Eurídice según Eurídice: volar en un mundo sin dioses

Dialogar con el pasado es un asunto que requiere cierta mesura. Es verdad que cuando nos acercamos a textos producidos tiempo atrás, cuesta trabajo ignorar factores que están anclados a su contexto, pero que en la modernidad podemos considerar problemáticos: la representación de grupos sociales marginados, los valores hegemónicos de la época, y en particular, el lugar que los personajes femeninos ocupan en estas historias. Por lo tanto, no es tarea fácil traer al presente textos antiguos sin que se sientan desactualizados o incluso ofensivos para una lectura contemporánea.

Sin embargo, es un hecho que los mitos clásicos conservan su vigencia a través de los años, pues su esencia está arraigada en nuestra misma naturaleza humana. Representando las ambivalencias y contradicciones de nuestra sociedad — desde los personajes cómicos hasta los héroes trágicos — estas son historias que, sin importar el cristal con el que se miren, siguen reflejando quienes somos y enseñándonos cómo movernos hacia adelante.

Alexander Wright y Phil Grainger toman el mito de Orfeo, y su descenso al reino del Hades para rescatar a su amada Eurídice; pero lo transportan al presente en una re-imaginación que elige contar los hechos desde la mirada de ella, a quién nunca antes se le había preguntado su versión. Ana Graham decide, entonces, traer a la cartelera mexicana este montaje — con un texto traducido en colaboración con Antonio Vega — y enfrentarnos con una historia que no es ni griega ni inglesa, sino profundamente nuestra.

📸: Jorge Rodríguez

Consciente del oráculo que augura su trágica perdición en el averno, Eurídice decide desafiar al destino mismo y construirse su propia historia. Encarnada en una mujer humana, adopta a los tres años el nombre de Leni y decide convertirse, no en una diosa en el sentido más tradicional, sino en su propia superheroina; en una mujer capaz de hacer lo que le plazca, y nunca, nunca hacer lo que le digan los demás. Leni eventualmente conoce a Aristeo — Ari — y comienza a notar cómo su mundo se transforma al ritmo cadencioso del amor. Juntos emprenden vuelo, en aquellas alturas donde uno se convence de que las cosas buenas durarán. Pero cuando algo llega a romper la burbuja de felicidad que han construido, Leni se ve obligada a aguantar, estoica, mientras ve sus ilusiones de una vida juntos desaparecer. El duelo de la pérdida llevará a Leni a repensar cómo ella vive y entiende el amor, y hará que eventualmente conozca a Orfeo, su eterno e inescapable vínculo; llevándonos inevitablemente de vuelta al comienzo. A ese desafortunado destino en las profundidades del inframundo.

Eurídice según Eurídice es un musical que experimenta con la estructura tradicional del género, reconfigurándola a medida que progresa la historia. La música original de Phil Grainger conserva una identidad y un sonido enteramente folk — con una guitarra acústica y melodías que recuerdan a las de Bob Dylan, Phoebe Bridgers o Natalia Lafourcade — pero que además juega con influencias del jazz clásico de Broadway (particularmente para el número de tap) e incluso toma elementos del R&B, empleando un launchpad para generar ritmos y texturas pulsantes. Además, aun con canciones originales, este montaje se convierte en momentos en un muy bien logrado musical de rocola, recuperando canciones de Cyndi Lauper, James Blunt y Ed Sheeran. La combinación de géneros y el constante vaivén entre canciones originales y referencias a la cultura pop, lejos de sentirse disonante, le otorga al musical una identidad particular que le permite transitar con soltura entre lo íntimo y lo espectacular, convirtiéndolo en un relato moderno y cercano, al mismo tiempo que conserva su trascendencia. Todo esto, bajo la meticulosa y apasionada dirección musical de Cristóbal Maryán, convierte Eurídice según Eurídice en un espectáculo entrañable y cálido que conmueve hasta el corazón más impenetrable.

📸: Jorge Rodríguez

Esa potencia emocional no sería posible sin las entrañables actuaciones de Aldo Guerra y María Kemp, quienes comparten una energía magnética que transforma este montaje en una experiencia vibrante y cercana. Aldo — ya consolidado como todo un atleta escénico, desde Asesinato para Dos — nos regala un trabajo polifacético que va de la ternura a la rabia contenida, siendo capaz de sintetizar el anhelo y la frustración en una sola mirada, de una precisión cortante. Y, como tenía que ser en una historia sobre Eurídice y no Orfeo, María se convierte en el corazón vivo de este montaje. Su entusiasmo y su carisma hacen que la reconozcamos como a una amiga cercana, y que escuchemos su historia con profundo interés e implicación. Y así, con fragilidad y encanto, ella construye a una verdadera heroína a quien, inevitablemente, queremos ver triunfar. Ambos han absorbido el carácter lúdico del texto y han decidido construir desde ahí este relato, y de ello nace un enorme gozo en su manera de relacionarse con la escena y con los espectadores, haciéndolos partícipes de la ficción. Ya sea a través del canto, del baile, la música en vivo o la intencionalidad de sus voces, ambos actores modulan con precisión el pulso del montaje y sostienen su eficacia emocional.

