El mar es un pixel: el precio del progreso

Por: Jorge Rodríguez

Como si se tratara de una historia sacada directamente de Black Mirror — naturalmente de ficción, y sin embargo extremadamente cercana a la realidad — tuve la oportunidad de asistir a ver este montaje en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón; el cual definitivamente sacudió mi mente y me dejó con un sinfín de inquietudes, más sobre mi propia realidad que de la obra que vi. De hecho, esta producción de Teatro UNAM es una de las pocas obras que verdaderamente me han llevado a cuestionar y temer ese mal que ya afecta nuestros hogares y nuestras comunidades. Ese ente — intangible y no por ello menos peligroso — que promete curarnos, pero que antes nos ha ido enfermando hasta una etapa terminal.

En una aldea que parece haberse detenido en el tiempo, los habitantes se sorprenden de un nuevo juguete que comienza a aparecer en sus puertas. Esta nueva figura promete ayudarles a cumplir sus mayores anhelos, aunque algunos advierten de los posibles riesgos que muchos no vislumbran. Pero cuando una misteriosa lista aparece en la puerta de la iglesia, señalando los nombres de algunos residentes, la vida en este pueblo comenzará a cambiar. El mar es un pixel es una historia sobre la dignidad humana en el mundo contemporáneo, donde el poder de la tecnología determina el valor y la integridad de las personas.

Cortesia: Teatro UNAM

David Gaitán escribe y dirige este montaje, que a mis ojos, es una de las propuestas más perspicaces que hemos visto este año. Su dramaturgia es polisémica, con muchas aristas y niveles que analizar. Y aunque los riesgos de la digitalización y la inteligencia artificial ya se han cuestionado en otros medios, El mar es un pixel decide abordar la conversación desde una mirada muy singular. Partiendo del concepto del honor y su encuentro con la era digital, esta obra explora, en particular, cómo la palabra se transforma cuando la tecnología la sesga. En la actualidad, ya no tenemos responsabilidad sobre lo que decimos o escuchamos. Y en un mundo que ha apostado por el desarrollo tecnológico en aras del progreso, la existencia humana está condicionada por las limitaciones de las maquinas y las plataformas, que disfrazan su naturaleza violenta como una aparente libertad de expresión. Ahora cualquier juicio desinformado es considerado ley, y cualquiera con una opinión puede convertirse en verdugo.

Y hablando precisamente de la palabra, Gaitán diseña una convención excepcionalmente inteligente. Los habitantes de esta aldea se comunican en verso, el cual es asimilado por el elenco con gran verosimilitud, pero sus diálogos se transforman en prosa después de que los personajes se ven afectados por sus interacciones con El Juguete. Esto, además de remitir directamente a autores clásicos como Lope de Vega o Calderón de la Barca, dotando a la dramaturgia de un aura clásica y atemporal, enfatiza poéticamente la juxtaposición entre la creación artística humana y la artífice tecnológica; entre lo autentico y natural, y lo esencialmente falso.

Cortesia: Teatro UNAM

La dirección es también sumamente inteligente, dándole continuidad a ese juego de contrastes entre lo sintético y lo real. Mientras que el tono cómico y ligero le otorga naturalidad al texto, el ritmo y el diseño de movimiento convierten el montaje en algo mucho más mecanizado y artificial. El diseño de Mario Marín del Río también sigue esta lógica, creando un universo colorido que parece sacado de un cuento de hadas, y que al mismo tiempo transmite una falsa calidez en su composición rígida y cuadrada. Más adelante, la escenografía se va pixeleando hacia el blanco y negro; diluyendo el color, como si se deshiciera gradualmente de su carácter humano. Y hacia el final de la obra, nos trasladamos a un escenario completamente distinto, mucho más frío, que nos transporta a esos países del lejano oriente,
donde la tradición ancestral se ve de pronto interrumpida por un boom tecnológico incontrolable.

El diseño sonoro y la música original de Andrés Motta, y el diseño de iluminación de Erika Gómez, son también elementos clave en generar la atmósfera de este montaje, que resulta inevitablemente inquietante. En particular, el sonido produce una sensación de amenaza, como el preludio de que algo malo está por venir.

En cuanto a las actuaciones, estamos ante un elenco que exuda rigor y compromiso en escena, y que son quienes verdaderamente logran amalgamar todos los elementos mencionados anteriormente, en una propuesta escénica que resulta por demás efectiva. Dándole vida al Consejero, a La Inversora, a La Emprendedora y al Mensajero; Hernán Del Riego, Daniela Arroio, Verónica Bravo y Emmanuel Lapin se balancean entre sí para construir a estos cuatro personajes que representan la arrogancia, la ambición, la indiferencia y la esperanza humana. Sin embargo, es Michelle Betancourt quien definitivamente destaca en el personaje del Juguete. Con una corporalidad mecánica y un tono cínico, ella da vida a esta
máquina que se presenta en un principio como un ser bondadoso y abnegado, pero que lentamente va revelando su naturaleza más perversa. “Amplificando” las voces de nuestros personajes y prometiendo ayudarles a alcanzar la plenitud — tal como lo hacen las redes sociales — pero dejando claro que la tecnología nunca está al servicio del usuario, sino que tiene sus propios intereses.

Cortesia: Teatro UNAM

De hecho, el uso de la palabra amplificar es muy atinado, pues, hoy en día, la tecnología potencia y exacerba los aspectos más horrendos de la naturaleza humana. Nuestra tendencia a pelear y a destruirnos los unos a los otros, así sea a través de una pantalla, con un comentario anónimo, o en masa. Así, El mar es un pixel también explora de forma ingeniosa el concepto de la reputación, de las funas y la cultura de la cancelación, dejando en claro que todos podemos eventualmente estar en una lista; en tanto que, como seres humanos, somos lábiles e imperfectos. Y tal como se menciona en la obra, “la vida es muy ruda para atravesarla impoluto y sin un tache en conducta”.

Finalmente, esta obra metaforiza nuestra relación con la tecnología como el acto de dejar entrar el mar a través de una ventana; finalmente incontrolable, y capaz de arrasar con todo a su paso. El mar es el progreso; es la mejora de la existencia humana. Es alcanzar nuestros sueños, pero también alcanzar nuestro máximo potencial. Y al final del día, poder vivir en el mar es, en realidad, una utopía imposible de alcanzar. Todos disfrutamos de visitar el mar desde la superficie, de admirar su inmensidad y adentrarnos en el, siempre y cuando nos mantengamos a flote. Pero entrar al mar también es peligroso. Y si pretendemos vivir en él, el riesgo de ahogarnos será inevitable.

El mar es un pixel es un montaje sumamente inteligente, con actuaciones destacables y una propuesta estética compleja. Pero sobre todo, esta obra parece convertirse en una especie de fábula; en una advertencia. El mar es un pixel es ese canario en la mina que nos advierte los riesgos que corremos al perseguir el tan asediado progreso. Aunque, considerando la realidad que hoy vivimos, El mar es un pixel también podría ser esa llamada que viene desde dentro de la casa, anunciándonos que ya no podremos escapar. Esta obra es una invitación a cuestionar, repensar y eventualmente soltar esa utopía tecnológica que tanto añoramos, y en su lugar buscar nuevamente la conexión humana que nos impida ahogarnos. Pues es únicamente lo naturalmente humano, como el teatro, lo que nos regresará siempre a tierra firme.

El mar es un pixel se presenta de jueves a domingo en el Teatro Juan Ruiz de Alarcón, en el Centro Cultural Universitario de la UNAM. Funciones hasta el 30 de noviembre.

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