Ride the Cyclone: sobre aquellos futuros perdidos

Por: Jorge Rodríguez

Hay algo particularmente fascinante en lo que ocurre cuando un musical de culto, ya arropado por un fervor internacional, llega a un nuevo escenario. En el caso de este nuevo montaje en el Teatro Xola, nos encontramos con una obra precedida por un fandom que la celebra con devoción; y con un equipo creativo que asume, con esa misma pasión, el enorme desafío de traerla a la cartelera mexicana como una producción verdaderamente independiente. La función de estreno estuvo llena de ovaciones y de una euforia contagiosa. Y quizás por eso viví esta experiencia con un goce particular. Porque, de algún modo, encontré la confirmación de que en esta obra irreverente y poco convencional se esconde una historia sostenida por una profunda pasión humana.

Entre las tinieblas de un carnaval itinerante, la fantasmagórica figura de Karnak nos da la bienvenida. Este autómata de feria —una máquina de adivinación diseñada para predecir el futuro con precisión absoluta— relata los hechos de aquel 14 de septiembre, cuando seis jóvenes decidieron montar una montaña rusa, el Cyclone, solo para toparse con un trágico destino. Pronto, estos estudiantes —Ocean O’Connell, Noel Gruber, Mischa Bachinski, Ricky Potts y Constance Blackwood— se encuentran en una suerte de glamoroso purgatorio, donde descubren el final que Karnak había previsto pero no pudo advertirles: la muerte de todos ellos. De todos, menos la de una figura desconocida; una Jane Doe, sin nombre ni pasado. Entonces, cuando la aparente certeza del destino se desmorona, Karnak organiza un concurso en el que cada personaje deberá narrar quién fue en vida y justificar su existencia, en un intento por ganar la oportunidad de regresar al mundo terrenal. En el ficticio pueblo de Uranio, y a la vez en ese limbo suspendido entre la vida y la muerte, Ride the Cyclone se convierte en una fábula jocosa y ácida sobre el valor que le otorgamos a la existencia, y sobre quiénes son merecedores de una segunda oportunidad.

📸: Fotomau

Este musical creado por Jacob Richmond y Brooke Maxwell tiene una estructura singular que consiste en una sucesión de intervenciones individuales, en el espíritu de otros musicales como Cats, A Chorus Line o Pase de Lista. Bajo la lógica del programa de concursos, cada personaje tiene una oportunidad para exponer los motivos por los que sería merecedor de volver a la vida. De ahí que el score de Ride the Cyclone se caracterice por una hibridación de géneros —del rap al hip-hop, del pop al gospel, del cabaret al disco, y hasta una aria casi operística— que convierte cada número musical en una especie de retrato performativo. A diferencia de otros musicales con esta estructura, como Cats, donde la ausencia de una I Want song dificulta la delimitación de un protagonista y un eje emocional claro, aquí los solos funcionan más bien como “Who Id Be songs”. No conocemos a los personajes como reflejos transparentes, sino como construcciones de sí mismos; versiones cuidadosamente armadas de quiénes habrían querido ser, y de cómo quisieran ser recordados si no regresan a la vida. Y esto añade una capa de complejidad a la dramaturgia, pues aunque no podemos conocer los sueños que tenían para el futuro, sí logramos vincularnos con ellos a partir de esos anhelos truncados por el trágico accidente.

Es a partir de esta complejidad de carácter que Joel Abad asume la dirección del montaje y concentra gran parte de sus esfuerzos en la construcción de personajes perfectamente delimitados, complejos y, en sus contradicciones, profundamente humanos. Para ello, se apoya en la ingeniosa coreografía de Gerry Pérez Brown, que articula el universo que habitan los personajes a través del cuerpo y del movimiento escénico. La partitura dancística dialoga con soltura con la mezcla de géneros musicales, mientras que el diseño de movimiento explora desde la corporalidad las formas en que estos personajes se relacionan entre sí dentro de la escena. No obstante, la propuesta encuentra algunos tropiezos en la construcción de transiciones. Más que permitir un flujo continuo, la dirección enfatiza la lógica del talent show, donde cada número aparece como una unidad casi aislada, con un elenco que entra y sale de escena constantemente para resolver cambios de vestuario, fragmentando el ritmo del montaje. Esto no es necesariamente un defecto, sino la decisión estilística de un director que encuentra una convención que le funciona y la lleva hasta sus últimas consecuencias. Sin embargo, el dinamismo ecléctico del score sugeriría la posibilidad de una escena mucho más fluida, algo que aquí no se termina de afinar.

