Ni Una Palabra: un refugio en la orilla

Por: Jorge Rodríguez

Hay sueños que olvidamos al despertar. Otros, en cambio, se quedan con nosotros: en una sensación, en una textura, en un color. Se resguardan en lo más profundo de nuestra mente, aun cuando no somos capaces de nombrarlos ni describirlos.

Científicamente, somos, en gran medida, agua. Y cuando algo terrible nos sacude, esa agua busca desbordarse. Tal vez por eso cuesta tanto hablar cuando el llanto asoma. Porque el silencio no es la ausencia de emoción, sino un mecanismo de resguardo: una forma de postergar el instante en que todo lo contenido encuentre su cauce. Y, sin embargo, tarde o temprano, ese torrente buscará la manera de salir.

En una playa desierta, suspendida entre la sombra y el despertar, Ana abre los ojos para reencontrarse con una amiga que creía perdida. Betty recibe el reencuentro con una emoción luminosa; intacta, como si el tiempo no hubiese pasado por ella. Entre dibujos que se disuelven en la arena húmeda y el quiebre insistente de las olas, Ana le confiesa los sueños extraños que la han estado invadiendo: imágenes fragmentadas, pesadillas que se sienten tan reales como incomprensibles. Confundida, comienza a reconocer el espacio que pisa. Ambas emprenden un recorrido de la mano, siguiendo el trazo efímero que han dejado sobre la arena, hasta alcanzar la memoria terrible que las obligó a separarse. Y así, este encuentro suspendido en lo irreal se transforma en la reconstrucción de una huida; en el eco persistente de una lucha por sobrevivir. Ni Una Palabra (O de cómo convertirme en mar) es una experiencia teatral sensible y angustiante, que nos confronta con aquellos dolores ante los que preferimos cerrar los ojos y refugiarnos en la oscuridad.

📸: Jorge Rodríguez

Manya Loría construye una dramaturgia cuya mayor fortaleza no radica necesariamente en lo anecdótico, sino en la forma en que la historia y sus temas se despliegan de una forma profundamente poética. Ni Una Palabra comienza hablando de los sueños, y de cómo en su naturaleza abstracta se esconden verdades esenciales que el subconsciente nos deja entrever a manera de imágenes fragmentadas, como pistas. La obra adopta esa misma lógica en su estructura. A partir de una situación y un espacio deliberadamente difusos, el recorrido de los personajes va esclareciendo paulatinamente aquello que parecía inasible. Entonces, emerge el acontecimiento traumático que sacude a la protagonista, y se revela la forma en que su mente ha reconfigurado ese dolor hasta enterrarlo en la arena, invisible.

Ahí donde el texto podría volverse demasiado críptico, su cadencia en realidad encuentra una capacidad para sostener un aire de misterio. Las palabras que Loría elige generan una necesidad constante de avanzar, y el desconocimiento nos seduce desde su belleza y su densidad poética. Me atrevería a decir que la dramaturgia encuentra una dimensión incluso ética en esta estructura. En lugar de confrontar al espectador con la violencia de manera frontal —que bien podría generar cierto rechazo—, elige construir primero un vínculo con sus personajes. Nos permite acercarnos a ellas, implicarnos y desear comprenderlas. Y cuando finalmente el texto asesta su golpe, este no nos sacude desde la distancia, sino desde un territorio de genuina empatía.

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Este vínculo con los personajes se fortalece a través de una dirección atenta y delicada, a cargo de Diego Collazo, quien asume con compromiso la construcción de un entorno brumoso, en donde la única ancla con la realidad recae en la expresividad de sus intérpretes. Resulta clara la lectura que hace del texto, llevándolo hacia una suerte de fantasía oscura que nos conduce a un núcleo crudo y desolador. Su propuesta encuentra uno de sus mayores aciertos en el trabajo con las actrices, empujándolas hacia un límite expresivo donde el cuerpo se vuelve vehículo central. Sin embargo, aunque el trabajo corporal prioriza la construcción de los personajes, también descuida por momentos la composición y la manera en que estos cuerpos habitan la escena. La ubicación de las actrices llega a percibirse poco fundamentada, particularmente en la decisión de mantener a una de ellas, durante gran parte de la obra, en un segundo nivel; que si bien tiene un sentido conceptual, la mantiene absorta y distante de la acción. En ese sentido, la propuesta podría beneficiarse de una comprensión más precisa del espacio y de un aprovechamiento más orgánico de los estímulos y elementos que su equipo creativo le proporciona. Aun así, como cabeza de la compañía Chac Bolay, Collazo se sitúa en un punto de inflexión, evidenciando con claridad su interés por explorar universos perturbadores y abordar temas de difícil acceso, apostando por decisiones estéticas que involucren activamente al espectador y detonen conversación. Su dirección, si bien perfectible, se nos revela como el esbozo de una voz propia en formación; la de un creador joven cuyo trabajo merece seguirse de cerca.

