Ojos de Atardecer: sobre gaviotas, silencios y la posibilidad de elegir

Por: Jorge Rodríguez

Hay una extraña melancolía en el momento en que se esconde el sol. Durante unos instantes, el tiempo parece suspenderse entre la noche que aún no llega y la luz que se resiste a desaparecer. Todo parece permanecer inmóvil. Y paradójicamente, a donde miremos, el mundo se está reconfigurando: desde los pájaros que cantan con furor mientras buscan refugio entre los árboles, hasta las nubes que, en los mejores días, proyectan espectaculares sombras para despedir al sol con una última celebración de color. El atardecer no detiene el tiempo; tan solo vuelve imperceptible su movimiento. Y esa misma naturaleza paradójica atraviesa con especial fuerza el teatro chejoviano, donde el conflicto y las transformaciones más profundas ocurren precisamente cuando todo parece hundido en una densa y palpable quietud.

📸: Jorge Rodríguez

Inconsciente en una silla e incapaz de responder a quienes tratan de comunicarse con él, Konstantín Treplev permanece inmóvil mientras el mundo continúa girando a su alrededor. Familiares, trabajadores y visitantes se encuentran reunidos, cada uno por motivos distintos, pero igualmente cuestionándose la causa de la parálisis del joven escritor. Sea como fuere, todos parecen conocer el papel que les corresponde desempeñar dentro de esas cuatro paredes. No obstante, el deseo de ser alguien distinto pronto amenaza con resquebrajar el frágil equilibrio de aquella casa a orillas del lago. Y es en medio del caos incipiente que Treplev comienza a recuperar, poco a poco, el habla y la movilidad, dispuesto a enfrentarse a aquello que hasta entonces había permanecido en silencio. Recuperando la esencia del clásico de Chéjov, pero situándolo desde una nueva mirada, Ojos de Atardecer es una obra que dialoga libremente con La gaviota para expandir el universo emocional de sus personajes y devolverlos a ese instante en que sus vidas aún parecían abiertas a toda posibilidad.

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Desde sus primeras escenas, la dramaturgia de Luis Eduardo Yee deja claro que su verdadero interés no está en reconstruir un pasado ficticio de La gaviota, sino en jugar con las estructuras invisibles que organizan la vida de sus personajes. La casa de Konstantín Treplev funciona aquí como un pequeño universo que sólo se sostiene mientras nadie cuestione las reglas que lo ordenan. Y esta dramaturgia contemporánea elige retomar el texto de Chéjov, no para entender mejor las dinámicas de los personajes en el texto original, sino para, a través de esos mismos personajes, cuestionar la aparente inevitabilidad de ese orden que sigue rigiendo la vida de las personas. Las decepciones de Treplev y sus acompañantes terminan por dialogar inevitablemente con las nuestras. Entonces, la tensión entre el deber y el deseo convierte el concepto tan familiar del fracaso en algo más que una experiencia individual; en la consecuencia inevitable de un mundo que, incluso hoy en día, parece seguir exigiéndonos apariencia antes que esencia. Así, lo más estimulante de Ojos de Atardecer no está en lo que le sucede a sus personajes, sino en su manera de observarlos. Y el resultado es una pieza que, más que dialogar con Chéjov, piensa como él.

Ojos de Atardecer parece avanzar con la misma resistencia que sus personajes, con escenas extensas, conversaciones que se bifurcan constantemente y un conflicto que se niega a estallar, como si la misma dramaturgia permaneciera suspendida en un letargo deliberado. Y es que, con toda intención, Luis Eduardo Yee exige del espectador la misma paciencia que exige de los personajes, situándonos en la butaca y obligándonos a observar y esperar. No es casual entonces que los propios personajes discutan, una y otra vez, sobre cómo debe contarse una historia. En una obra obsesionada con las estructuras que ordenan el mundo, la dramaturgia termina cuestionando también las estructuras que ordenan el teatro. Cada conversación sobre la escritura termina siendo, al mismo tiempo, una reflexión sobre la propia obra que espectamos. Y así, su estructura se aleja del relato progresivo para jugar con la metateatralidad y el estancamiento, como herramientas para cuestionar la forma en que construimos significado.

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La dirección de Isael Almanza entiende perfectamente que un texto deliberadamente aletargado implica asumir ciertos riesgos frente al espectador. Sin renunciar a esa naturaleza contemplativa, su propuesta encuentra en el trabajo corporal y la composición escénica un vehículo para construir tensión y ofrecer un contrapunto que vuelve el recorrido más fluido, aunque no necesariamente efusivo. Claro ejemplo de ello es el extenso intercambio que ocurre entre Masha y Borja: aunque ambos permanecen sentados durante buena parte de la escena, Isael construye un constante juego de acercamientos y distancias que termina por traducir visualmente la disputa de poder entre los personajes, demostrando que la escena puede permanecer casi inmóvil sin dejar de transformarse.