📸: Fotomau

En cuanto a las áreas de diseño, esta es una producción que apuesta por lo funcional antes que lo conceptual. La escenografía, a cargo de Hekinoccio Estudio, consiste en un marco luminoso con un telón, que a su vez funciona como superficie para la proyección de video, y  que oculta un entarimado que remite al escenario donde el grupo de adolescentes se presenta para el concurso de talentos juvenil de Uranio. Este segundo nivel abre la posibilidad de un juego metateatral, en el que cada número musical se asume literalmente como un performance, concebido por los propios personajes para exponer sus motivos. No obstante, aunque funcional, el diseño escenográfico difícilmente puede presumirse de propositivo; convirtiéndose más bien en un decorado que contiene, pero que no llega a desarrollar un lenguaje escénico propio. El vestuario, diseñado por Lorenzo López, resulta más coherente: partiendo de los uniformes de los estudiantes y siendo reconfigurado por ellos mismos en cada número musical, al estilo DIY, reforzando así el carácter performativo de estas intervenciones. Pero sin duda es el diseño de iluminación de Jaime Garcia lo que realmente transforma este montaje de apariencia casera —casi escolar— en una experiencia estética mucho más rica. Jugando con colores e intensidades, su diseño convierte el escenario en ese espacio liminal, misterioso y ligeramente perturbador que los personajes habitan.

📸: Fotomau

Ahora bien, más allá de las decisiones creativas, es en el trabajo actoral donde Ride the Cyclone encuentra su mayor potencia. Pero antes de entrar de lleno en ese terreno, es necesario señalar la que quizá sea el área de oportunidad más evidente del montaje: la sonorización. Haber asistido al sitzprobe me permitió dimensionar la riqueza de armonías y arreglos vocales que el elenco construye bajo la dirección vocal de Galatea Rodríguez. Lamentablemente, en función, el uso de micrófonos y la mezcla de sonido juegan en contra de esa fineza; y aunque las voces principales siguen sonando con estruendo y fidelidad, los detalles de fondo, en momentos, se pierden. Este problema técnico es particularmente notorio en números como Soltero Moderno Espacial, donde las armonías masculinas se diluyen hasta casi desaparecer.

Pero ahora sí, entrando de lleno al campo actoral, Ride the Cyclone se convierte en un escaparate del rango vocal e interpretativo de una nueva generación del teatro musical mexicano que ya comienza a sacudir la cartelera. Conocemos primero a Ocean, interpretada por Alexa Hidalgo —quien funge como swing, alternando el rol con Farah Justiniani—: una chica nerd, encarnación de la meritocracia llevada al extremo, obsesionada con el orden y la excelencia. Se trata además de la figura central de la obra, que no solo sostiene gran parte de su progresión dramática, sino que además es elegida por Karnak para tomar la decisión final y devolver a alguien a la vida. Alexa construye a Ocean desde una acidez mordaz que la vuelve tan fascinante como irritante, delineando a una joven consumida por su necesidad de tener el control. Su interpretación encuentra una de sus mayores fortalezas en esa energía punzante; sin embargo, por momentos no alcanza los extremos que el arco del personaje exige, quedándose más cerca de la inocencia que de la astucia, sin terminar de encarnar esa veta de “mean bitch” que la llevaría a un lugar más incomodo y detonante. Y es precisamente en ese exceso —en ser francamente insufrible para después encontrar la empatía— donde podría trazarse una transformación más marcada de un extremo a otro, dotando de mayor sentido a su decisión final. En lo vocal, en cambio, Hidalgo se desenvuelve con enorme intensidad, apoyándose en high-pitch belts que ayudan a delinear esa figura incisiva y casi insoportable en su afán de perfección. Aun con los matices que quedan por afinar en lo actoral, su Ocean no es solo esa cerebrito que desespera a todos, sino, más bien, el cerebro que impulsa la obra a moverse hacia adelante.

📸: Fotomau

Y aunque es Ocean quien sostiene el eje dramático del musical, son los personajes masculinos quienes aportan el lado más explosivo, espectacular y performativo. En papel, varios de ellos existen más como comic relief que como personajes particularmente complejos; sin embargo, el trabajo actoral realizado por el elenco logra expandirlos hacia lugares mucho más humanos.

