Matilda, El Musical: un mundo de ternura y asombro

Por: Jorge Rodríguez

El teatro comercial sigue siendo, para muchos, la puerta de entrada al mundo de las artes escénicas. Celebridades al frente, escenografías monumentales y elencos multitudinarios suelen funcionar siempre como un imán para atraer nuevos públicos; y en el mejor de los casos, como su primer flechazo con el teatro. En ese sentido, son nuestras grandes producciones las que, por naturaleza, tienen la responsabilidad más grande: no solo de deslumbrar, sino de ofrecer una muestra honesta del alcance artístico que tiene esta industria. Es por eso que agradezco cuando una megaproducción decide ir más allá del efectismo y el stunt casting para sostenerse en verdadera sustancia, precisión emocional y talento. Y eso es algo que, si me permito adelantar, esta nueva puesta en el CCT1 entiende y asume con responsabilidad y con una inusual elegancia.

Al apagarse las luces, nos transportamos a un mundo de fantasía e ilusión, donde el poder de las palabras es capaz de construir mundos y, del mismo modo, destruirlos. Nacida casi por azar en una familia que la recibe con apatía y rencor, una niña crece en un entorno que parece diseñado para reducirla: una casa donde la ausencia de afecto resulta sofocante y una escuela donde la violencia y el castigo injustificado se disfrazan de estricta disciplina. Frente a ese paisaje hostil, Matilda descubre en su biblioteca local un espacio de refugio, donde las palabras, las historias y su poderosa imaginación la convierten en soberana de un territorio propio, frágil y clandestino, dentro de su mente. Pero, al comenzar a hacer amigos y descubrir que en el mundo adulto también pueden existir personas buenas, su aparente fragilidad empieza a transformarse en una forma de resistencia. Así, poco a poco, Matilda hará uso de su poderosa mente para liberarse de ese mundo adulto que insiste en contenerla. A partir de la novela de Roald Dahl, con libreto de Dennis Kelly y música y letras de Tim Minchin, Matilda El Musical traza el despertar de una niña que intuye que incluso las estructuras más rígidas y violentas pueden empezar a resquebrajarse desde dentro, a través del amor, la ternura y la solidaridad.

📸: Patricio Gou

Entendiendo que esta historia solo puede contarse a través de los ojos de una niña con una imaginación desbordada, el productor Alejandro Gou convoca a un equipo creativo que transforma el escenario del CCT1 en un lienzo de proporciones épicas. El diseño de escenografía de Jorge Ferrari y Andrea Mercado, en conjunto con el diseño de video de Maxi Vecco, construye un universo maximalista de color y fantasía que, cuando es necesario, tiene las agallas para convertirse en un espacio de verdadera decadencia. La propuesta acierta al asumir que estos espacios deben percibirse desde la mirada de la infancia, donde todo es más grande, más amenazante, más deslumbrante: un mundo donde el asombro y el miedo se amplifican por igual, y donde la noción de libertad se expande hasta parecer inabarcable.

📸: Patricio Gou

Noto, al mismo tiempo, algunas decisiones arriesgadas en el diseño de video, particularmente en el uso de la inteligencia artificial, que introducen una estética que podría desentonar y caer fácilmente en el efectismo. Su movimiento ligeramente inorgánico y su pulcritud excesiva — reconocible, además, en la inmensidad de contenido que circula en redes sociales— parecen recordarnos constantemente que estamos frente a una pantalla y no dentro de este mundo de fantasía, como si la acumulación de estímulos sustituyera la construcción de atmósfera. Sin embargo, el montaje logra sobreponerse a estos riesgos gracias a una dirección artística a cargo de Armando Reyes que, en conjunto, sí tiene claridad de propósito. En diálogo constante con otras áreas, notablemente la iluminación de Gastón Forti, y a través de una paleta de texturas que remite al papel, la madera y el cristal, estas imágenes terminan por integrarse al lenguaje del montaje, haciendo que lo que en pantalla podría sentirse frío o impersonal adquiera presencia y función dentro de la escena. Es en ese cruce entre lo digital y lo tangible donde el montaje encuentra una lógica visual que refuerza su núcleo estético: la ficcionalización de una realidad cruel y severa. Y es así, en momentos como el número musical Al ser mayor, con su paisaje arbolado de escala desmesurada, o en la inquietante guarida de Tronchatoro —invadida por pantallas y cámaras de vigilancia—, donde esta propuesta alcanza su punto más alto, devolviéndonos, por instantes, a esa forma infantil de mirar el mundo: inmenso, inabarcable y lleno de posibilidades.

