Fiesta de compromiso: ponerlo en palabras

Por: Jorge Rodríguez

Hoy escribo sobre una propuesta que considero, sobre todo, tremendamente ambiciosa. De hecho, supe desde el primer cuadro que estaba frente a un montaje dispuesto a asumir un riesgo enorme. Uno que te invita a caminar con él sobre una cuerda floja, sin ninguna red de seguridad. Como si entráramos a una pintura renacentista, entre candelabros, platones de cobre y copas de cristal, nos convertimos en invitados a una reunión para celebrar un futuro matrimonio. En esta fiesta, son los cuerpos, las miradas y los músculos que se tensan los que dicen todo aquello que los personajes son incapaces de confesarse entre sí. Pronto habitamos un universo plástico donde todo se va pintando y diluyendo como acuarelas vivas, y donde la única certeza es el silencio. Esta obra, como pocas, en verdad se compromete a hablarnos a través de un nuevo lenguaje. Y es precisamente desde esa ambición donde la obra se convierte en una propuesta a la que hay que prestar atención. Porque si algo tienen claro en Nostalgia Teatro, con esta nueva producción y con su característica osadía y entusiasmo, es que algunas historias no admiten un tratamiento convencional. A veces hay cosas de las que solo se puede hablar desde ahí. Desde el riesgo.

📸: Jorge Rodríguez

Este montaje confirma al teatro-danza como otro de los múltiples lenguajes que la generación más joven de la escena mexicana ha aprendido a dominar. Desde la dramaturgia y dirección, como ya le es costumbre, Clemente Vega construye un universo interesado menos en aquello que sus personajes dicen que en todo lo que eligen callar. Para ello, renuncia literalmente a la palabra hablada para confiar en el movimiento, la luz, el sonido y las voces interiores como principales vehículos narrativos. De hecho, su mirada pocas veces se posa sobre un conflicto explícito y elige, más bien, volver la vista hacia todas las tensiones que lo preceden. Como consecuencia, el compromiso matrimonial que da nombre al montaje es apenas el detonador que revela toda una red de afectos y resentimientos que permanecía contenida bajo la superficie. Clemente orquesta Fiesta de compromiso como una sinfonía de gestos, sonrisas, miradas y cuerpos que, en conjunto, construyen una galería de cuadros vivientes, donde incluso la inmovilidad parece estar en constante transformación. Con un enorme cuidado por la composición escénica —trazando imágenes hermosas, dignas de museo— y un ritmo que transita con astucia de la vorágine al colapso, el montaje encuentra en la danza y en la expresión corporal un lenguaje ideal para explorar, desde una mirada fresca y contemporánea, uno de los pilares de la sociedad que llevamos años revisando y cuestionando: las estructuras familiares.

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Pero más que solo narrar el derrumbe de una familia, la propuesta observa cómo sus integrantes se mueven y reorganizan para sostener aquello que todavía los mantiene unidos. Bajo esa lógica, Clemente Vega trabaja en conjunto con la dirección coreográfica de Alberto Castro para explotar la actoralidad a través del silencio. La integración de voces en off nos permite asomarnos al pensamiento íntimo de cada personaje, mientras que la corporalidad se encarga de revelar todo aquello que la fachada no alcanza a ocultar: el dolor escondido detrás de una sonrisa sostenida con los dientes pelados y los ojos saltones, o la violencia heredada que termina filtrándose en la forma de caminar, de abrazar o de mirar al otro. Entonces, cada cuerpo parece debatirse constantemente entre contener el impulso o dejarlo escapar, hasta que finalmente se reintegra a la masa. A un cardumen de intenciones que cambia constantemente de forma y de dirección, pero que jamás deja de dibujar una misma constelación.

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Esa tensión y distensión que atraviesa los cuerpos del elenco termina por expandirse también al universo plástico del montaje. De hecho, toda la propuesta escénica parece debatirse constantemente entre dos fuerzas opuestas: la apariencia y la realidad. La iluminación de Daniela Espino, el espacio y vestuario concebidos por Clemente Vega, y el cuidadoso diseño sonoro construyen una primera imagen de aparente armonía: un ostentoso bodegón repleto de cristalería, floreros, fruteros y manteles largos, bañado por una luz cálida que convierte la escena en una pintura completamente idealizada. Todo parece dispuesto para sostener la ilusión de una familia perfecta: desde el tintineo de las copas y cubiertos hasta el vestuario en una paleta de ocres, terracotas y blancos, como evocando el más majestuoso claroscuro de Caravaggio.

Poco a poco, esa pintura comienza a resquebrajarse. La luz cálida cede su lugar a una iluminación blanca, casi brutalista, mientras el exceso de objetos pierde todo significado. Los jarrones, las copas de cristal y la porcelana dejan de significar elegancia para convertirse en un cúmulo de adornos incapaces de disfrazar aquello que llevaba mucho tiempo roto. La transformación culmina en una escena final brillante: nuevamente una mesa, pero ahora desnuda, con sillas plegables y vasos de unicel; para comprender que la calidez nunca estuvo en los candelabros y manteles largos, sino en quienes, aun después del derrumbe, decidieron permanecer unidos alrededor de ella. Una contradicción preciosa, donde la calidez incomoda y la aparente frialdad de un café compartido a altas horas de la madrugada, despojado ya de toda pretensión, resulta infinitamente más reconfortante.

