Por: Jorge Rodríguez
Hola, mamá:
Hace mucho no te escribo algo así. Sé que somos bastante cercanos y que tenemos la confianza para hablar casi de cualquier cosa. Pero hay algo que llevo días pensando, algo que no he sabido bien cómo decir, y hoy quise intentar ponerlo en palabras.
Hace tres semanas fui a ver Sxtoy, una obra sobre el dolor y la ironía de vivir en un mundo como un objeto. Este montaje se estuvo presentando los domingos en el Foro Shakespeare desde el 8 de marzo, y tiene su última función este domingo 29. Salí de ahí con la sensación de haber vivido algo complejo y emocionalmente formativo. Pero, sobre todo, me llevó a cuestionarme mucho desde dónde yo podía hablar acerca de esta propuesta.

La obra parte de una premisa directa: cómo es vivir, como mujer, cuando se te trata como un objeto. Se compone de una serie de siete monólogos, o viñetas, en los que conocemos a diferentes personajes que exploran, desde múltiples aristas, la cosificación de la mujer y sus consecuencias. Hay un monólogo que cuenta la primera experiencia sexoafectiva de una niña de 15 años, que en realidad fue una situación de abuso sexual en una fiesta. Otro relata los estándares de conducta que una madre imponía a su hija, tratándola como una muñeca que debía permanecer prístina y perfecta, al mismo tiempo que ella descubría la masturbación a una edad muy temprana. Y así como estos relatos ocurren en un contexto mucho más áspero, realista y solemne, otros se van al extremo opuesto y presentan situaciones francamente absurdas que hacen burla del machismo y de las esferas de poder que por siglos han estado encabezadas por hombres: desde una enfermera que ha iniciado una fundación de mujeres para estar al servicio de los hombres y “ayudarlos” a saciar sus deseos sexuales primitivos, hasta un mundo distópico “al revés” en el que una mujer empresaria, con gran poder económico y social, tiene que lidiar con un hombre joven que se enamora de ella después de un simple acostón.
Pero en ese diálogo entre lo crudo y lo ridículo, se acomoda la propuesta de esta obra. Sxtoy no se queda en el dolor. No es un compendio de lamentos, para deprimirnos por el mundo asqueroso en el que vivimos. Es, más bien, un espacio donde esas heridas, al ser dichas, empiezan a transformarse. Un espacio donde hay rabia, ironía, y hasta cierta fascinación por todo lo que se revela. Y es así que nos invita a mirar los dolores de nuestra sociedad, donde hombres y mujeres sufrimos por el sistema violento que nos rige, y nos obliga a preguntarnos qué tiene que suceder para que, al fin, las cosas cambien.

Mi primer impulso es contarte de los aspectos más técnicos, como la escenografía diseñada por Alfredo Correia. Se trata de una caja transparente, como la de una muñeca, que se va desplazando para reconfigurar los espacios de cada monólogo. Aunque debo decir que el aprovechamiento de este dispositivo no es necesariamente inventivo — se utiliza como pared, tina de baño, escritorio y cama — y da la sensación de que podrían haberse encontrado otras formas de explorarlo escénicamente. Por otro lado, el vestuario de Rolando Bracho me parece mucho más propositivo, adaptando distintas telas, texturas y piezas encima de un mismo leotardo; uniformando a las intérpretes y, al mismo tiempo, asignando a cada una un color propio, enfatizando así la dualidad entre la universalidad del tema y la pluralidad de historias que se desprenden de él.

También quiero hablarte de las actrices de esta compañía, pues me parece que realizan un trabajo enormemente comprometido y generoso, desde el momento en que eligen enfrentar de manera cruda y verosímil sus propias heridas históricas. El elenco está conformado por Brenda Moreno, Amaya Blas, Marisa Román, Gabriela Montiel, Samantha Castillo, Daniela Bueno y Johanna Juliethe; las dos últimas, también directoras del montaje. La dramaturgia colectiva hace que, al mismo tiempo que construyen a un personaje, cada actriz traduzca a la escena sus propios referentes de abuso, violencia y represión patriarcal. Y, partiendo de ese lugar oscuro y vulnerable, cada una logra construir un relato que no las victimiza, sino que les permite encontrar valor y resiliencia en la representación de estas historias.