📸: Patricio Gou

Es bajo esa misma lógica de gran escala que Christian Peralta asume la dirección musical y convierte el score de Tim Minchin en una experiencia envolvente y cuidadosamente articulada. A través de una orquesta en vivo, así como el diálogo con el montaje y la dirección vocal de Eva Padrón, la música de Matilda se consolida como el eje que sostiene la narración: los solos de los protagonistas resguardan una carga emocional precisa, mientras que los números de ensamble estallan con una energía contagiosa, potenciados por la dirección coreográfica de Carmelo Segura. Pero más allá del desempeño vocal —notable en toda la compañía—, destaca el trabajo técnico que lo hace posible: el diseño de audio de Gastón Briski, que logra que cada palabra y cada línea melódica lleguen con claridad y potencia a cada rincón del CCT1. El resultado es un musical donde la música realmente conduce y amplifica la experiencia escénica. Y como ya he mencionado, se trata de un elenco desbordante de energía que pone al escenario en constante movimiento, con fluidez y estrépito. El ensamble adulto traza personajes nítidos y bien definidos; desde el médico desconcertado ante la absurdidad de los padres de la niña que acaba de llegar al mundo, hasta el abusivo altanero y burlón que encuentra placer en someter a quienes apenas comienzan a entender las reglas que los rigen. Por otro lado, el ensamble infantil resulta francamente virtuoso, dirigido con inteligencia para encontrar matices de ironía y astucia incluso dentro de su naturaleza más tierna y luminosa. Es en el trabajo actoral de esta compañía donde estos contrastes terminan de cobrar forma: la fricción entre la inocencia del mundo infantil y la crueldad a veces grotesca del universo adulto, necesaria para que la historia de Matilda se sostenga.

📸: Patricio Gou

Por supuesto, he de aclarar que no tuve la oportunidad de ver todas las variaciones de este enorme elenco rotativo. Y aun así, me gustaría destacar los trabajos actorales que considero más sobresalientes a partir de mi experiencia. Particularmente, resulta interesante observar cómo el diseño de vestuario de Bernardo Vázquez y Maricel Gallur se convierte en una extensión directa de la actoralidad de los intérpretes, ayudando a delimitar caracteres y aportar matices a los personajes de esta historia.

En el desarrollo del personaje de Matilda, la Sra. Phelps y la Srta. Miel funcionan como los dos pilares sobre los que ella construye su carácter, convirtiéndose hacia el final en una suerte de guía emocional para sus compañeros de clase. Interpretadas respectivamente por Gicela Sehedi y Gloria Aura —quien también alterna el personaje con María Elisa Gallegos—, ambas encarnan la bondad desde polos opuestos. La Sra. Phelps, bibliotecaria que cataliza el florecimiento de la imaginación de Matilda, la acompaña desde un territorio abiertamente fantasioso, donde ambas se convierten en cómplices de las historias que la niña inventa. Esto se traduce directamente en su vestuario, que la perfila a través de colores y texturas diversas como una mujer entusiasta y ligeramente bohemia, que no solo acepta la imaginación, sino que la fomenta. La interpretación de Sehedi deja ver además un lado consciente y profundamente compasivo del personaje, que, a pesar de sus limitaciones, busca formas de ayudar a Matilda a escapar —al menos mentalmente— del yugo familiar.

📸: Patricio Gou

Por otro lado, la Srta. Miel de Gloria Aura se sitúa en un terreno mucho más realista, aspecto que también se refleja en su vestuario: el más sobrio de la compañía, aunque igualmente sostenido por una paleta luminosa y delicada. Su vínculo con Matilda se construye desde el cuidado y la gentileza, no como una evasión de la realidad, sino como una forma de procesarla. Así, no le enseña a ignorar los horrores que la rodean, sino a mirarlos a través de un filtro de bondad que le permita comprenderlos sin quebrarse. Es ahí donde emerge también la dimensión más conmovedora del personaje: una mujer que, a diferencia de Matilda, parece haber renunciado a sus propios sueños. En conjunto, tanto la Srta. Miel como la Sra. Phelps encarnan ese acompañamiento que permite a las infancias encontrar un punto de apoyo donde echar raíces, y entonces sí, crecer hasta lo más alto.

📸: Patricio Gou

En yuxtaposición a estos personajes tremendamente enternecedores, está la Tronchatoro deJaime Camil; principal fuerza antagónica de esta historia, y que, en manos de este actor, se acerca un poco más a la caricaturización, pero sin perder contundencia. Desde la caracterización y el vestuario, Tronchatoro es una mujer bizarra, con una tosquedad absurda que contrasta con actitudes y reacciones por demás inmaduras. Y es que Camil habita este personaje desde una torpeza emocional más que desde la absoluta crueldad. Y aunque esto pudiese resultar contraproducente, haciendo que no tomemos en serio a Tronchatoro como villana de la historia; lo que en realidad provoca es que veamos en su personaje un reflejo de esa necedad y ensimismamiento cruel —que no tiene el menor interés en la integridad de los demás y que impone sus propios intereses— aspecto que resulta por demás infantil. Esto, nuevamente, contrasta de forma brillante con su vestuario que utiliza cueros y correas en tonos de gris para darle esa apariencia imponente y voraz que, en el fondo, el personaje realmente no tiene. En otras palabras, Camil logra, a través de su trabajo actoral, evidenciar esas conductas que solemos criticar en la infancia —el ego herido, el rencor, la violencia que emerge ante la frustración— y nos recuerda que no desaparecen al crecer, sino que persisten como parte del desarrollo humano. Es evidente el compromiso de Camil con construir un personaje sólido, particularmente en lo vocal y en su presencia escénica. Y aunque su Tronchatoro aún deja entrever ciertos matices propios del actor, logra consolidarse como una fuerza antagónica efectiva: difícil de odiar por completo y, en ese mismo gesto, extrañamente entrañable.

