Por: Estefanía Córdova
¿Si en México la mayor parte de la clase trabajadora no podemos pagar para asistir a un partido del Mundial, podemos vivir la experiencia, a través de usar la playera de la selección?
Nathalie Olah en “Mal Gusto: la política de lo feo” (2025) describe la economía de la experiencia como “la mercantilización de las cosas cotidianas, (…) de la enajenación del espacio público y las dimensiones exclusivas, prohibitivas e ‘inmersivas’ de actividades hasta entonces sencillas” (p. 167). Como, por ejemplo: ver un partido.
Si los precios dinámicos de las entradas para los partidos que se disputan en el Estadio Azteca ascienden a cantidades absurdas de miles de pesos y la playera oficial de la selección mexicana patrocinada por Adidas cuesta $2,999 pesos mexicanos; comprar la playera “pirata” e ir a Reforma a “vivir” los partidos se ha convertido en la opción para la mayoría de las personas que no desean quedar fuera de la “fiebre mundialista”.
Los altos costos para esta edición del Mundial han terminado de convertir al evento en uno elitista, alejado de las realidades y preocupaciones sociales de las personas que viven en las ciudades sedes y de las personas aficionadas al fútbol. Y aún así, (en esta parte, vuelvo a retomar el análisis de Olah) persiste en las clases trabajadoras la necesidad de demostrar que somos parte del todo como estrategia de supervivencia: “La economía de la experiencia al completo podría considerarse un duplicado de la vida que disfruta la clase ociosa, y un intento de crear alternativas artificiales y en pequeñas dosis que permitan a los participantes proyectar cierto grado de prosperidad al mundo exterior” (p. 172).

El ocio al que tenemos acceso hoy en día se valora a partir de la colección de fotos que podamos presumir en redes sociales. El atuendo que portamos forma parte de esa narrativa que construimos para la expresión de una identidad reducida a retratar imágenes curadas y arregladas de quiénes somos. Por eso en las publicaciones que compartimos no importa si nuestra playera es o no original. Eso no se distingue, ni siquiera, cuando estamos en el espacio público siendo parte de lo que ocurre en el momento.
Hay un consenso entre la población respecto a elegir comprar la playera que no es original. El argumento principal, junto al costo más accesible, es que las personas consumidoras prefieren apoyar la economía local, comprando directamente en el mercado informal. Esta idea está construida a partir de creer que todos los procesos de producción de mercancías en masa ocurren en países lejanos a los sitios en los que vivimos, pero la producción de las playeras oficiales de la selección mexicana para este torneo fueron producidas en Irapuato, León por la empresa Grupo Martex. Esta empresa mexicana lleva varios años siendo proveedor para Adidas, en esta ocasión manufacturaron 5 millones de playeras para la afición. Alrededor de 3,500 trabajadoras fueron las responsables de producir 120 mil playeras diarias. Comprar la playera original genera que las trabajadoras textiles reciban los salarios pertinentes por el trabajo ya realizado. Una pequeña porción de la ganancia capitalista que Adidas continúa generando sí, pero que representa el sustento de esas familias.
A esta cantidad de playeras oficiales, se le suma la producción de millones de prendas clones y prendas inspiradas en el Mundial. Las marcas de moda tanto de la industria global como nacional, así como otras empresas que venden consumo se han sumado a la producción insostenible de ropa que no necesitamos pero que están inspirada en la moda del momento. Hay un sinfín de publicidad y creación de contenido acerca de elegir, customizar y estilizar las playeras de fútbol. Las opciones de las marcas de moda rápida son simples en diseño, las de las marcas mexicanas reproducen símbolos e imágenes que ya saben son aceptadas como estética mercantilizable.

Hay quienes también buscan generar una simulación de rebeldía como el caso vergonzoso de una marca española que de la forma más extractivista posible utiliza los símbolos zapatistas para la apariencia de una estética revolucionaria. Pero también están quienes las utilizan como medio de protesta para acompañar y vestir acciones de resistencia comunitaria como Vlocke negro o como las playeras creadas en Tijuana para mostrar apoyo a la selección de Irán ante los tratos inhumanos por parte del gobierno de Trump. Luego están las playeras intervenidas por las madres buscadoras para denunciar que nos siguen faltando más de 130 mil personas, para exigir al gobierno su responsabilidad frente a la crisis humanitaria de personas desaparecidas en nuestro país. Frente a estas playeras estampadas con los rostros de seres queridos ausentes, todas las demás terminan siendo innecesarias.

El organizador principal del evento ha querido borrar cualquier connotación política pero este va a ser un Mundial recordado por la dignidad de las selecciones que se presentaron a pesar de las adversidades impuestas, de las aficiones solidarias y los lazos de compañerismo que surgieron a partir de reconocernos en nuestras luchas frente a las élites capitalistas, por el poder transgresor que puede tener una simple playera “pirata” intervenida con una frase que recoge un sentimiento en común: Pinche FIFA.