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Y hablando de contradicciones, quizás uno de los mayores aciertos de Fiesta de compromiso sea negarse constantemente a construir personajes desde una sola mirada. Aquí no hay héroes absolutos ni villanos unidimensionales, sino relaciones imposibles de reducir a una sola lectura. Francisco Mena, por ejemplo, encuentra en el padre una figura de autoridad cuya aparente solidez, cimentada sobre el poder machista, termina desmoronándose hasta revelar a un hombre profundamente pequeño; mientras que Aida del Río convierte a la hermana en un personaje cuya violencia nace, paradójicamente, del deseo de proteger aquello que todavía considera salvable. Gaby Castillejos, por otro lado, evita reducir a la dama de honor al lugar de la amante para construir una mujer igualmente atrapada por las falsas promesas del amor. Y el ensamble, conformado por Alejandra Maldonado, Óscar Juan Bautista Chávez y Yael López, deja de funcionar como un acompañamiento de fondo para convertirse en la materialización de aquellos impulsos, deseos y tensiones que los protagonistas apenas consiguen contener.

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Ahora, si existe un personaje donde todas esas fuerzas terminan por converger, ese es el de la madre. Mónica Bejarano construye a una mujer que habita simultáneamente la fragilidad y la firmeza, la sumisión y la autonomía, el miedo y la capacidad de decir basta. Durante buena parte de la obra, parece ser la más determinada en sostener la imagen de una familia perfecta, cuidadosamente construida para ocultar años de violencia e infidelidad, hasta que comprende que esa misma ilusión ha terminado por borrar cualquier rastro de sí misma. Además, queda atrapada entre dos hijas que la miran desde lugares profundamente distintos: mientras la prometida parece exigirle sostener esa ilusión el tiempo suficiente para poder escapar de ella, su otra hija oscila constantemente entre reprocharle haber alimentado durante años esa mentira y reconocer en ella a otra víctima de esa misma violencia. Es entonces cuando el montaje le concede el gesto más radical de todos, devolviéndole la posibilidad de elegir su nueva realidad. Bejarano sostiene ese tránsito del desamparo al redescubrimiento con una contención realmente conmovedora, permitiendo que el personaje jamás abandone su humanidad. Y no es casualidad que sea ella quien permanezca en la última imagen de la obra. Pues es ahí, donde ya no queda nada por aparentar, que la madre encuentra finalmente un lugar desde el cual volver a mirarse.

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Pero es en la relación entre la novia de Elisabetha Gruener y el novio de Alberto Quijano donde Fiesta de compromiso encuentra, para mí, su lectura más inesperada y verdaderamente contemporánea. Todo parece conducirnos a pensar que ese matrimonio jamás debería celebrarse. Él intenta reprimir violentamente una homosexualidad que nunca ha podido vivir en libertad, mientras ella descubre —o quizá siempre intuye— que el hombre con quien está a punto de casarse guarda un secreto imposible de ignorar. Sin embargo, la obra nos aparta de cualquier juicio moral para preguntarnos si en verdad dos personas pueden seguir siendo el lugar seguro del otro, incluso cuando el amor no responde a las formas que esperamos de él. Como el agua serena de un estanque al que ambos recurren para encontrar calma, juntos descubren que, aun desde sus propias fracturas, son capaces de sostenerse mutuamente. Él quiere ahogar sus propias dudas e impulsos para mantenerla a ella a flote. Y ella comprende que permanecer a su lado no significa negar la verdad, sino reconocer que también él representa una forma de mantenerse a flote frente a aquello que ambos llevan toda la vida intentando dejar atrás. Así, los novios encarnan, de una forma extremadamente poética, la manera en que las familias se reestructuran para seguir siendo esa tierra firme a la que podamos regresar cuando la marea se vuelva más turbulenta.

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Como las dos hermanas que vuelven a encontrarse bajo la mesa, regresando a ese lugar seguro que ambas significaron para la otra cuando eran niñas, Fiesta de compromiso entiende que las familias sobreviven y se fortalecen en su capacidad para reestructurarse una y otra vez, sin dejar de cuidarse. Y quizá el mayor logro del montaje es precisamente la fina mirada con la que nos empuja a explorar aquellas relaciones que creíamos conocer de memoria, desde otro lugar. En Fiesta de compromiso, yo percibo con claridad la evolución del lenguaje escénico que Clemente Vega y Nostalgia Teatro han ido construyendo desde su primer montaje. Uno que ya poseía una identidad muy definida, pero que en Fiesta de compromiso alcanza, para mí, una madurez particularmente emocionante. Y quizá por eso este montaje necesitaba prescindir de la palabra. Porque basta con observar un cuerpo tensarse o una sonrisa torcerse para reconocer un lenguaje que nosotros mismos hablamos todos los días, cada vez que decidimos callar aquello que desearíamos gritar hasta la afonía. Porque cuando de relaciones familiares se trata, en especial de aquellas atravesadas por la represión, el dolor y la violencia, mucho sentimos. Pero poco podemos poner en palabras.

Fiesta de compromiso se presenta los domingos a las 8:30 pm en el Foro Shakespeare. Funciones hasta el 12 de julio. Boletos disponibles en taquilla y en línea.