Lorenzo López, por ejemplo, construye a Noel Gruber desde un lugar deliberadamente arquetípico: el muchacho afeminado y amargado atrapado en un pueblo pequeño. Caminando con precisión la línea entre lo caricaturesco y lo potencialmente ofensivo, su Noel sí posee elementos del estereotipo homosexual que podrían percibirse como burla. Sin embargo, Lorenzo los resignifica desde un lugar de empoderamiento. Y aunque el personaje nunca termina de desprenderse del arquetipo, El lamento de Noel se convierte en la verdadera cúspide de su construcción; un relato sensual de fantasía escapista donde Noel abraza una identidad queer imposible de vivir plenamente dentro de Uranio. Si algo hay que reconocerle a Lorenzo es su capacidad para tomar un personaje que es casi una parodia de la identidad homosexual y convertirlo en una figura que, sin renunciar a su pluma y extravagancia, existe desde cierta resistencia.

📸: Fotomau

Diego Enríquez realiza un trabajo similar con Mischa Bachinski, construyéndolo desde la caricaturización del chico extranjero de gustos y aspiraciones bizarras, desde su acento hasta su corporalidad de tough boy. Y aunque Amo esta rola funciona principalmente como un número de comicidad estridente que simplifica al personaje, es en Talia donde Diego revela una dimensión mucho más sensible del personaje: una gran ternura, bajo una fachada de extrema rudeza. Este contraste musical es completamente intencional, pues enfatiza una de las tesis centrales del montaje: que todos los personajes están constantemente usando máscaras, interpretando versiones idealizadas de sí mismos mientras esconden aquello que realmente sienten.

📸: Fotomau

Algo igualmente interesante ocurre con Ricky Potts, interpretado por Alain Peñaloza. Durante gran parte de la obra, Ricky permanece como una presencia casi invisible: un joven cuya enfermedad degenerativa limitaba severamente su movilidad y capacidad de comunicación en vida. Y aunque Alain lleva a veces esa invisibilidad al extremo, diluyendo al personaje entre otras figuras mucho más estridentes, esa decisión cobra sentido cuando llega Soltero Moderno Espacial. El número funciona como una fantasía sci-fi disco donde Ricky encuentra toda la libertad que le fue negada en vida; ya no como un joven limitado por su cuerpo, sino como una figura hipersexual, libre, poderosa y deseada. Desde ese lugar, el personaje fácilmente podría desplazarse hacia un terreno incómodo o perverso; sin embargo, Alain logra mantenerse justo en el límite, evitando que la fantasía pierda su inocencia. Toda la fuerza que su interpretación contiene durante la primera mitad del musical explota finalmente en este solo exuberante, que se convierte en una celebración de esa vida libre y desenfrenada que Ricky jamás podrá conocer, dándole al personaje un tinte mucho más enternecedor y ciertamente trágico.

Y es justamente ahí donde se revela una de las mayores fortalezas del elenco masculino. Aun cuando la dramaturgia los relega frecuentemente al espectáculo, al alivio cómico o a la fantasía performativa, los actores encuentran maneras de dotar a sus personajes de complejidad, vulnerabilidad y humanidad.

📸: Fotomau

Hay, sin embargo, un personaje cuya construcción no termina de alcanzar la misma precisión que el resto del elenco. Interpretado por el propio director, Joel Abad construye a Karnak desde su dimensión más humana y defectuosa, abrazando el error crucial que la máquina comete al no poder predecir la muerte de Jane Doe. No obstante, en el proceso, el personaje termina inclinándose demasiado hacia su dimensión humana, desdibujando gran parte de aquello que vuelve tan interesante a Karnak en papel: su frialdad mecánica, su precisión casi inhumana y el potencial cómico que surge al contrastar esa rigidez con las emociones desbordadas de los estudiantes. Aquí, Karnak termina sintiéndose más como un observador pasivo que como el verdadero detonante de los acontecimientos, y esa tibieza provoca que algunos momentos expositivos pierdan fuerza frente a las interpretaciones mucho más magnéticas del resto del elenco.

📸: Fotomau

Es finalmente en sus personajes femeninos donde Ride the Cyclone encuentra su verdadera esencia. En contraste con la energía frenética de Ocean —quien pone la historia en movimiento desde la obsesión y el control—, Constance aporta la calidez y cercanía que terminan anclando emocionalmente al montaje. Interpretada por Ixchel Ragüe, su Constance es amable, discreta y profundamente complaciente, aunque deja entrever poco a poco el resentimiento y la frustración acumulados detrás de esa fachada de conformidad. Corporalmente, Ixchel construye quizá al personaje más reconocible y cercano de toda la obra, desde una actitud relajada y resignada que vuelve todavía más doloroso su descubrimiento tardío sobre el valor de estar viva.

