Por: Jorge Rodríguez
Se dice que existe un hilo rojo invisible que conecta a aquellos que están destinados a encontrarse. La leyenda —de origen chino y después arraigada en la tradición japonesa— habla de una hebra atada al dedo meñique de dos personas, guiada por una fuerza que trasciende el tiempo y la distancia. No importa cuánto tarden en cruzarse, ni cuántas vidas parezcan interponerse entre ambos; lo que está unido por ese hilo no se puede deshacer. En algunas versiones, es un anciano que habita la luna quien enlaza a las almas predestinadas; en otras, es simplemente el destino operando con una paciencia implacable. Y así, el mito ofrece la promesa de una inminente unión: un vínculo que podrá estirarse, contraerse o perderse entre los pliegues de la vida, pero nunca romperse.
Separados por un mar y por todo lo que quedó sin decir, Caro y Thiago aún recuerdan los primeros latidos de su joven atracción. Antes de que él se mudara a España, pasaron sus años de juventud persiguiéndose en un juego constante de silencios, ocultando lo que realmente sentían el uno por el otro. Un día, cuando Caro es seleccionada para el programa de intercambio de sus sueños en Francia, y el vuelo incluye una escala obligatoria de tres días en España, se abre una oportunidad: la de, por fin, gritar a los cuatro vientos el amor que siente por Thiago. Feli y Rama —amigos de ambos, y quienes también vivieron su propia historia de amor— acompañan a cada uno en la preparación del anticipado reencuentro, con la esperanza de ayudar a concretar aquello que la inmadurez impidió y que la distancia terminó por quebrar. Pero cuando Caro descubre que Thiago realmente ha seguido adelante —en una nueva ciudad, con una nueva vida e incluso lo que parece ser un nuevo interés amoroso— deberá tomar una decisión: ignorar, como él, sus sentimientos y continuar, o quedarse al menos con la certeza de haberlo intentado. A través de un diálogo constante entre los recuerdos del pasado y el silencio sofocante de su presente, Kilómetros, El Musical se revela como una comedia romántica profundamente inconvencional que cuestiona si todas las historias de amor están destinadas a un final feliz, y si el famoso hilo rojo realmente existe.

Este musical original argentino —con libreto de Camila Castillo, y música y letras de Delfina Pallardo y Martín Bergman— construye su identidad sonora a partir de melodías accesibles cercanas al universo íntimo del singer-songwriter. Las canciones se integran con naturalidad a la dramaturgia, especialmente en números como Te acuerdas o La canción del parque, donde nos olvidamos por un momento de la representación y la música se convierte en el lenguaje natural de los personajes, permitiéndonos acceder a su intimidad emocional. Además de suspender la realidad del montaje, la música también forma parte del universo diegético, con Thiago tocando la guitarra en la intimidad de su habitación; un recurso que vuelve las letras coherentes con la edad de los protagonistas y les aporta una sensibilidad particular, como si fueran ellos mismos quienes eligen el soundtrack de su propia historia. Musicalizado en vivo por Juan Ángel Rodríguez al piano y los actores Daniel Reyes y Mateo Ramírez Velasco —quienes alternan el papel de Thiago— en la guitarra, Kilómetros apuesta por un sonido acústico, muy al estilo unplugged, que potencia la intimidad y construye una atmósfera donde las emociones de los personajes funcionan como ancla para el espectador.

