Bolsillos o lo que nos guardamos para nosotras

Por Estefanía Córdova

Hace un mes se llevó a cabo la Semana de la moda en distintas ciudades del mundo, en esta ocasión las marcas de moda presentaron sus colecciones para la temporada primavera-verano del 2026. Para enterarte de lo que sucede en estas presentaciones no es necesario que las sigas atentamente, las redes sociales nos ayudan con ese despliegue de imágenes, con un vistazo rápido hay algunas cosas que llaman la atención o no, y esa es una de las características de la moda que permite hacer juicios a primera vista. Eso me pasó cuando vi las fotografías de la colección de Miu Miu, especialmente una prenda que se repetía en varios looks: el delantal, en colores vibrantes, con estampados de flores, olanes, cortes y transparencias provocadoras. Me hicieron preguntarme si se estaba romantizando el trabajo doméstico que realizan las mujeres con estos delantales que son meramente decorativos.

Entre toda esta propuesta visual la ausencia de un elemento que es esencial en este tipo de prendas me llamó la atención: los bolsillos. Así que terminé viendo el resto de la colección para saber si mi juicio a primera vista se sostenía o no. Aparte de los primeros delantales que evocaban mucho más a la idea de género sobre lo femenino y lo doméstico, se presentaron otros con un estilo que recuerda a un trabajo que parece mucho más “rudo”, más grandes, en colores obscuros, hechos de cuero y con una silueta leída como masculina pero sobre todo con bolsillos que se pueden intuir bastante amplios. Quedé por lo menos intrigada con esta diferencia, en cómo un mismo tipo de prenda puede ser presentada de formas distintas implicando interpretaciones muy dispares, reforzando estereotipos y normas de género, y me dio el pretexto perfecto para hablar sobre los bolsillos.

La mencionada colección de Miu Miu lleva por nombre “En el trabajo”. La diseñadora Miuccia Prada señala que esta colección trata sobre la importancia del trabajo, su relevancia y significado al ser la vía para la independencia y la agencia; pero sobre todo es una consideración al trabajo que realizan las mujeres, sus retos y sus experiencias, su invisibilidad es confrontada, reconocida y valorada. El trabajo de las mujeres es visto como expresión de esfuerzo, de cuidado y de amor. Se utiliza el delantal por ser el símbolo universal del trabajo, la nobleza y el respeto. Nathalie Olah reflexiona en su libro Mal gusto: la política de lo feo sobre “cómo se ejerce sutilmente el poder a través de la moda, a menudo por vías diseñadas para parecer incoherentes y absurdas desde afuera. Para que esa moralidad de arriba abajo funcione, para que los que ostentan el poder puedan camuflar hábilmente la intolerancia en un lenguaje de inquietud estética, y para que los demás nos creamos este razonamiento, los estilos de la clase dominante deben ser hasta cierto punto esquivos” (Olah N., 2025, p.92). Y a mí las motivaciones para la colección, las prendas presentadas en la pasarela y los análisis hechos por los medios de moda convencionales me parecen huidizas, me generan una sensación de incoherencia porque el mensaje se encuentra velado.

Miu Miu Fashion show Primavera-verano 2025-2026

La moda toma elementos subversivos que se blanquean para que pierdan su potencia de cambio, en este caso hay una marcada intención de presentar la demanda feminista de reconocimiento al trabajo de las mujeres. Las feministas marxistas, las feministas de la economía feminista y las ecofeministas son quienes han teorizado y denunciado sobre la invisibilización de las mujeres en el trabajo asalariado y en el trabajo que conocemos como doméstico y que se realiza en el espacio privado. Entonces vale la pena preguntarse: ¿Qué tipo de trabajo se enaltece, el asalariado que te explota en la fábrica o el doméstico que romantizado bajo la mística de lo femenino reproduce la vida para que el capitalismo la expolie?, ¿A qué tipo de trabajo se le reconoce que otorga independencia y agencia, al que solo ocurre en una economía que depende de la venta de la fuerza de trabajo para obtener un salario y así acceder a cubrir nuestras necesidades por medio del consumo o al trabajo que recluye a las mujeres a ciertos mandatos de género que las obligan a reproducir la vida para convertirla en mano de obra explotada?