Y finalmente está Jane Doe, interpretada por Tannia Dávila: una adolescente sin nombre, sin memoria y sin rostro, que habita el montaje desde la incertidumbre. Tannia la construye a partir de una corporalidad inquietante y cautivadora, como una muñeca rota, convirtiéndola en una anomalía espectral dentro de este limbo. Junto a Ixchel, ambas conforman una dupla maravillosa que arranca algunas de las carcajadas más potentes de la noche gracias a la reacción dulce y temerosa de Constance frente a la presencia profundamente creepy de Jane Doe.

📸: Fotomau

Pero más allá de su química escénica, son precisamente estos dos personajes quienes mejor logran condensar la tesis emocional del musical. Jane Doe se convierte en la manifestación dolorosa de lo que permanece de una persona cuando ya no queda nadie capaz de nombrarla. Sin identidad y sin méritos aparentes, Jane continúa siendo un alma humana que merece una oportunidad de vivir, y esa posibilidad termina influyendo directamente en la decisión final de Ocean. Constance, por otro lado, encarna la ironía más devastadora del musical: la necesidad de morir para comprender lo hermosa que era la vida. Su desasosiego frente a la muerte nace de reconocer demasiado tarde el valor de los pequeños placeres cotidianos, y de entender que llamar “muerte en vano” a morir joven implica también despreciar los años que sí fueron vividos. Constance comprende que la vida no necesariamente debe planearse ni justificarse, sino que, a veces, basta simplemente con vivirla.

Vocalmente, Ixchel Ragüe y Tannia Dávila se consolidan como dos auténticas powerhouses que parecen más que listas para conquistar la escena musical mexicana. Nube de Algodón se convierte quizás en el momento más enérgico y sonoramente complejo del montaje, mientras que La balada de Jane Doe representa su punto más alto en materia vocal: un número etéreo y estremecedor. Y en términos simbólicos, ahí donde Ocean funciona como el cerebro de este montaje —metafórica y narrativamente—, Jane Doe y Constance terminan convirtiéndose en el alma y el corazón que hacen de Ride the Cyclone una historia profundamente humana.

A pesar de su aparente falta de conflicto o de una resolución francamente predecible, la dramaturgia original de Ride the Cyclone construye una aparente incoherencia que, en realidad, revela su núcleo más honesto. Ocean insiste en que toda historia debe tener un sentido, y que si la corta vida de estos seis adolescentes ha de contarse, entonces debe contener alguna forma de enseñanza. Pero conforme el musical avanza y sus relatos comienzan a desmoronarse —entre vidas truncadas y deseos inconclusos—, esa promesa se vuelve insostenible. Ride the Cyclone parece adoptar la forma de una fábula, de una historia que promete responder qué significa vivir, solo para desmentirse a sí misma. Aquí no hay moraleja ni lección capaz de justificar la pérdida. Lo que emerge, en cambio, es una idea mucho más incómoda y cercana: que la vida no necesariamente tiene sentido, y que quizá el verdadero error ha sido exigirle uno.

Con un soundtrack ecléctico y un humor deliciosamente incorrecto, Ride the Cyclone se convierte en una aventura sombría e hilarante; un vistazo al borde del abismo que nos obliga a preguntarnos cuánto valoramos nuestras propias vidas. Pero, sobre todo, este montaje y su compañía transforman la obra en una experiencia rebosante de gozo y júbilo, que nos recuerda —como un abrazo al corazón— que vivir implica reconocer tanto lo bueno como lo terrible y, aun así, decidir montarse en el ciclón. Porque este juego de sueños y existencias se trata de reír, pero también de llorar; de cielos azules y de tempestad. Y, sobre todo, de aprender, no a construir fantasías para escapar del dolor, sino a enfrentarlo con sensibilidad y valentía desde nuestra suave, frágil y siempre fiel nube de algodón.

Ride the Cyclone se presenta los martes a las 8:00 pm en el Teatro Xola Julio Prieto. Funciones hasta el 23 de junio. Boletos disponibles en taquilla y en Ticketmaster.

¡Compra tus boletos aquí!