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El trabajo de diseño de Thalía Palacios, por el contrario, no busca construir ese mismo contrapunto, sino acompañar la naturaleza contemplativa de la dramaturgia hasta sus últimas consecuencias. La escenografía y el diseño de iluminación envuelven la escena en una atmósfera densa, casi crepuscular, cuya insistencia en una paleta de tonos desgastados puede intensificar la sensación de letargo que la obra carga de origen. Se trata de una decisión estética arriesgada, que exige una disposición que no todos los espectadores estarán dispuestos a conceder. Pero es precisamente ahí —otra vez, paradójicamente— donde el diseño revela una lectura plástica extraordinariamente coherente.

Resulta particularmente llamativo que una obra construida alrededor de la imagen del atardecer renuncie casi por completo a los colores con los que solemos asociarlo. En lugar de naranjas, ocres encendidos o dorados cálidos, la puesta insiste en una gama sepia, deslavada, como si el tiempo hubiera erosionado incluso la luz. Y esta lectura adquiere una nueva  dimensión durante la escena del sueño de Treplev, donde esa paleta desaparece por completo para dar paso a un blanco y negro de fuertes contrastes, en el que las penumbras y los haces de luz adquieren una cualidad casi expresionista. La imaginación aparece aquí como un espacio de confrontación, despojado incluso del escaso color que aún habitaba la realidad. Entonces, quizá este atardecer no sea símbolo del paso del tiempo, sino de la memoria: de un pasado que aún no ha ocurrido y que, sin embargo, contemplamos con nostalgia. Porque esa es, en el fondo, la paradoja temporal que sostiene Ojos de Atardecer: asistimos a la memoria de La gaviota, antes de La gaviota; un pasado que nunca ocurrió. Una memoria del futuro.

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Ahora bien, si la dirección encuentra maneras de dotar de dinamismo a la dramaturgia mientras las áreas de diseño profundizan la experiencia sensorial que ésta propone, sería el trabajo actoral el que podría terminar de balancear este montaje para convertirlo en una experiencia compleja sin volverla demasiado hermética. En general, sin embargo, Ojos de Atardecer se materializa a través de un elenco más bien desequilibrado, que encuentra sus mejores momentos sólo cuando el foco recae sobre algunos personajes específicos. Entre los trabajos más destacados sobresalen José Jaime Orozco y Naomi Castillón, quienes encuentran en Borja y Samantha dos personajes de una mordacidad que dinamiza buena parte de los conflictos secundarios de la obra. Víctor Hugo Villanueva, por su parte, convierte a Yakov en el vehículo perfecto para confrontar el pragmatismo de la clase trabajadora con los champagne problems existencialistas de la élite cultural, encarnados en el Medevenko de Ricardo Ripol. Finalmente, Andrés León consigue que el prolongado silencio de Treplev no se perciba como una ausencia y recupera una notable fuerza en el tramo final de la obra, particularmente en sus enfrentamientos con la Arkádina de Mitzy Castro. En conjunto, aunque su trabajo interpretativo no siempre es uniforme, el elenco alcanza suficientes momentos de lucidez para sostener las ideas centrales de la obra, aun cuando no termina de convertirse en un puente entre la complejidad del montaje y su espectador.

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Y volviendo a los momentos de lucidez, no es casual que el instante más luminoso de la obra ocurra exactamente en su halfway point, cuando Masha y Borja imaginan, al ritmo de Wicked Game de Chris Isaak, la posibilidad de una vida distinta. No se trata sólo del punto medio de la estructura dramática, sino del instante preciso en que el futuro todavía está abierto. Por un momento, los personajes parecen capaces de romper con el lugar que el mundo les ha asignado y elegir otra vida. Sin embargo, como ocurre una y otra vez en el teatro de Chéjov, esa posibilidad se desvanece antes de siquiera materializarse por completo, dejando claro que la desgracia rara vez nace de las decisiones que tomamos, sino de aquellas que nunca nos atrevimos a tomar

Para mí, ése es el mayor valor de este montaje, y quizás la razón para volver a este universo desde una mirada contemporánea. En Ojos de Atardecer, el crepúsculo deja de ser una hora del día para convertirse en una forma de mirar el mundo. Es el único instante en que todos los caminos permanecen abiertos y el deseo todavía puede imponerse al deber. Más que hablar sobre el cambio, la obra nos enfrenta al costo de no elegirlo; al precio de permanecer donde estamos cuando aún sea posible ocupar otro lugar. Por eso, para reconocer ese brevísimo instante en que todavía podemos decidir quiénes queremos ser y el lugar que deseamos ocupar en el mundo, primero hay que aprender a existir simultáneamente en el movimiento y la quietud. Y aprender a mirar, el pasado y el futuro, con ojos de atardecer.

Ojos de atardecer se presenta los martes a las 8:00 pm en el Teatro La Capilla. Funciones hasta el 1 de septiembre. Boletos disponibles en taquilla y en línea.