Por: Jorge Rodríguez
Durante mucho tiempo, pensé en el cine como una promesa. Desde muy joven me interesé por el arte de contar historias y, con esa idea en mente, entré a la universidad con un objetivo claro: estudiar cinematografía. Lo que vino después fue un proceso largo, tedioso y, en muchos sentidos, desconcertante: una decena de exámenes, distintos filtros y tres intentos por ingresar a dos escuelas diferentes, todos con el mismo resultado. Un rechazo reiterado y sistemático que no parecía responder a una falta de conocimientos o habilidades creativas, sino a un gremio que insistía en recordarme —a mis recién cumplidos 19 años— que era demasiado joven para tener un lugar dentro de esa industria. Con el tiempo, y conforme fui encontrando mi verdadera vocación en el teatro, comencé a cuestionarme: ¿quién puede realmente formar parte de ese aparato que promete convertir historias en espectáculo? Y, sobre todo, ¿quién decide qué relatos merecen ser contados, y cuáles se quedan fuera?.

Al pueblo de San Ignacio, en el norte del país, llega a asentarse una nueva producción de Netflix. Este proyecto cinematográfico, protagonizado por talento del calibre de Ester Expósito y Alfonso Herrera, promete una historia de amor heroica y pasional que busca colocar la cultura norteña y el contexto histórico de la Revolución mexicana en la mira del público internacional. Para lograrlo, el equipo ha contratado a un numeroso grupo de extras que darán vida a la comunidad de la historia, todo por la módica cantidad de 600 pesos al día. Entre este conjunto de desconocidos, conocemos a Charlie y a Jorge, dos hombres que viven divididos entre su precariedad cotidiana y el crisol de posibilidades que se abre gracias a su participación en la megaproducción. Sin embargo, cuando el rodaje se ve sacudido por un evento trágico, comenzarán a cuestionar si la promesa de un futuro deslumbrante en la industria del entretenimiento realmente justifica su sacrificio.

Piedras en sus bolsillos es una comedia ácida y mordaz que se sitúa en el feroz desierto de Sinaloa, a las afueras de un poblado pequeño, de esos donde todos se conocen y un cálido aire de comunidad impregna el entorno. Es bajo esa misma lógica que la propuesta construye el espacio escénico en el que se despliega la acción. A partir del diseño de escenografía e iluminación de Emilio Zurita, el desierto se materializa mediante una serie de paneles móvil esque evocan los sets pintados de las antiguas producciones cinematográficas y subrayan el carácter artesanal y colectivo de la puesta. Desde el momento en que ingresamos a la sala, nos volvemos partícipes de la ficción tanto como los propios intérpretes, quienes se dirigen a nosotros en múltiples ocasiones, convirtiendo a cada espectador en un extra más dentro de este rodaje. En diálogo con otros lenguajes —como el teatro guiñol y el trabajo con títeres—, la obra construye una experiencia lúdica que dispone al público al goce desde el primer instante, cuando se esbozan en imágenes congeladas los cuadros de la historia por venir. El resto de los elementos escénicos refuerza esta convención de tinte metateatral, donde dos actores bastan para encarnar a una multitud y constantemente reconfiguran los distintos espacios donde transcurre la obra.

Juan Carlos Medellín y Alex Gesso son los responsables de dar voz y cuerpo a todos los personajes de este relato: los pobladores de San Ignacio, un amargado encargado de set, un irreverente director argentino, una asistente de dirección amable pero desinteresada, e incluso la propia Ester Expósito, en su faceta más seductora y oportunista. Ambos intérpretes se apoyan en la comedia física, en elementos de vestuario y en gestos reconocibles para transitar entre las múltiples personalidades que encarnan. Aunque el recurso de la caricaturización podría, en otros casos, derivar en un trazo vulgar o deslucido, aquí encuentran un equilibrio preciso entre el arquetipo ridículo y el trasfondo emocional necesario, evitando que el eje temático de la obra se diluya entre una multitud de figuras deliberadamente extravagantes y de escasa seriedad. En suma, Gesso y Medellín son los dos engranajes que permiten que este mecanismo avance hacia donde debe, a través de la risa, pero también de momentos de genuina ternura y calidez.