Mamá, me sentí profundamente conmovido con cada una de ellas, y no pude evitar pensar en las muchas otras historias similares que, desafortunadamente, he conocido en voces de mis amigas. No pude evitar pensar en lo familiares que resultaban ciertos relatos. Y ahí empezó el problema. Porque, por primera vez en mucho tiempo, no supe cómo escribir sobre una obra.
Si bien mi experiencia me impulsaba a hablar desde la supuesta “objetividad” — analizando los elementos que conforman el montaje y evaluando su pertinencia y sus aciertos —, algo ocurrió en mí que me hizo sentir incapaz de hablar de esta obra como normalmente lo haría. Reconozco que sentí, además de asombro, una profunda incomodidad al acompañar a las actrices a través de sus historias. No solo porque las percibí dolorosas, sino porque me llevaron a reconocer que, por más que intente empatizar, hay una parte de esta experiencia que no me pertenece. Y que aún así, de alguna manera, sí me implica. Porque como hombre, también formo parte de esas violencias que la obra denuncia.

Y esa incomodidad fue la que me dejó en silencio durante días, pues no había encontrado una forma de escribir una crítica — de la forma en que yo suelo entenderla — que me dejara satisfecho. No quería apropiarme del discurso. No quería traducirlo a una mirada que la misma obra busca cuestionar. Pero tampoco quería no decir nada.
Entonces pensé en esto, en escribirte. Para obligarme a ser honesto de otra manera, a no esconder mi subjetividad detrás de conceptos o estructuras, y a hablar desde lo que sentí. Mamá, en verdad me sentí vulnerable al verla. No porque la obra ataque al público; no lo hace. Sino porque tiene la capacidad de hacerte escarbar en tus emociones. Y así como las actrices y sus personajes enfrentan sus traumas en escena, yo las acompañé en mi propio recorrido a través de los recuerdos, encontrando momentos de mi vida en los que presencié o participé en algún tipo de violencia de género. Sobre todo, sentí por primera vez en mucho tiempo una urgencia real por hablar de estos sentimientos y experiencias, en lugar de seguir tratándolos como un tabú en nuestros círculos sociales y familiares.

Quiero confesarte, mamá, que pensé en ustedes. En ti, en mis tías, en mi abuela. Me sentí triste al pensar en las mujeres de mi familia, e imaginar, no las historias concretas, porque en realidad no las conozco, sino en todas aquellas experiencias de violencia que, por el bien de la prudencia y la unión familiar, han tenido que callar. Fue doloroso reconocer, desde los recuerdos de mi infancia, las cosas que tú, mis tías y mi abuela han vivido y aguantado para mantener en mí la ilusión de una familia estable y perfecta; como si me protegieran, siendo el único niño en una familia de cinco mujeres, de la realidad. Y aunque puedo compararlo con otras violencias que yo mismo he atravesado y decidido callar, la rabia e impotencia de ver cómo este sistema lastima a las personas que amas es, en verdad, aplastante.
Y al mismo tiempo, fue inevitable reconocer la fuerza y la resiliencia con la que, desde niño, construyeron algo que para mí siempre se sintió como un lugar seguro.
Fue así que este montaje me hizo reflejarme en la forma en que estas mujeres exploran la relación con su madre. Y empecé a ver sus historias en ti. Pensé en toda la presión que sentiste al ser la mayor de cinco hermanos. Pensé en las expectativas que tu padre, y tu propia madre, ponían sobre tus hombros al crecer, y que hoy puedo ver que sigues cargando.
Pensé en toda la resistencia que has tenido, en silencio, para aguantar los horrores más crueles en beneficio de tu familia. Y pensé en la relación que tenías con tu mamá, con mi abuela; quien siempre fue una segunda madre para mí y quien, a pesar de las discusiones y de las violencias que también reproducía, fue igualmente —y sigue siendo, aún después de partir — tu lugar seguro.
Así que, con todas estas emociones e ideas en la cabeza, solo se me ocurrió escribirte esta vez a ti. Escribirte para decirte gracias.
Por haberme criado con el amor y la sensibilidad necesarios para mirar de frente a un mundo que, como lo revela esta obra, sí está profundamente podrido. Gracias por ser mi ejemplo más claro de resiliencia y generosidad. Por haber formado a un hombre, que definitivamente no está libre de esa misoginia que todxs cargamos, pero que al menos se considera capaz de reconocerla e intentar combatirla. Lo intento todos los días, te lo prometo. Y quizás ese reconocimiento — ese enfrentamiento tan doloroso que Sxtoy propicia — es lo que se necesita para que las cosas cambien.
Por eso escribo esta carta. Para invitar a otras personas a sentir. Para invitarles a no esquivar ese dolor abrumador que implica hablar de la violencia que, como sociedad, sostenemos y replicamos. Pero, sobre todo, te escribo a ti. Para agradecer que hoy, igual que siempre, sigas siendo esa luz que me hace pensar que las cosas pueden ser distintas. Que me hace soñar con un mundo mejor.
Sxtoy tendrá su última función el domingo 29 de marzo a las 6:00 pm en el Foro Shakespeare