Por: Jorge Rodríguez
Hoy decido escribir sobre esta obra porque genuinamente me parece un trabajo valioso y pertinente. Pero, sobre todo, elijo compartir mi mirada del montaje que experimenté durante una etapa de transición muy importante en mi vida: habiendo cerrado el ciclo de una relación de la que tardé demasiado tiempo en salir. Mi vínculo con esta historia es absolutamente personal, y confío en que este trabajo tiene el potencial para tocar miles de corazones, tal como tocó el mío.
Desde la intimidad de su hogar, Clara piensa con nostalgia en su recién terminada relación de pareja. Mientras se encuentra sumergida en sus recuerdos, recibe de pronto la visita del fantasma de su ex. En un intento por que este espectro se vaya, Clara comienza a realizar el recuento de los daños; un estudio post-mortem de su relación fallida, de los errores cometidos y de las cosas del pasado que desearía poder cambiar. De esta manera, ella nos invita a acompañarla en su viaje de introspección para identificar los patrones dañinos en sus relaciones afectivas, y así poder dejar de repetirlos. Un cocodrilo tatuado en el corazón es la síntesis del periodo de duelo que sigue a cualquier corazón roto, y que nos enseña a dar las gracias y a decir adiós a las personas, antes que perdernos a nosotros mismos.
Amanecer Aldama – actriz, dramaturga y directora de este montaje – desarrolló una obra que de ficción tiene muy poco, pero que igual rebosa poesía y teatralidad. Este texto parece ser la condensación de todas las reflexiones que la autora desarrolló durante su proceso de sanación amorosa; y al mismo tiempo, la dramaturgia se convierte en una especie de instructivo que guía a la actriz en un ritual para sanar sus heridas directamente frente al espectador. Esta ambivalencia dramatúrgica permite que la obra transite entre el absoluto raciocinio y la cruda emoción, dando lugar a un discurso flexible que solo se termina de consolidar al entrar en contacto con el público. En otras palabras, la obra propicia que nos identifiquemos con Amanecer, y que desde la butaca complementemos su historia de amor con nuestros propios referentes de relaciones fallidas.
Uno de los elementos claves para este diálogo con el público es el dispositivo escénico en el que ocurre la obra. Partimos de un espacio teatral pequeño – como el Espacio Urgente del Foro Shakespeare, donde yo vi originalmente este montaje – que ya de por sí genera gran cercanía con la actriz. Sin embargo, esto se potencializa con un sofá, que es además nuestro único elemento escenográfico – trabajo de José Luis Mestizo – remitiéndonos a la intimidad del hogar, y a esos suaves y cómodos cojines en los que nos sentimos seguros. Esta atmósfera de confidencialidad nos hace recordar aquellos espacios en los que alguna vez hemos soltado a llorar por amor, y el sofá se convierte en un estímulo visual que al mismo tiempo sostiene la vulnerabilidad emocional del montaje. Por si fuera poco, las aparentes limitaciones de este único elemento escenográfico en realidad hacen que el movimiento escénico sea bastante inventivo, y que se generen imágenes realmente bellas. Por ejemplo, la forma en la que el espectro “toca” a Clara desde lejos, se escurre a través de su cuerpo, y después se aferra a ella como un verdadero parásito que hay que exterminar.
En cuanto a actuaciones, Amanecer comparte la escena con Clau Menchaca, quien da vida a la exnovia de Clara. Con un tono satírico y un humor ácido, Clau encarna la personalidad irreverente de alguien que nos lastima, pero que no podemos evitar amar. De alguna forma, su actuación complementa el carácter tierno y hasta cierto punto ingenuo que Amanecer le imprime a Clara; convirtiéndolas en los dos pilares opuestos de un arco que, naturalmente, se termina por romper. Ambas actrices hacen una excelente mancuerna y le entran de lleno al juego de tensión y distensión, que magníficamente representa el duelo entre seguir infeliz con una persona o dejarla para poder recuperar la felicidad.
Inicialmente, este montaje me pareció lento y ligeramente reiterativo; engolosinado en su exploración poética del amor, pero haciendo poco para progresar la historia o sus personajes. Sin embargo, en retrospectiva, esa sensación de estancamiento tiene todo el sentido del mundo. Amanecer nos invita a acompañarla en la intimidad, en una tarde de melancolía donde abrimos nuestra propia caja de recuerdos y revisamos las fotos de ese doloroso pasado, quemando los vestigios de lo que fuimos y ya no seremos nunca más. Esa aparente inmovilidad y falta de progresión en el montaje es en realidad una decisión intencional, que pretende sumergirnos en el oscuro dolor que obliga a los corazones a madurar, y a entender que a veces lo mejor es irse.

Un cocodrilo tatuado en el corazón es otra obra que le habla a un público adulto joven de forma muy cercana y accesible; con una dramaturgia que a veces parece antología de tuits depresivos, y que conserva una personalidad emocional y explosiva, muy característica de una persona en sus veintes. Pero al mismo tiempo, esta obra juega con una metáfora preciosa que enfatiza lo universal que es la búsqueda del amor.
Clara elige contarnos la historia de su ex: una mujer que la usó como un puente, un camino rápido y temporal para atravesar el mar profundo del amor e ir directo a su final feliz. Y al convertirse en el puente de su pareja, ayudándole a alcanzar la otra orilla, Clara se abandonó a sí misma; dejándose a la deriva, con el riesgo de ahogarse en las embravecidas olas. Pero es precisamente a través de narrar su propia historia que Amanecer logra aprender a tocar el agua sin dejarse hundir. Y de esta manera, nos invita a abrazar lo efímero del amor, y a entender que amar a alguien no tendría que desgastarnos, sino inspirarnos a alcanzar, juntos, un nuevo puerto.
Un cocodrilo tatuado en el corazón nos enseña a siempre elegirnos a nosotros mismos cuando jugamos el juego del amor. A elegir nuestra felicidad, y a saber alejarnos cuando nuestro ser amado pone en riesgo nuestra integridad, nuestros deseos y aspiraciones. Pero, sobre todo, Un cocodrilo tatuado en el corazón es un recordatorio para nunca perder de vista aquello que verdaderamente nos motiva a amar: la esperanza de encontrar a alguien con quien podemos sentirnos plenos. Esta es una obra que nos motiva a nunca dejar de perseguir esa luz resplandeciente al otro lado de la bahía, esa que nos impulsa contra corriente en nuestra búsqueda por alcanzar tierra firme.

Un cocodrilo tatuado en el corazón tendrá su nueva temporada en la Sala B de La Teatrería. Funciones a las 8:00 pm los martes 7, 14 y 21 de octubre, y el martes 4 de noviembre. Boletos disponibles en taquilla y en línea.