📸: Patricio Gou

Ahora bien, son los padres de Matilda quienes presentan menor contundencia dentro del montaje, tanto a nivel narrativo como en la experiencia del espectador. Interpretados por Verónica Jaspeado y Ricardo Margaleff, el Sr. y la Sra. Wormwood se construyen como figuras deliberadamente ridículas, casi ajenas a la lógica del mundo que habitan. Y en ese sentido, el trabajo de los actores es coherente con la propuesta; el problema radica más bien en el lugar que estos personajes ocupan dentro de la historia. Nunca llegan a percibirse como un obstáculo real para Matilda, sino como un recurso de comic relief que, en varios momentos, se siente fuera de lugar.

Esta disonancia se acentúa además en el diseño de vestuario y en su inserción dentro del universo de la obra: mientras Tronchatoro pertenece claramente a un mundo más oscuro y opresivo, los padres parecen existir bajo la misma lógica de fantasía exacerbada que rodea, por ejemplo, a la Sra. Phelps, pero sin la misma coherencia simbólica. El resultado no suma a la lógica del montaje, sino que crea un desfase: más que mostrar a Matilda como una extraña dentro de su propia familia, convierte a los padres en los verdaderos extraños, debilitando así el conflicto. Y este desbalance responde más a una decisión de dirección que a un desacierto actoral: es en la forma en que Matilda reacciona ante ellos donde dejan de operar como una verdadera fuerza antagónica. Como consecuencia, sus intervenciones pierden peso e incluso llegan a sentirse prolongadas. No es casual que sea en estas escenas donde el diseño escénico también parece menos eficaz, sin alcanzar ni la intimidad ni la tensión que la casa de los Wormwood requeriría, como si el espacio mismo no terminara de sostener a los personajes que lo habitan.

📸: Patricio Gou

A pesar de esto, se trata de un montaje hábilmente dirigido que, incluso en sus irregularidades, encuentra momentos de notable genialidad. La dirección de Nick Evans demuestra una clara intención de activar la capacidad de asombro del espectador: el ensamble, el diseño de espacio y los efectos especiales se articulan para construir imágenes de gran impacto visual que sostienen el viaje emocional de la obra. Su apuesta es clara: invitar tanto a niños como a adultos a experimentar la historia desde un lugar de maravilla, para después confrontarlos con una narrativa que explora las complejidades de crecer. En ese sentido, la verdadera magia del montaje no reside tanto en los grandes trucos —correctamente ejecutados, aunque nunca del todo invisibles—, sino en los detalles: en la integración del movimiento con las proyecciones, o en momentos específicos como la escena del pastel de Bruce, donde el asombro surge de manera orgánica y profundamente teatral.

Y, finalmente, ¿qué hay de Matilda? En esta producción, cuatro niñas actrices alternan el papel. En el caso de Lara Campos —a quien tuve oportunidad de ver, y quien comparte el personaje con Emilia, Raffaella y Elena—, construye una Matilda que, si bien se percibe madura para su edad, capaz de procesar emociones complejas y comprender el mundo adulto, no renuncia a su dimensión más tierna y vulnerable. Es ahí donde encuentra sus momentos mejor logrados. Es natural pensar que, con el tiempo, estas jóvenes intérpretes continuarán afinando los matices de un personaje que exige transitar entre la alegría y la melancolía, la frustración y la esperanza. Y lo cierto es que la producción está diseñada con precisión para sostener y potenciar ese trabajo, permitiendo que el elenco infantil brille y conecte con una audiencia que, inevitablemente, termina por rendirse ante él.

📸: Patricio Gou

En conjunto, esta es una propuesta de enorme valor estético y clara pertinencia social, que posiciona a la nueva producción de Gou como uno de los montajes más singulares de la cartelera. Hay algo particularmente valioso en apostar por historias de esta complejidad emocional dentro de un circuito comercial. No renunciar al entretenimiento, sino expandirlo, y dotarlo de capas que lo vuelvan más exigente y sofisticado. Se reconoce, sobre todo, el esfuerzo por construir una experiencia que, tanto para niños como para adultos, no solo deslumbre, sino que abra preguntas sobre los sueños y sobre la posibilidad de sostenerlos en un mundo que parece empeñado en erosionarlos. Matilda es, sin duda, un espectáculo grandioso en proporciones, pero que puede ser igualmente grandioso en sustancia, alma y corazón.

Matilda, El Musical se presenta de viernes a domingo en el Centro Cultural Teatro 1. Boletos disponibles en taquilla y en Ticketmaster.

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