Por: Jorge Rodríguez
Si algo, el teatro está hecho para suspender la realidad. Para olvidarnos, al menos por un par de horas, de que el mundo puede ser una vorágine de dolor y decepción. Las comedias, en particular, nos ofrecen un espacio donde la risa deja de ser una simple distracción para convertirse en una forma de hacer más llevadera la vida cotidiana. Y fuera del escenario hacemos exactamente lo mismo: cuando algo nos duele o nos incomoda, solemos introducir un chiste, cambiar de tema, o simplemente fingir que nada pasa. Quizás por eso el teatro que vive de las risas resulta tan reconfortante. Porque nos permite habitar, aunque sea por un instante, una realidad alterna que coquetea constantemente con lo imposible. Con algo tan improbable, y al mismo tiempo tan cautivador, como la oportunidad de vivir la época navideña a medio verano.

En plena cena de Nochebuena, una familia hará el mayor de los esfuerzos por recomponer una relación fracturada tras varios años de distanciamiento. Verónica, la hija menor, regresa desde Londres para pasar la Navidad y presentar por primera vez a su novia. Sus padres, Javier y Luz María, han atravesado un largo proceso de transformación personal para aceptar la orientación sexual de su hija y recuperar el vínculo que alguna vez perdieron con ella. Javier enfrenta la vida con un optimismo inquebrantable, mientras que Luz María sigue incómoda con las concesiones que ha tenido que hacer para abrazar esta nueva etiqueta de «familia moderna». Desde reconfigurar la decoración de su departamento hasta practicar inglés en una aplicación de idiomas para darle la mejor bienvenida posible a su nueva nuera, ambos están decididos a recuperar a su hija, sin importar los medios. Entre ellos se mueve Martín, el hijo mayor, quien intenta mediar entre las buenas intenciones de sus padres y la visión mucho más contemporánea de su hermana. Pero cuando el regreso de Verónica viene acompañado de una disparatada sorpresa, la cena familiar pronto se convierte en una olla de presión donde las frustraciones y los reproches no tardan en salir a la luz. Poco a poco, Nunca he estado en Dublín desplaza tanto a sus personajes como al espectador hacia un universo demencial donde cada personaje parece habitar una versión distinta de la realidad.
Esta máquina de carcajadas funciona con fluidez gracias a la inteligente dirección y adaptación de Marco Pacheco —a partir de la dramaturgia original de Markos Goikolea—, quien entiende, entre muchas cosas, que una comedia tan atrevida como esta debe irse ganando lentamente al espectador. En lugar de pedirle que acepte desde el primer minuto un universo profundamente absurdo, el montaje opta por conducirlo poco a poco hacia las reglas que lo hacen funcionar. La obra comienza como una comedia familiar reconocible, una sitcom a la mexicana, que va tensando gradualmente los límites de la verosimilitud hasta que el público termina entrando, casi sin darse cuenta, al juego de la locura. Es una apuesta arriesgada cuyo éxito depende, en buena medida, de la precisión con la que Pacheco sincroniza el tono, el ritmo y el movimiento de sus intérpretes para hacer creíble su escalada hacia el delirio. Y esa precisión también se manifiesta en un trazo escénico que obedece una lógica mucho más cotidiana. Aunque los personajes habitan un universo cada vez más absurdo, sus cuerpos se mueven con la naturalidad de una familia que simplemente se prepara para la cena de Nochebuena: entrando y saliendo de las habitaciones, poniendo la mesa o saliendo al balcón a ver los fuegos artificiales. Así, el contraste entre ese naturalismo y los disparates que poco a poco invaden la conversación termina por hacer todavía más creíble el universo que la obra propone.

Una construcción de esta naturaleza exige intérpretes capaces de habitar con absoluta convicción el absurdo. Y es ahí donde Mónica Huarte y Silverio Palacios encuentran algunos de los momentos más sólidos, como verdaderos pilares de esa familia y del propio elenco. Silverio construye un Javier bonachón e ingenuo, cuya fe ciega en el pensamiento positivo lo convierte en un personaje sumamente carismático, sin caer nunca en la caricatura. Mónica, por su parte, transita con enorme naturalidad de la ironía a la desesperación, incapaz de reconciliarse con la versión de la realidad que su hija insiste en defender, hasta terminar entregándose por completo a esa misma locura. Ambos entienden que la comedia no nace del disparate, sino de reaccionar a él con absoluta honestidad. Y desde esa honestidad, encuentran algunos de los momentos más hilarantes de la función: desde los extravagantes rituales de manifestación de Javier hasta la desastrosa pero apasionada interpretación en spanglish de «Los peces en el río» por parte de Luz María. Más allá de esos instantes de comedia, ambos construyen un matrimonio profundamente amoroso, cuya complicidad permanece intacta incluso cuando salen a la luz las fracturas económicas y emocionales que atraviesan a la familia. Pero, aunque son ellos quienes sostienen el corazón del conflicto, la relación más entrañable de la obra termina construyéndose, curiosamente, fuera del matrimonio.

