Por: Jorge Rodríguez
En la cartelera mexicana, abundan las producciones teatrales que hablan del teatro. Ya sea a nivel conceptual, desde propuestas autorreferenciales, o a través de dramaturgias que exploran los distintos esfuerzos que confluyen para que una obra exista, la oferta de este tipo de propuestas parece superar con creces una demanda real. Por eso es vital que estos proyectos ofrezcan algo más que una simple mirada tras bambalinas. Porque, en el fondo, ¿qué podría interesarnos de una obra acerca de quienes se dedican al arte, si no la dimensión más humana que su oficio puede revelar?

Joshenko se mueve por inercia dentro de una industria que cada vez le promete un futuro menos alentador. Obsesionado con que sus personajes siempre mueran en escena, su carrera como actor le ha ganado una reputación más problemática que prestigiosa. Las oportunidades escasean, y los sueldos decentes aún más. Y aunque la vida artística también le ha traído cosas valiosas, como su relación con Aniushka, la ficción de esa aparente estabilidad parece estar llegando a su fin. Mientras su padre insiste en que recapacite y regrese a la escuela para construirse un futuro más estable, Reno, su mejor amigo, le ofrece la posibilidad de un pequeño papel en una nueva producción cinematográfica. Pero el temperamento explosivo de Joshenko y su extraña fijación con “morirse” en cada personaje lo empujará a un punto de quiebre donde podría perderlo todo. Todas las veces termino muerto es una tragicomedia que explora el lado más pasional y decadente de aquellas vidas dedicadas a crear.

El director y dramaturgo José Manuel Hidalgo construye una propuesta que consiste en un juego metaficcional de múltiples capas. Desde que entramos al foro, los actores se encuentran calentando mientras esperan el inicio de la función, y con la tercera llamada aparece la figura del director que da inicio a lo que parece ser más bien un ensayo. A partir de ahí, el elenco rompe constantemente la cuarta pared y nos recuerda que sus personajes son, al mismo tiempo, actores que interpretarán a otros personajes dentro de la propia obra. Pero la convención no se limita a lo meramente teatral, y la escena pronto se transforma en un set de filmación, con un director que dicta instrucciones, gritando “acción” y “corte”, mientras uno de los actores utiliza una trompeta como cámara cinematográfica. Esta propuesta dialoga de forma natural con las inquietudes centrales de la dramaturgia: la vida del artista, su identidad performativa, y esa delgada línea entre quiénes somos y los personajes que interpretamos. Hidalgo plantea así una dinámica donde la ficción se construye junto a un espectador activo, siempre consciente del artificio teatral; disminuyendo además el distanciamiento que podría existir con el protagonista y sus preocupaciones, tan propias del oficio artístico. Además, aun sin recurrir a elementos audiovisuales, la puesta consigue apropiarse de códigos cinematográficos, generando composiciones visualmente atractivas que dialogan directamente con ese otro arte en el que los actores también son una pieza esencial.
El concepto de dirección se ve potenciado sobre todo a través del diseño sonoro y de iluminación, que se convierten en sus mayores fortalezas. En un montaje deliberadamente austero, donde la escenografía y el vestuario cumplen una función meramente utilitaria, Todas las veces termino muerto delinea su universo a través de percusiones corporales y del uso puntual de instrumentos como la trompeta o la melódica: estímulos sonoros generados por el propio elenco que se integran a una serie de tracks pregrabados. La iluminación opera con una intención similar, combinando las intensidades de las luminarias de parrilla con pequeñas lámparas de mano manipuladas por los propios intérpretes, que construyen atmósferas de inesperada intimidad. Son estas decisiones creativas las que enfatizan el carácter lúdico del montaje y nos recuerdan que, en este universo, todo nace a partir de los actores.

La cuestión es que, ahí donde la dramaturgia plantea a los actores como elementos esenciales —construyendo todo su discurso alrededor de las vicisitudes de esta profesión—, es precisamente en la dirección de actores, y por ende en sus interpretaciones, donde Todas las veces termino muerto comienza a perder solidez. Como ya mencioné, la obra exige un trabajo particularmente complejo, donde cada intérprete encarna a un personaje que, a su vez, es un actor contando la historia de nuestro protagonista. Pero aunque el dispositivo favorece ese juego metateatral y el desdibujamiento entre identidades, el manejo del tono termina por desequilibrar al elenco y evidenciar algunas de sus flaquezas.
Natanael Ríos, por ejemplo, encuentra una notable soltura en ese vaivén entre personajes, construyendo a un Reno compasivo, dorky y al mismo tiempo egoísta; un personaje que entiende perfectamente que el medio artístico consiste en aguantar vara y en quedar bien con las personas correctas. Su potencial cómico lo convierte en uno de los pilares del montaje, alcanzando quizá su mejor momento en la escena donde Joshenko acude a casa de su padre para pedirle dinero. Ahí, Ríos interpreta al gato de la nueva novia del padre y arranca carcajadas del público a partir de una absurda corporalidad y una serie de maullidos ejecutados con un timing inmejorable.