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Y hablando de talentos jóvenes en revelación, no puede dejar de mencionarse a este elenco, que junto con la dramaturgia convierte a Ni Una Palabra en una propuesta de inmenso valor. Fabiola Rojo, Aurora Gonzvel y Esmeralda Velázquez conforman un coro de voces que funcionan como desdoblamientos de un mismo personaje. Destaca principalmente Fabiola Rojo, quien encarna a Ana desde la contención apoyada en la corporalidad, dando forma a una mujer atormentada por imágenes que no logra ordenar ni comprender del todo. Hay en su trabajo una notable capacidad para transitar entre estados emocionales con precisión, encontrando en la voz y en la mirada matices que sostienen el pulso interno del montaje. Aurora Gonzvel, por su parte, construye una Betty anclada en la inocencia y el entusiasmo infantil, cuya aparente ligereza resguarda, sin embargo, una fortaleza profundamente dolorosa. Su presencia aporta frescura y dinamismo, evitando que la obra se vuelva abrumadora debido a su densidad emocional.

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En contraste, Esmeralda Velázquez interpreta a una figura omnisciente y racional —nunca nombrada, pero fácilmente asociable con la conciencia o incluso con el mar; ese en el que Ana desea convertirse— que opera como voz narrativa, devolviéndonos constantemente al eje temático; aunque desde un plano separado de la interacción entre Ana y Betty. Esto se convierte en un problema, pues si bien su presencia cobra sentido simbólico, su construcción desde la dramaturgia y la dirección no nos permiten conocer del todo las capacidades de la actriz; limitando el alcance emotivo de su interpretación, que queda en un segundo plano frente a la potencia que sus compañeras alcanzan.

No obstante, las tres complementan sus actuaciones y terminan por delinear de forma muy poética las distintas formas en que la psique responde ante el trauma; respuestas que no solo operan desde la mente, sino desde un cuerpo que recuerda, incluso cuando la conciencia intenta negar lo vivido. Esa figura que podría leerse como el mar encarna la comprensión total —y encuentra en ella una cierta calma—, mientras que Betty se presenta como un mecanismo de resguardo: una construcción de la mente —casi una amiga imaginaria— que protege a Ana y la acompaña frente a lo insoportable. Ana, por último, se sitúa en el punto de tensión, oscilando entre la necesidad de comprender para encontrar sosiego y el impulso de resguardarse en la imaginación para no confrontar aquello que permanece, todavía, demasiado perturbador.

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El universo liminal en el que se sitúan los personajes termina de tomar forma a partir del diseño de escenografía y vestuario de Majo Miselem. A través de telas airosas que contrastan con las texturas y tonos terrosos del vestuario, la escena evoca espuma a la orilla del mar, haciendo que el espacio mismo lata al ritmo de una marea inestable. Este dispositivo se ve potenciado por el diseño de iluminación de Mar Serna, que orquesta un diálogo entre azules y magentas frente a acentos cálidos, generando transiciones lumínicas que acompañan al relato. La luz, además de crear atmósferas, sugiere cierta profundidad, como si cada transición significara un descenso a una capa más profunda de la memoria. Y este dispositivo sirve como una especie de lienzo sobre el cual se proyecta el material multimedia, a cargo de Cayambe Román, que juega con el lenguaje cinematográfico para expandir las posibilidades de la escena. Estas imágenes funcionan como una extensión de ese mismo oleaje, irrumpiendo, desvaneciéndose y regresando, convirtiendo el escenario en un territorio mutable que, como el mar mismo, está en constante movimiento.

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Ni Una Palabra se consolida como el exitoso segundo montaje de una compañía joven en desarrollo, que apuesta con valentía por explorar territorios emocionalmente complejos. Aun con sus múltiples áreas de oportunidad, se trata de una propuesta de enorme valor dentro del teatro independiente, que ofrece un discurso necesario sobre los sueños y la mente humana como un mecanismo que, casi por instinto, aprende a sostener el dolor. La obra insiste en los sueños no solo como un espacio de evasión, sino como una herramienta para aproximarnos a aquello que no podemos nombrar de frente; un refugio que nos contiene y que nos permite iniciar un proceso de sanación. Porque frente al trauma, antes que comprender, es necesario permitir que el cuerpo atraviese aquello que la mente no puede nombrar. Solo entonces, cuando somos capaces de seguir el camino que ha trazado nuestra memoria, se abre la posibilidad de soltar; de nombrar, de llorar y de dejar ir. De volvernos mar. Sentir para entender, entender para liberar, y así, poder comenzar de nuevo.

Ni Una Palabra (O de cómo convertirme en mar) se presenta los lunes a las 8:00 pm en el Teatro La Capilla. Funciones hasta el 25 de mayo. Boletos disponibles en taquilla y en línea.

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