Entrevista: Andrea Salmerón sobre “En busca del Snark”

En busca del Snark, dirigida por Andrea Salmerón y presentada en el Centro Cultural Helénico, es una propuesta escénica basada en un texto de Eleonora Luna que aborda el mundo emocional de las infancias a través del juego, la imaginación y un lenguaje accesible.

La puesta construye un universo que parte de una habitación infantil para explorar emociones como el enojo, el malestar y la comunicación dentro del entorno familiar.

En esta entrevista, Salmerón comparte el proceso creativo detrás del montaje y reflexiona sobre la importancia de acercar estos temas a niñas y niños desde el teatro.

📸: Jorge Rodríguez

¿Cómo fue el proceso de traducir el universo emocional del texto de Eleonora Luna a un lenguaje escénico cercano para niñas y niños?

Muchas de las cosas ya están en el texto de Eleonora. Desde la dramaturgia existe una base muy clara: ella hace una paráfrasis de un poema narrativo de Lewis Carroll y construye una analogía en la que el “monstruo” representa las emociones de las niñas y los niños.

A partir de ahí, mi trabajo como directora fue potenciar ese universo y llevarlo a escena desde un lugar cercano. Conecté profundamente con la obra, no solo por el tema de la gestión emocional, sino también por el imaginario de los marineros y los piratas, que para mí tiene una carga muy personal. De niña jugaba mucho a eso, y me parecía importante recuperar esa dimensión de aventura que conecta fácilmente con las infancias.

También me interesaba romper con ciertas ideas preconcebidas, como pensar que ese tipo de juegos pertenecen solo a los niños. Por eso, desde la puesta, se abre la posibilidad de que cualquier infancia habite ese universo.

En escena, lo que buscamos fue evocar ese espacio íntimo que es una habitación infantil: un lugar donde, al cerrar la puerta, todo puede transformarse. Ahí conviven la imaginación, el juego y las emociones. La intención fue que las niñas y los niños se sintieran reflejados, acompañados y, sobre todo, que pudieran reconocer que sentir enojo o malestar también es válido.


El montaje tiene un carácter muy lúdico. ¿Cómo construyes ese puente entre el juego y lo emocional?

Para mí, el juego es la herramienta principal para abordar temas complejos con niñas y niños. Ellos ya entienden el mundo a través del juego: sus preocupaciones, sus miedos y sus deseos aparecen ahí constantemente.

Si observamos con atención, los juegos recurrentes, los amigos imaginarios o incluso las etapas de obsesión con ciertos temas hablan directamente de lo que están procesando emocionalmente. Entonces, el teatro no tiene que inventar ese lenguaje, sino dialogar con él.

El gran reto está en que somos adultos interpretando personajes infantiles. Para que eso funcione, no basta con representar: hay que creerse completamente el juego. Tal como lo hacen las niñas y los niños cuando convierten cualquier objeto en otra cosa. Esa entrega es la que construye la credibilidad.

En mi caso, el contacto constante con niñas y niños es fundamental. Convivo mucho con mis sobrinos y eso me permite entender mejor sus ritmos, su percepción del mundo y sus preocupaciones. Incluso en cosas cotidianas: el mundo está hecho a escala adulta, y para ellos todo implica un esfuerzo distinto.

Entonces, el puente entre lo lúdico y lo emocional se construye desde ahí: desde intentar pensar, sentir y habitar el mundo como lo hacen ellos, y desde permitir que los actores conecten con su propia infancia.


La obra no infantiliza a su público. ¿Por qué es importante mostrar a las infancias como personas capaces de entender emociones complejas?

Porque las niñas y los niños ya viven esas emociones, aunque los adultos pensemos lo contrario. Se dan cuenta de lo que sucede a su alrededor: perciben tensiones familiares, cambios, ausencias. El problema no es que no entiendan, sino que muchas veces no se les explica.

Esa falta de información puede generar angustia. Cuando algo ocurre y no se nombra, las niñas y los niños llenan esos vacíos con su imaginación, y eso puede ser más abrumador.

Además, desde muy temprana edad, en espacios como la escuela, entran en contacto con realidades diversas: pérdidas, enfermedades, diferencias familiares, diversidad funcional. Es imposible aislarlos de eso.

Por eso me parece importante no tratarlos como si no pudieran comprender, sino acompañarlos para que puedan hacerlo. Son parte de la sociedad, y lo que sucede en ella también les afecta. La clave está en cómo se lo comunicamos.

📸: Jorge Rodríguez

La obra también interpela a madres y padres. ¿Qué buscan provocar en ellos?

Buscamos abrir un espacio de diálogo. No desde un lugar de enseñanza o de dar soluciones, sino desde el reconocimiento.

El teatro para infancias siempre implica a los adultos, porque son quienes deciden asistir. Entonces, también es importante que ellos encuentren algo en la obra.

En este caso, quisimos mostrar a las figuras adultas como personas: cansadas, con preocupaciones, con dificultades para comunicarse. Porque a veces se genera una dinámica en la que todo gira alrededor de las infancias, y también es importante que ellas puedan ver a sus padres como seres humanos complejos.

Al mismo tiempo, la obra propone una mirada hacia la comunicación: cómo hablamos, cómo escuchamos y qué tanto estamos realmente presentes. Más que dar herramientas, lo que hacemos es poner un espejo para que cada familia pueda reconocerse y, a partir de ahí, abrir conversaciones.


¿Qué te gustaría que el público se lleve después de ver la obra?

Cada persona se lleva algo distinto, porque el teatro siempre se completa con la experiencia individual de quien lo ve.

Sin embargo, me gustaría que se llevaran la experiencia de compartir: el hecho de ir juntas y juntos al teatro, de reír, de emocionarse y, sobre todo, de poder hablar después sobre lo que vieron.

Para las niñas y los niños es muy valioso ver a sus padres disfrutar también. Y para los adultos, puede ser una oportunidad de conectar desde otro lugar.

Ojalá que salgan con la sensación de que no están solos, de que lo que sienten es válido y de que es posible hablar de ello. Que la obra funcione como un punto de partida para conversaciones que quizá no siempre son fáciles, pero sí necesarias.

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