La nueva adaptación de Hedda, presentada en el Foro Lucerna, traslada el clásico de Henrik Ibsen a un México contemporáneo atravesado por la tecnología y la inteligencia artificial.
La puesta mantiene el núcleo dramático del texto original, pero introduce elementos actuales —como asistentes virtuales y dinámicas digitales— para dialogar con una generación marcada por la hiperconectividad. En este contexto, temas como el control, la intimidad, la ambición y el vacío emocional adquieren nuevas lecturas.
En esta entrevista, Ernesto M. Agraz habla sobre el proceso de adaptación, la construcción de su personaje y la manera en que la obra propone una reflexión sobre nuestra relación con la tecnología.

Esta adaptación traslada Hedda Gabler al México actual en un entorno atravesado por la inteligencia artificial. ¿Qué tan necesario era actualizar este clásico y traerlo al presente?
La adaptación parte de la intención de acercar un clásico como Hedda Gabler a un público más joven. Hoy en día, las nuevas generaciones están mucho más vinculadas con la tecnología, las redes sociales y las innovaciones digitales, entonces la idea fue dialogar con ese contexto.
Más que cambiar la esencia de la obra, lo que buscamos fue hacerla más accesible para una generación que tiene otra forma de relacionarse con el mundo, otro “chip”. Esa es, en gran medida, la premisa de la adaptación.
¿Cómo ves el trabajo de adaptación? ¿En qué se mantiene fiel al original y en qué logra romper?
La adaptación es bastante fiel al texto original en términos de estructura y narrativa. La historia y los conflictos principales se mantienen, pero hay elementos que se transforman para dialogar con el presente.
Por ejemplo, el personaje del ama de llaves se convierte en una especie de asistente virtual, como una Siri o Alexa, que habita la casa. Esto funciona como un recurso para introducir el tema de la tecnología y reflexionar sobre cómo impacta nuestras relaciones.
A partir de ahí se abre una conversación sobre el aislamiento, la privacidad y la manera en que, aunque estamos más conectados que nunca, también podemos estar más distantes. Incluso, estos elementos tecnológicos terminan siendo clave en el desarrollo de la historia y en el destino de la protagonista, acentuando la pérdida de control y la vulnerabilidad frente a otros personajes.

Desde tu papel dentro de la obra, ¿cómo te relacionas con el universo de la protagonista?
En mi caso interpreto a Brax, que en la obra original es un personaje mayor, pero aquí se replantea como alguien más joven, cercano a los protagonistas. Eso cambia completamente la dinámica.
En esta versión, Brax es amigo de la pareja y también tiene una relación más íntima con Hedda. Además, se construye como alguien con privilegios: es hijo de un fiscal, tiene acceso a poder, contactos y una posición que le permite moverse con cierta impunidad.
Eso lo convierte en un personaje ambicioso, sin muchos límites, que se encapricha con Hedda y termina llevándola a situaciones extremas. Hay una necesidad de control muy fuerte, y eso fue clave en el trabajo del personaje.
El proceso fue largo, estuvimos ensayando alrededor de tres meses, y también implicó integrar elementos tecnológicos en escena, como la presencia de esta inteligencia artificial que funciona de manera omnipresente.
La obra gira en torno al vacío, la autodestrucción y el control. ¿Cómo trabajaste esa dimensión emocional para conectar con el público?
Fue un proceso de exploración bastante intenso. Probamos distintos enfoques del personaje: desde una atracción más evidente, hasta versiones más contenidas o más frías.
Lo que terminó marcando el trabajo fue el deseo: el deseo de control, la ambición y la necesidad de validación frente a alguien que constantemente lo rechaza. Esa relación previa entre los personajes también alimenta ese conflicto.
Además, buscamos construir una relación muy particular entre Brax y Hedda, casi de complicidad, porque ambos pertenecen a un mismo entorno social.
En un mundo hiperconectado, ¿qué tipo de reflexión busca provocar la obra en el espectador?
Más que dar respuestas, la obra busca abrir preguntas. Nos interesa generar una reflexión sobre la tecnología y cómo está impactando nuestra vida cotidiana.
Hablamos de salud mental, de soledad, de la manera en que nos vinculamos y de cómo compartimos nuestra privacidad. La obra plantea esa inquietud: ¿hacia dónde vamos con todo esto?

¿Qué lugar ocupa el teatro frente a estos temas hoy?
El teatro es un espacio de reflexión, pero sobre todo de conexión. Es una experiencia colectiva, profundamente humana.
En un momento donde todo puede ser editado o manipulado, el teatro sigue siendo un encuentro real. Y eso lo vuelve un espacio clave para detenernos y observarnos.
¿Qué te gustaría que el público se lleve después de ver la obra?
Que disfruten la experiencia, pero también que conecten con el discurso de la obra.
Y sobre todo, que salgan reflexionando sobre su relación con la tecnología: ese aparato que tenemos todo el tiempo en las manos y cómo influye en nuestra vida.

Hedda se presenta los lunes en el Foro Lucerna. Funciones hasta el 01 de junio. Boletos disponibles en taquilla y en Ticketmaster.