Y esa enorme potencia emotiva es la que busca explotar la dirección de Alberto Quijano, quien reconoce las posibilidades que este material le ofrece para jugar, aunque no siempre termina por aprovecharlas. A nivel de composición y diseño de movimiento, el montaje resulta más bien austero: construido a partir de conversaciones —ya sea en la cercanía de la cama o en extremos opuestos del escenario— donde el elenco se ve constantemente forzado a levantarse de su asiento únicamente para ocupar un nuevo lugar. Si bien la fortaleza de la dramaturgia radica en el intercambio entre los personajes y en la exploración de sus relaciones, la dirección termina por volver monótonas la mayoría de las escenas, con sus contadas excepciones. Y sin momentos de gran asombro ni imágenes realmente contundentes, Quijano opta por apoyarse en el trabajo actoral para sostener el relato; aunque tampoco alcanza propuestas particularmente deslumbrantes. No obstante, sí hay guiños a una serie de recursos visuales y convenciones que podrían dotar a Kilómetros de una identidad estética más clara y conmovedora, como los momentos donde se juega con sombras o con el segundo nivel del teatro. Pero, más que explorarlos con decisión, la dirección los aborda con una muy ligera curiosidad, dejando ver el trabajo de un director joven con inquietudes e intenciones claras, pero cuya habilidad para dialogar con estos lenguajes no ha terminado de desarrollarse.
Mismos tropiezos encuentra el diseño de escenografía e iluminación —a cargo del propio Alberto Quijano y de Angie Herrera—, que convierten el Foro Contigo América en un simple contenedor de la historia de Caro y Thiago, más que en el universo plástico y sensorial donde la ficción se desarrolla. Nuevamente, hay un atisbo de un concepto interesante en el uso de gises para literalmente dibujar los espacios que contienen a los personajes, casi a manera de croquis; pero, lejos de convertirse en un juego constante de reconfiguración del espacio, se queda como un momento aislado dentro de una propuesta carente de complejidad simbólica o narrativa. En la iluminación hay una intencionalidad mucho más clara, particularmente en el uso del azul y el rojo para enfatizar el vaivén entre pasado y presente; sin embargo, estos colores terminan por bañar la escena, generando más bien un wash uniforme que dificulta encontrar matices visuales, creando pocos claros y muchos oscuros. El vestuario también recurre al color para guiar la mirada del espectador hacia Caro, haciéndola vestir un rojo intenso que contrasta con la paleta de blanco, negro y beige del resto de los personajes; como si se nos adelantara que, en esta historia, los sentimientos que verdaderamente importan son los de ella. Y aunque estos elementos en conjunto resultan funcionales, no logran articular una propuesta que transforme a Kilómetros en una experiencia más compleja. En síntesis, una serie de decisiones con conceptos e intenciones claras, pero no del todo aprovechadas.

Lo que sí eleva a Kilómetros, y que es en realidad su mayor fortaleza, es su elenco en rotación, lleno de algunas de las nuevas voces más prometedoras del teatro musical mexicano contemporáneo. Y aunque la trama central se enfoca en la complicada situationship entre Caro y Thiago, es la subtrama entre Feli y Rama la que encuentra mejores cimientos. Interpretada por Pau Piña —quien alterna el personaje con Tannia Dávila—, Feli es la mejor amiga de Caro: una chica sin filtros que se convierte en su principal impulso para atreverse a declarar sus sentimientos por Thiago, y que además deja ver un lado mucho más sensible. Rama —interpretado en alternancia por Gael Pereda y Eugenio Morales—, si bien es un personaje más unidimensional, se presenta como un chico tierno, quirky, que insiste en que Thiago sea fiel a sus sentimientos, aun cuando él mismo tiene dificultades para conectar con los propios. En la función a la que asistí, Pau Piña y Gael Pereda conforman una dupla que encuentra su mayor fortaleza en los momentos de comic relief, pero que también logra explorar la complejidad emocional de una relación que termina más por las circunstancias de la vida que por la ausencia de un amor genuino. En su monólogo, donde Rama intenta convencer a Feli de irse con él a España, Pereda deja ver con claridad la tensión entre el deseo de permanecer juntos y la necesidad de tomar caminos separados; mientras que Piña construye a Feli desde un lugar de madurez emocional, capaz de abrazar la decepción sin negar el afecto que aún siente por Rama. Es, en gran medida, a través del trabajo de Piña que el montaje comienza a dibujar su desenlace, más cercano al acompañamiento de la amistad que a la consolidación del amor romántico.