¿No podemos pensar en otras definiciones de trabajo que no impliquen sacrificio, que no recurran a que el cuidado y el amor estén supeditados a una lógica de acumulación?, ¿Y cómo trabajamos sin prendas que nos permitan tener a la mano las herramientas que necesitamos o que nos hagan sentir cómodas mientras trabajamos, sin uno o varios bolsillos que nos permitan guardar los objetos que nos son indispensables a lo largo de nuestras jornadas laborales? Esta colección refuerza la idea de que las mujeres naturalmente realizan y solucionan todo, que no requieren de materialidades que les hagan posible involucrar su capacidad de fuerza de trabajo en procesos productivos y reproductivos, que además casi nunca se menciona son exhaustivos, explotadores, con poca o nula remuneración y con jornadas que nunca terminan.

La vida muchas veces se sostiene por gestos que se consideran insignificantes por lo mínimos que parecen ser pero la privación de éstos generan dificultades que se van acumulando, configurando una forma diferenciada de estar en el mundo para cada persona. A diferencia de la ropa, de la cuál hemos olvidado su funcionalidad primaria -cubrirnos el cuerpo del medio exterior- la utilidad de los bolsillos es algo que tenemos presente todos los días sobre todo cuando nos hacen falta. Está cuestión como todas las demás en la vida está marcada también por la condición de género.

Antes del siglo XVII ni los hombres ni las mujeres tenían bolsillos en su ropa, es a partir del Renacimiento que la ropa masculina empieza a contar con varios bolsillos en las distintas prendas que portaban. Argumentando la conservación de una silueta pensada para las mujeres, la ausencia de bolsillos en su ropa significaba más bien la sentencia a que no se les permitiera contar con autonomía material. Las mujeres a diferencia de los hombres no tenían poder, propiedad ni privacidad y por tanto se asumía que no tenían nada que fuera necesario guardar en bolsillos, ni dinero, ni llaves, ni objetos personales que no fueran los domésticos. En última instancia no tenían que abandonar el hogar, el sitio que contenía todo lo que necesitaban, ni mucho menos pensar en hacerlo sin compañía y la asistencia que sus acompañantes estaban siempre dispuestos a proveerles. El espacio público estaba diseñado para que los hombres caminaran las calles con las manos en los bolsillos llenos de sus bienes materiales, listos para enfrentarse al mundo. Y es distinto caminar por el mundo así, con los bolsillos llenos de recursos.

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Pero como he mencionado los bolsillos son de carácter práctico, contienen nuestras vidas porque “si algo hacen los humanos es poner algo que desean, porque es útil, comestible o hermoso, en una bolsa, una canasta, (…) y luego sacas lo que recogiste y lo comes o lo compartes o lo guardas para el invierno (…) y luego, al día siguiente, probablemente hagas lo mismo nuevamente -si hacer eso es humano, si eso es lo que se necesita, entonces soy un ser humano después de todo” (Ursula K. L., 2021, p. 5). Todo el tiempo estamos necesitando sostener, guardar, cuidar, contener algo que tiene importancia para nosotrxs dentro de otra cosa para tenerlo en resguardo y a veces ese resguardo queremos que pase por nuestro cuerpo, sentirlo, estar conscientes de que nos toca. Un bolsillo significa que tenemos pertenencias, objetos personales, recursos que utilizamos a lo largo del día y cuando los tenemos la forma en qué los portamos y el espacio del que disponemos también importa, ¿de qué tamaño y cómo son nuestros bolsillos?

