dónde surge el deseo de llevarla a escena?
Creo que fue algo que creció a la par de mi formación como actriz. Me fui dando cuenta de que los temas personales tienen buen recibimiento en las artes. Ya casi al final de la carrera tuve la intuición de querer escribir historias, y entendí que primero tenía que aprender a contar mi historia para poder contar otras de manera empática.
Tomé un curso de Escritura Autobiográfica donde pude deshilvanar recuerdos y momentos emocionales. Más tarde, en un ejercicio escénico donde se pedía interpretar partes del cuerpo, encontré la forma de abordar mi propia historia.
Así surgió el primer borrador de Seguimos viviendo, donde mi cuerpo hablaba por mí. Ahí entendí cómo quería contarla: distinguiendo entre mi cuerpo y mi personalidad.

La obra explora cómo lo que vivimos —lo bello y lo doloroso— se queda en el cuerpo. ¿Cómo entiendes ese vínculo entre nuestras experiencias y la forma en que habitamos el presente? ¿Cómo lo llevas a escena?
Hay momentos que nos marcan y construyen quiénes somos después. Aunque es un monólogo, me funcionaba representarme como dos personas. Más que enfocarme en los sucesos de violencia o trauma, la intención es mostrar cómo repercuten en la persona, en esa relación entre la mente y el corazón.
El montaje pone una lupa en el mundo interno: emociones, pensamientos alterados por lo externo, comentarios, presión, comparaciones.
Trabajo con dos objetos centrales: un espejo y una guitarra. El espejo simboliza la visión: lo que dejamos entrar, incluida nuestra propia imagen. La guitarra es la audición: lo que decidimos creer de lo que escuchamos.
Después de estrenar y recorrer varias temporadas, si tu cuerpo pudiera hablarte hoy, ¿qué te diría?
Que hay distintas etapas en la vida. Esta historia ocurrió en la adolescencia y la transición a la adultez joven. Y mi cuerpo me recuerda que estamos hechos tanto de lo bueno como de lo malo, muchas veces más de las luchas.
Agradezco haber pasado por un trastorno de la conducta alimentaria y dismorfia corporal porque me hizo consciente de la relación con la imagen, la autoestima y lo que dejamos entrar en nuestro sistema de creencias.
En la primera temporada temía volver al trauma, no distinguir límites. Ahora puedo representar a la persona que fui y salir de ese espacio al terminar. La obra me permite descubrir algo nuevo cada vez.
La obra fue seleccionada por la convocatoria RECIO y ha pasado por varios foros. ¿Qué ha significado para ti esta red de colaboración y el intercambio con distintos públicos?
Ha sido un cobijo enorme. Al principio daba miedo exponer algo tan personal sin filtros, sin cambiar nombres. Pero la convocatoria fue un respaldo profesional y empático.
Con el público ha ocurrido algo muy especial, sobre todo con mujeres que se identifican profundamente. Al final de la función pueden escribir algo en el espejo, y esos mensajes me han hecho ver que estas luchas suelen vivirse en silencio.
También me ha sorprendido la reacción del público masculino; no es un tema tan hablado entre hombres, y que se permitan verlo ha sido muy significativo.
Si pudieras resumir el proceso e invitar al público a ver Seguimos viviendo, ¿qué frase escribirías en el espejo?
«Todo pasa.» Porque lo malo pasa, pero lo bueno también. La vida es un proceso, y podemos aprender de cada etapa para seguir viviendo, para transformarnos.