No ocurre lo mismo con Abraham Villafaña, quien interpreta tanto al padre de Joshenko como al director del set donde Reno le consigue trabajo. Aunque ambos personajes funcionan como voces de razón frente al espíritu más humorístico del texto, la solemnidad con la que Villafaña los aborda termina volviéndolos figuras demasiado planas, sin suficientes matices o contrastes entre sí, al punto de dificultarnos distinguir con claridad cuando transita de uno al otro.

Por su parte, Jimena Buen Abad interpreta a Aniushka, una presencia que permanece más como recuerdo que como personaje plenamente desarrollado. Dramaturgicamente, Aniushka existe como la imagen idealizada que Joshenko conserva de su ahora exnovia, convertida en el último vínculo emocional al que puede aferrarse. Sin embargo, la cualidad etérea con la que Buen Abad la interpreta, sumada a la naturaleza abstracta del personaje desde el propio texto, impide que Aniushka termine de sentirse como alguien de carne y hueso, relegando a la actriz a una función más cercana a un ensamble que a una verdadera contraparte dramática. Solo en una escena de flashback, donde vemos su relación en su mejor momento, alcanzamos a vislumbrar el peso simbólico del personaje, como aquel vínculo emocional y humano que impide que Joshenko se pierda en su propia tragedia.

El caso más complejo es el de Alejandro Camarena, el mismo Joshenko, pues aunque el actor encuentra en el personaje múltiples matices desde la rabia, la frustración y la depresión, esa construcción termina jugando en contra de lo que el montaje parece plantear. Su Joshenko se presenta como un auténtico poeta torturado; visceral, terco e incapaz de recibir críticas o de aceptar ayuda, encapsulado en una decepción por su propio fracaso que ha convertido en una coraza hostil. El problema es que casi todas sus interacciones con el resto de los personajes están marcadas por la apatía o la confrontación, haciendo cada vez más difícil empatizar con él o interesarnos genuinamente por su destino. Cuando finalmente lo expulsan de la filmación por desobedecer instrucciones e insistir en alterar el guion para hacer morir a su personaje, el propio director le deja claro que han sido su conducta y su actitud las que le han cerrado las puertas. Y como espectadores, cuesta no darle la razón. Ahí es donde el montaje parece entrar en contradicción, la cual se convierte en su verdadero talón de Aquiles. Si la intención era explorar el lado más humano de una profesión marcada por la precariedad y los abusos, el personaje de Joshenko termina retratando a los actores como figuras egocéntricas e inmaduras, cegados por su propia identidad de víctimas incomprendidas, con la que resulta difícil conectar. Por eso, cuando la obra alcanza su clímax y Aniushka debe impedir que Joshenko tome una decisión fatal, la escena se experimenta con distancia; haciendo que observemos el desenlace, pero que difícilmente lo vivamos con emoción.

Es precisamente ahí, en esos puntos de debilidad, donde cuestiono la pertinencia de este montaje. Resulta imposible no reconocer el enorme valor de la dramaturgia como un juego de ficciones particularmente estimulante, o el cuidado con el que José Manuel Hidalgo dispone los elementos necesarios para construir una experiencia escénica sensorial e íntima. Pero cuando una obra decide hablar sobre el propio oficio actoral —sobre sus heridas, sus precariedades y sus obsesiones—, también asume el reto de volver ese universo emocionalmente legible para quienes existen fuera de él. Y en este caso, en el esfuerzo por sostener la sofisticación de su dispositivo, la obra termina descuidando la sustancia emocional que permitiría que ese discurso realmente atraviese a un público más amplio. Descuidando, irónicamente, a ese mismo trabajo actoral que busca explorar y enaltecer.
Quizás la mayor muestra de ese potencial desaprovechado está en su propio título, repetido por Joshenko casi como un mantra que nunca terminamos de entender. Nos encontramos, entonces, ante la imagen potentísima de un actor obsesionado con morir una y otra vez a través de sus personajes; una contradicción particularmente sugerente dentro de una profesión dedicada, en esencia, a dar vida. Pero también ante un montaje que, frente a esa premisa, nunca termina de consolidar la muerte como símbolo ni como verdadero eje temático.
Así, Todas las veces termino muerto funciona menos como una reflexión emocionalmente accesible sobre la precariedad, la frustración y el desgaste del oficio actoral; y más como un cautionary tale profundamente endogámico sobre una profesión que, en el acto mismo de crear, parece consumirse a sí misma. Un montaje estimulante y genuinamente disfrutable, sí; pero difícilmente uno indispensable.

Todas las veces termino muerto se presenta los martes a las 8:00 pm en el Centro Cultural El Hormiguero. Funciones hasta el 2 de junio. Boletos disponibles en taquilla y en Boletópolis.