Ante la ausencia de bolsillos en la ropa las mujeres recurrieron a los “bolsillos atables”, pedazos de tela de unos 40 o 30 centímetros que se cosían con una abertura lateral para acceder a ellos y se ataban a la cintura. Las mujeres de clases altas los utilizaban por debajo de la ropa, las mujeres trabajadoras por encima de ésta para tener un acceso más rápido. En ellos guardaban todo aquello que les significaba útil, importante y personal, se convirtieron en pequeños espacios privados que daban cuenta de la forma de ser de la usuaria y de las actividades a las que destinaba su tiempo. Desplazadas de los bienes gananciales las pertenencias que guardaban en sus bolsillos atables les servían para negociar su individualidad, les otorgaba margen de acción y una dosis de autonomía en la socioeconomía. El tipo de telas con que estaban hechos, los bordados y decoraciones que les hacían pero sobre todo el desgaste que estos bolsillos mostraban daban cuenta de la clase social de las mujeres. Usar más de dos bolsillos simultáneamente desgastados y manchados, eran una de las muchas evidencias materiales de las mujeres trabajadoras que invisibilizadas en un espacio que no estaba diseñado para su presencia necesitaban de prendas prácticas que no eran comunes, así que atándose más de un bolsillo a la cintura (además de usar delantal) trabajaban bajo condiciones hostiles con la posibilidad de que sus bolsillos fueran robados en la vía pública. Estos robos les ocurrían frecuentemente y cuando denunciaban ante las autoridades se les deslegitimizaba argumentando que una mujer sin compañía en la calle no podía ser más que una prostituta (un argumento que sigue utilizándose en la actualidad para desacreditar las agresiones que las mujeres padecemos en los espacios públicos).

Alguien astuto dijo una vez / las mujeres no tienen permitido los bolsillos / en caso de que lleven panfletos / para contagiar la sedición / que significa que ni tú ni yo / tengamos descanso / una gran palabra / para el sentido común / la justicia / la amabilidad / la igualdad / así que mujeres, comiencen a coser / abrigos peligrosos / llenos de bolsillos y sedición. Escrito por la contemporánea Sharon Owens este poema que lleva por título “Abrigos peligrosos” hace una referencia inmediata al movimiento sufragista pero con una demanda que sigue vigente. El movimiento sufragista no se limitó solamente a la persecución del voto femenino, entre sus múltiples demandas se encontraba también una reforma a la vestimenta femenina. En 1981 surge la Sociedad Racional del Vestido, una asociación que protestaba en contra de cualquier moda que deformara la figura, impidiera el movimiento del cuerpo, o de alguna forma perjudicara la salud de las mujeres. Y en esa libertad de movimiento la incorporación de bolsillos en la ropa era imprescindible. Así la Asociación Americana de Sastres para Damas creó en 1911 el traje sufragista que contaba por supuesto con bolsillos, la oposición de la sociedad a esta reforma de vestimenta se entendió como una negación al derecho de las mujeres a la independencia y la libertad. Pero mientras que los bolsillos de las mujeres burguesas contenían panfletos sufragistas, dinero y quizá recuerdos amorosos, los bolsillos de las mujeres trabajadoras estaban llenos también de cansancio, explotación, organización obreras y demandas por sus derechos laborales. Por eso resulta insolente que la moda romantice las luchas que por décadas los movimientos de las mujeres han organizado, con prendas que no significan nada de lo que argumentan.

La falta de bolsillos sigue sin ser considerada como una problemática porque es algo que solo afecta a las mujeres. El argumento es que nosotras tenemos bolsas para guardar nuestras pertenencias pero muchas veces no queremos cargar con una. A diferencia de las bolsas que están motivadas por la moda y por una industria que en 2024 se valoró en más de 56 millones de dólares de acuerdo con el Fortune Business Insights, los bolsillos van hacia el propósito y la practicidad que como seres humanos necesitamos. Parece que una mujer entrando con una bolsa es una invitada mientras que un hombre con las manos dentro de sus bolsillos está en su dominio: el espacio público. Tratando de asimilar ciertas normas culturales por medio de un “proceso de adquisición que puede resultar largo, doloroso y alienante, a menudo determinado por la proximidad de la persona (social, ideológica y también geográficamente) a la cultura dominante (Olah N., 2025, p.30)”, las mujeres nos hemos visto limitadas en nuestra capacidad y seguridad para movernos libremente por el mundo, con circunstancias que se recrudecen según nuestra posición social y las actividades que tenemos que realizar para nuestra supervivencia. Banalizando por medio de los estereotipos de género las condiciones de desigualdad, los hombres siempre se han burlado de todo lo que podemos guardar en nuestras bolsas, mientras que nosotras hemos desarrollado la habilidad de caminar con las manos siempre ocupadas, llevando a cuestas lo que necesitamos y queremos.