📸: Jorge Rodríguez

Ahora bien, conviene señalar los elementos que impiden que este montaje termine de ser redondo, muchos de los cuales están anclados en la dramaturgia original de Alexander Wright. Eurídice según Eurídice parte de prescindir de Orfeo y desarticular el problemático arco del héroe que rescata a la damisela, y se centra en una mujer que aprende, desde la experiencia, a relacionarse con el amor. Esto depura al personaje de sus rasgos más conservadores y le permite desarrollarse desde una complejidad emocional genuina. Sin embargo, la obra tropieza cuando, tras su boda triunfal con Orfeo — que se siente como un punto de llegada después del duelo y la pérdida — Aristeo asesina a Eurídice en un arrebato de ira, reintroduciendo el conflicto original del mito. Más que tender un puente con sus raíces clásicas, esta decisión parece forzar un cierre que la obra no necesita y abre paso a un último monólogo donde la protagonista se nombra a sí misma como “su propia heroína” y decide salir del Hades por sus propios medios. El gesto es coherente con el discurso y enfatiza el carácter cíclico de la historia, pero subraya en exceso lo que ya estaba perfectamente planteado.

Ahí es donde la dramaturgia pierde filo. Al reactivar un conflicto que ya había encontrado una resolución emocional, la obra debilita su propio desenlace. Y la insistencia en explicitar la independencia de Eurídice cuando esta ya se ha manifestado en sus acciones diluye la contundencia alcanzada en la primera mitad de la obra. No puedo evitar preguntarme si esta necesidad está relacionada con la mirada masculina desde la que se escribe el texto, asumiendo que modernizar al personaje implica encasillarlo en el estereotipo de “mujer empoderada”. Cuando, en realidad, Eurídice ya es dueña de su destino desde el momento en que elige amar y atravesar su duelo. Recalcarlo no suma, sino que resta precisión y desvía momentáneamente el eje temático del montaje.

📸: Jorge Rodríguez

No obstante, los desenfoques del texto son reivindicados por la dirección de escena de Ana Graham, que entiende la esencia del personaje de Eurídice y la sitúa en un universo de fantasía contemporánea donde el empoderamiento femenino no es otra cosa que la reapropiación de las decisiones frente a la vida y al amor. Desde ese universo, donde el asombro de lo fantástico convive con una sensibilidad actual, Graham articula con su elenco un movimiento dinámico que transmite intimidad e invita al espectador una vez más a ser partícipe del relato. Al mismo tiempo, el trazo y la composición están delimitados por una pasarela de madera que enfoca la atención en el trabajo actoral y que, ingeniosamente, remite al pasillo que recorren dos enamorados al casarse. Este dispositivo diseñado por Anna Adrià — quien además diseña la iluminación — establece una lógica de movimiento en la que los personajes se ven constantemente obligados a avanzar o retroceder, y su interacción con el público funciona, al mismo tiempo, como ruptura de la cuarta pared e introspección de las fuerzas que les impulsan a moverse. Por último, el diseño de vestuario — también de Graham — retoma lo fantástico y lo atemporal, contrastando las situaciones que enfrentan los personajes en el mundo moderno con una serie de tules airosos y etéreos que subrayan el carácter histórico y  épico del mito de Eurídice. Estos elementos, en conjunto, son los bloques con los que Eurídice según Eurídice construye un verdadero puente entre la atemporalidad del drama amoroso y el público contemporáneo para el que esta historia sigue siendo pertinente.

📸: Jorge Rodríguez

En realidad, Eurídice según Eurídice logra algo poco común, lo que la convierte en una propuesta que merece especial atención. Más allá de retomar un personaje femenino y dotarlo de complejidad y potencia desde una perspectiva de género cercana a nuestro tiempo, la obra se consolida como un lúcido estudio de nuestra libertad para amar, equivocarnos, caer y volvernos a levantar. El amor de Orfeo y Eurídice no es la historia de dos personas que se enamoran por inercia o destino, sino la de dos seres que eligen, conscientemente, amarse mutuamente por el tiempo que les sea posible. Es ese reconocimiento de la elección, como principal virtud del ser humano, lo que arraiga a este montaje en un lugar visceral y entrañable. Al retomar un relato clásico sobre el inescapable destino, la obra nos recuerda que ese destino no está en manos de ningún dios, sino en las nuestras. Y es entonces que emerge una imagen que condensa a la perfección esta obra: amar no es aprender a volar esperando no caer, sino emprender el viaje sobre el agua sabiendo que los barcos se hunden. Y que, incluso entonces, podremos aprender a nadar. Siempre hacia adelante.

Eurídice según Eurídice se presenta actualmente los sábados y domingos en la Casa de Cultura Jesús Reyes Heroles, hasta el 4 de abril.
Más adelante, tendrán funciones sábados y domingos en el Espacio Cultural Laguna, del 11 al 26 de abril. Finalmente, tendrán un último bloque de funciones en el Museo de Arte Popular (MAP) del 2 al 5 de mayo.