Por: Estefanía Córdova
”Rana Plaza nunca más”, es la consigna que desde hace 13 años dirige gran parte del activismo alrededor de la moda. Es una frase corta que parece posicionar una declaración de intenciones, un parámetro de lo que debemos estar dispuestxs a tolerar como sociedad globalizada, un límite colectivo que se dice en voz alta y se reproduce por medio de etiquetas en publicaciones de redes sociales. Pero este movimiento internacional que le dio origen y contenido a varias ONG’s; ¿Ha logrado un cambio dentro de la industria de la moda?, ¿Qué entendemos las personas consumidoras cuando la repetimos?, ¿Qué ha significado para las trabajadoras textiles en Bangladesh y en el resto de países que conforman la cadena de suministro de la moda?
El 24 de abril del 2013 el edificio Rana Plaza, que contaba con 5 fábricas de ropa en sus pisos más altos, se derrumbó. Las autoridades en Bangladesh estimaron que 1,138 personas murieron y 2,250 resultaron heridas, todas eran trabajadoras textiles que manufacturaban para marcas internacionales como Primark, Mango, Benetton o Walmart. Es indignante tener que narrar lo sucedido como algo que se repite de forma similar dentro de la industria textil sin importar el paso del tiempo, ni el sitio en el mundo: las trabajadoras murieron porque a pesar de las grietas profundas que podían verse en el edificio, fueron obligadas por sus empleadores a trabajar en condiciones muy peligrosas. Es por estas circunstancias sistémicas, que las organizaciones laborales y los sindicatos dejaron muy claro desde el principio que lo ocurrido no había sido un “accidente”, ni un “desastre”, sino un homicidio industrial masivo; con las marcas de moda que manufacturaban ahí, los propietarios de las fábricas y las autoridades de Bangladesh como principales responsables.

Sin embargo, los medios de comunicación construyeron una narrativa que partía del amarillismo de narrar el colapso de Rana Plaza como el mayor accidente de la industria moderna. Despersonalizando una vez más situaciones que involucran las condiciones de vida y las condiciones de muerte de millones de personas alrededor del mundo, reduciéndolas a un número estimado de víctimas sin rostros, sin nombres, sin historias. Cada año se vuelve a recitar “Rana Plaza nunca más”, pero dónde están las personas que se ven afectadas, perjudicadas o beneficiadas de lo ocurrido, quiénes son las personas responsables de que las cosas hayan o no cambiado. “Rana Plaza nunca más” se ha convertido en el eslogan ideal para el discurso de “sostenibilidad” en la moda, ese que no hace peligrar las ganancias del capitalismo, uno donde se asume que fábricas con las medidas de protección civil mínimas y con protocolos de seguridad que las trabajadoras deben de aplicar, son suficientes para que las marcas puedan seguir produciendo cantidades masivas de ropa. Prendas a las que ahora también se les puede colocar la etiqueta de “sostenible”, porque además de las materias primas orgánicas que se utilizan para su elaboración, se manufacturan en fábricas que han pasado las auditorías que el “Acuerdo Internacional para la Salud y la Seguridad en la Industria Textil y de la Confección” les exige.
Bangladesh desde su incorporación al proceso de globalización neoliberal, ha construido su “desarrollo” a partir de las exportaciones de una industria textil marcada por la muerte de sus trabajadoras en incendios y derrumbes de fábricas. En 2005, la fábrica The Spectrum colapsó, 64 trabajadoras murieron y 80 resultaron heridas, la organización laboral logró el primer acuerdo de compensación entre una marca y un sindicato: Inditex pagó pero hasta 2011 sin hacer público el número de personas beneficiarias, ni las cantidades monetarias otorgadas. Las negligencias en la industria textil del país sucedían desde antes de Rana Plaza y continúan a pesar de los cambios promovidos desde 2013, las más recientes ocurrieron el año pasado: el 14 de octubre ocurrió un incendio en la fábrica “Anwar Fashion” donde 17 personas murieron y varias más fueron denunciadas como desaparecidas; tan solo unos días después el 25 de octubre, otro incendio quemó por completo las fábricas “Adams Caps and Textiles” y “Jiehong Medical Products” dejando la subsistencia de 3,000 trabajadoras en incertidumbre. Por eso se denuncia que ningún derrumbe ni incendio en Bangladesh ha sido un “accidente aislado”, sino la forma de organización colonial e imperialista sobre la que descansa la industria global de la moda.

Por el momento, la única razón de que las trabajadoras puedan evacuar o no evacuar de forma segura un edificio que pone en peligro sus vidas es la aplicación del Acuerdo mencionado en las fábricas donde trabajan, su fin es remediar las consecuencias materiales de condiciones de trabajo históricamente inseguras, no se cuestiona que éstas son el resultado del poco valor social que recibe el trabajo de estas mujeres trabajadoras, ni que junto con los salarios tan bajos que reciben, son la base para que el sistema de producción y consumo de la moda sea lucrativo. Por eso, estos instrumentos no duran en el tiempo y constantemente se están renovando, en ellos las marcas hacen efectivo su poder dentro de la cadena de suministro, ya que prefieren gastar su capital en organismos, acuerdos y auditorías estériles antes que redistribuir entre las trabajadoras textiles su riqueza.
Estos 13 años nos demuestran que el sistema necesita a las trabajadoras textiles empobrecidas. “No digo que sean pobres, digo que están sometidas al empobrecimiento. El concepto de pobre naturaliza la pobreza, hay que preguntarse, por qué la gente es pobre, que ha hecho de esa persona una persona pobre” dice Silvia Federici en su discurso La caza de brujas no ha terminado (2019). Las trabajadoras textiles han sostenido históricamente una lucha por las mejoras a sus salarios y condiciones de trabajo, ante esta organización el gobierno de Bangladesh lleva más de diez años respondiendo con represión policial, violencia, persecución, agresiones, detenciones e incluso asesinatos a líderes sindicales y trabajadoras textiles. La industria global de la moda mantiene a las trabajadoras textiles precarizadas, enfermas, lesionadas, violentadas y cuando la acumulación de ganancias lo necesita también termina con sus vidas.
“Rana plaza nunca más” ha surtido el efecto de un calmante para algunas conciencias, para otras es un paliativo que permite mantener el orden de las cosas, porque en los momentos de crisis globales como la pandemia, las protestas sociales en contra del gobierno de Bangladesh en 2024, el aumento de los aranceles por parte de la administración de Trump a sus importaciones o la guerra de Estado Unidos e Israel contra Irán, las marcas al ver que se retrasan sus pedidos o que los costos aumentan, dejan de pagar, cambian de proveedores, abandonan a las trabajadoras textiles, van en busca del próximo sitio para saquear y explotar sus recursos y fuerza de trabajo.
La reflexión, la memoria y la solidaridad es lo más inmediato que tenemos para construir intentos de conmemoración más humanos y sinceros, para las vidas de las trabajadoras textiles de Rana Plaza: “Outcries Of A Thousands Souls” es un memorial en línea, que les invito a visitar.