No corre con la misma suerte Thiago, encarnado por Daniel Reyes —quien, como ya mencioné, alterna con Mateo Ramírez Velasco—, y que se dibuja como un personaje plano y antipático, cuando no francamente despreciable. Ahí donde las comedias románticas suelen presentarnos a dos amantes como personajes complejos —con virtudes y contradicciones, capaces de tener razón cada uno a su manera— y nos invitan a tomar la incómoda decisión de a quién apoyar, Kilómetros parece decidido a eliminar cualquier ambigüedad, construyendo a Thiago como un personaje incapaz de reconocer sus propios sentimientos y, más aún, de responsabilizarse por ellos. Daniel Reyes alcanza por momentos a sortear las limitaciones que la propia dramaturgia impone, encontrando matices de suavidad en su voz; sin embargo, estos breves destellos no logran anteponerse a una escritura que, en general, lo reduce a un personaje que genera distancia y rechazo. Un obstáculo que Caro debe aprender a dejar de amar y dejar ir.

Así, Kilómetros deja de ser la historia de dos amantes para convertirse, más bien, en el viaje de Caro en su manera de relacionarse con el amor. Y es gracias al trabajo de Analú Flores y Ana Luisa Ulibarrí que el personaje se vuelve el eje emocional de la obra. Analú Flores construye a Caro desde la generosidad y la apertura, delineando a una mujer profundamente entrañable que se permite crecer y cuestionarse, y a la que no podemos evitar apoyar, esperando que finalmente se elija a sí misma. Mientras Caro aprende a soltar la fantasía amorosa que proyecta sobre Thiago y a afirmarse desde el amor propio, él opera desde un egoísmo áspero que delata su propia inmadurez emocional. Este contraste, si bien debilita la construcción de Thiago y la empatía que sentimos por él, termina por fortalecer el arco de Caro, empujando al personaje hacia un desenlace esperanzador, incluso cuando la historia de amor como tal, no alcanza un final feliz.

A primera vista, Kilómetros puede resultar desconcertante si se le aborda desde una noción tradicional del amor. Cuando Caro y Thiago aceptan que no pueden estar juntos, acuerdan permanecer en la vida del otro “cuando lo necesiten”; una propuesta que, más que reconfortante, se siente como un vínculo más bien utilitario, donde buscamos la compañía del otro solo en la medida en que nos resulta conveniente. Así parece entender Thiago el amor, como una presencia intermitente que acompaña, pero sin compromiso. Sin embargo, es en su relación con Feli donde Caro encuentra un acercamiento distinto. “Aunque no hayas recibido lo que esperabas, sí recibiste una respuesta”, le dice; y es a partir de esa certeza, de lo que no podemos controlar, que Feli le recuerda que la vida —como el amor— no hay que planearla, sino sentirla.

Es ahí donde Kilómetros resignifica la idea del hilo rojo. Tal vez ese lazo invisible que une a las personas no está hecho para mantenernos atados a quienes no nos permiten crecer, sino para recordarnos los vínculos que sí nos sostienen: la red de la amistad, del acompañamiento, de quienes permanecen a nuestro lado no por necesidad o conveniencia, sino por elección. Y en ese sentido, Kilómetros no es —ni pretende ser— una historia de amor satisfactoria en los términos tradicionales. Es, más bien, una obra que cuestiona el amor romántico y nos invita a entender los afectos como un proceso en constante transformación. Un viaje de autodescubrimiento, donde amar a alguien solo es posible si primero aprendemos a elegirnos a nosotros mismos. Sin importar la distancia que haya que recorrer para llegar hasta ahí.

Kilómetros, El Musical se presenta los viernes a las 8:00 pm en el Foro Contigo América. Funciones hasta el 22 de mayo. Boletos disponibles en taquilla.