Miguel Tercero da vida a Martín, el hijo mayor que pasa gran parte de la obra dividido entre apoyar la relación poco convencional de su hermana y esperar, con una esperanza casi infantil, la llamada de su exesposa; convencido de que en cualquier momento le permitirá pasar la Navidad junto a su hijo. Miguel dota al personaje de una irreverencia ácida que poco a poco se resquebraja para dejar ver una vulnerabilidad inesperadamente conmovedora. Y, curiosamente, mientras Luz María se asume incapaz de comprender la mente nublada por el amor de Verónica, con Martín hace exactamente lo contrario. Frente a su hijo, ella deja de ser la voz de la razón para convertirse en la principal cómplice de esa ilusión que él necesita sostener: la posibilidad de recuperar a su familia. Es ahí donde la obra encuentra uno de sus matices más interesantes, mostrando cómo una misma persona puede juzgar con dureza las ilusiones ajenas y, al mismo tiempo, proteger con ternura aquellas que mantienen a flote a quienes más ama. Como una madre que justifica cualquier cosa por su hijo, Luz María no intenta devolverlo a la realidad; por el contrario, alimenta con él esa esperanza. Y es precisamente esa contradicción la que convierte la relación entre ambos en el vínculo más entrañable de la obra.

Ahora bien, precisamente porque la propuesta depende tanto de la convicción del elenco, cualquier desajuste de tono termina por hacerse especialmente evidente. Y es ahí donde el trabajo de Daniela Méndez lamentablemente desentona con el resto del montaje. Aunque Verónica es quien lleva el disparate hasta la mesa familiar y desencadena la vorágine, su convicción frente a la existencia de esa novia invisible nunca termina de sentirse absoluta. Por momentos, su interpretación parece demasiado consciente del carácter extravagante de las situaciones que atraviesa y, en consecuencia, algunas de sus escenas generan más cringe que verdadera comicidad. Claro ejemplo es ese característico «my darling» con el que se refiere a su novia, cuyo tono se siente más como una parodia que como un rasgo orgánico del personaje, y que Daniela repite una y otra vez con una sonrisa burlona, carente de toda verosimilitud. Paradójicamente, el personaje más absurdo de la obra necesita ser interpretado con la mayor seriedad. El contraste que hace funcionar a Verónica no nace de la realidad que defiende con tanta vehemencia, sino de la absoluta naturalidad con la que la habita. Y cuando esa convicción se diluye y la interpretación parece demasiado consciente de la extravagancia de la situación, el contraste pierde fuerza y, con él, parte importante de la comicidad del montaje. Desafortunadamente, esa ligera falta de convicción basta para romper, por momentos, la delicada armonía que el resto del elenco consigue sostener.

Pero más allá de ese desajuste, el resto del trabajo creativo sí logra reafirmar la solidez del universo que la obra requiere. La escenografía e iluminación de Leticia Olvera, la música y el diseño sonoro de Maglog Orozco, y el vestuario de Brisa Gómez encuentran en conjunto un equilibrio muy particular entre naturalismo y fantasía. El montaje nunca abandona la apariencia cotidiana de la sala-comedor de un departamento de clase media mexicana, pero tampoco pretende reproducirla con absoluto rigor. La iluminación y el diseño sonoro amplían constantemente los límites visibles del escenario, dando vida a los espacios que permanecen fuera de escena, como las habitaciones al fondo del pasillo o el balcón desde donde estallan los fuegos artificiales. El vestuario, por su parte, termina de vestir ese universo con una calidez profundamente decembrina, donde cada textura, color y detalle parecen existir bajo una versión ligeramente idealizada de la realidad. Un realismo suavizado por la magia de la Navidad que, poco a poco, acaba respirando el mismo encanto reconfortante de una Hallmark movie.

Pero esa atmósfera casi fantástica no responde únicamente a una decisión estética. De hecho, Nunca he estado en Dublín emplea ese universo plástico, ligeramente más cálido y luminoso, para hablar de una necesidad humana muy reconocible: la de negociar con la realidad para volver un poco más llevadero aquello que nos duele. Y negociar implica siempre hacer concesiones. Javier, por ejemplo, elige creer que el universo conspira a su favor para no reconocer que no solo ha perdido su trabajo, sino también el control sobre su propia vida. Martín insiste en esperar el regreso de una vida que ya perdió, incapaz de renunciar a la esperanza de volver a abrazar a su hijo. Verónica exige que todos acepten la realidad en la que ha decidido vivir, convencida de que solo así podrá dejar de sentirse rechazada. Y Luz María se aferra a la idea de una familia que hace tiempo dejó de existir, pues aceptar su ruptura significaría aceptar también el fracaso de todo aquello que le tomó tantos años construir. Claramente, ninguno está completamente dispuesto a mirar el mundo tal como es. Y el momento más revelador de la obra llega cuando Martín deja de defender la versión de la realidad de su hermana, justo en el instante en que ella cuestiona y amenaza la suya. Al final, en ese limbo entre el realismo, la ficción y la absoluta fantasía, la pregunta deja de ser si alguno de ellos tiene la razón o está equivocado. La verdadera pregunta es cuánto estamos dispuestos a deformar la realidad para sentir un poco menos de dolor.

Para mí, ese es el mayor valor de Nunca he estado en Dublín. No las carcajadas que arranca durante poco más de hora y media, sino la enorme ternura con la que observa todas esas pequeñas ficciones que construimos en nuestra cabeza. Porque negociar con la realidad no siempre es un acto de cobardía; a veces también puede ser una forma de resistencia, de supervivencia o, simplemente, de amor. Y es precisamente ahí donde la comedia demuestra por qué sigue siendo uno de los géneros más generosos del teatro. No porque nos permita olvidarnos de la realidad durante un par de horas. Más bien, porque nos devuelve a ella con un poco más de compasión hacia esas «mentiras» —esas distintas versiones de la realidad— que los demás, y nosotros mismos, necesitamos creer para seguir adelante.

Nunca he estado en Dublín se presenta los miércoles a las 8:30 pm en el Foro Shakespeare. Funciones hasta el 8 de julio. Boletos disponibles en taquilla y en línea.