Y, muy a pesar de la solidez de ambas interpretaciones, el montaje no termina de alcanzar el nivel de comedia desbordada que parecía prometer. Esta sensación responde, en buena medida, a la dirección de Fernando Bonilla; pues si bien su trabajo con los actores es notable —afinando tono y timing en cada intervención—, ciertas decisiones de su propuesta terminan por restarle fuerza, particularmente en la composición escénica y el diseño del movimiento. El problema parece radicar, sobre todo, en el ritmo: el montaje se mueve de forma dilatada — particularmente en los reacomodos escenográficos y la integración de otros lenguajes, como el uso de títeres—, interrumpiendo la progresión vertiginosa que la obra demanda. No es raro entonces que un chiste bien colocado y ejecutado pierda filo al llegar después de una pausa prolongada dedicada a resolver un cambio escénico, que más que sumar, puede producir una sensación de torpeza o desajuste. Esta falta de continuidad no solo diluye la eficacia del pulso cómico, sino que también debilita la transición hacia los momentos más serios y discursivos, que no siempre alcanzan la contundencia necesaria para detonar una implicación más profunda en el espectador.
Pero los desaciertos en la dirección no despojan a Piedras en sus bolsillos de su pertinencia ni de su cercanía con el público capitalino. De hecho, más allá del filo presente en la dramaturgia original de Marie Jones, es la traducción y adaptación realizada por el propio Juan Carlos Medellín la que logra consolidar a este montaje como una comedia que parece concebida a la medida para nuestra cartelera. Medellín impregna el texto de elementos y símbolos arraigados en nuestra cosmovisión, desplazando la potencia cómica hacia un terreno más ácido, cercano a la autoironía, donde los personajes no son simplemente ridiculizados, sino que encuentran la jocosidad en la crudeza casi surreal de su propia realidad; un gesto que resulta inherentemente mexicano. A ello se suma la incorporación del poema “Los Nadies”, de Eduardo Galeano, musicalizado e integrado al diseño sonoro de Juan Pablo Villa, que dota al montaje de una identidad reconocible y cercana; y que más allá de su carga estética, introduce una dimensión política incisiva, al poner en palabras la deshumanización sistemática de quienes sostienen estas industrias. De aquellos que no son vistos como creadores, sino como recursos, prescindibles y sustituibles.

Piedras en sus bolsillos es una comedia que, como pocas en la cartelera actual, articula a través de la risa una crítica compleja y sagaz al mundo del espectáculo. Vemos, a través de los ojos de Charlie y Jorge, la enorme maquinaria hollywoodense que, incluso lejos de su territorio de origen, continúa alimentando aspiraciones en lugares como San Ignacio: esa idea persistente, casi fantasiosa, de que el talento, por sí solo, eventualmente encontrará su momento. La industria cinematográfica se presenta como un aparato capaz de otorgar una ilusión de vida renovada a quienes la integran, iluminando incluso las rutinas más anodinas con una promesa de deslumbrante posibilidad. Pero es también esa misma industria la que precariza de forma sistemática a quienes sostienen sus producciones, concentrando los beneficios en las altas esferas mientras decenas de creativos, técnicos y extras subsisten al día, muy lejos del brillo que el imaginario del estrellato promete.
A ello se suma una mirada particularmente aguda sobre lo que ocurre cuando estos rodajes viajan a otros territorios bajo la promesa de visibilizar y legitimar ciertas realidades ante una audiencia global, “contando las historias que realmente importan”. Lejos de cumplir ese objetivo, muchas veces terminan por instrumentalizar la cultura local y lucrar a costa de la integridad de las comunidades. Este sistema genera consecuencias palpables, como la apropiación cultural, la gentrificación y, en casos más extremos, el desplazamiento de comunidades enteras, configurando un entorno en el que los supuestos beneficios de esta exposición rara vez alcanzan a quienes dicen representar. Así, el blanco de la burla en esta comedia es ese aparato voraz: la industria del cine, sus condiciones reales de acceso, los grandes sueños que despierta y aquellos que, con la misma intensidad, termina por destruir. Y, en ese sentido, Piedras en sus bolsillos se convierte en una comedia particularmente exitosa en sus propios términos: esencialmente incisiva y vigente.

Piedras en sus bolsillos busca dejarnos con una sensación de impotencia y desasosiego tras la pérdida dolorosa que azota a la comunidad de San Ignacio, frente a la franca apatía e irrelevancia que esta ausencia adquiere ante el monstruo que es Netflix y su gran rodaje. Y aunque quizá sus desaciertos técnicos no logran conducirnos plenamente a esa catarsis, su verdadera pertinencia radica en su accesibilidad, que permite dar mayor alcance a un discurso tan necesario. Se trata de un montaje que nos empuja a repensar por qué importa lo que representamos y, aún más, desde dónde elegimos contar nuestras historias. Es casi un hecho que la industria del entretenimiento difícilmente podrá deshacerse de esa naturaleza esperanzadora y, al mismo tiempo, profundamente cruel. Sin embargo, lo que sí es posible es acercarnos a ella, como creadores y como espectadores —cómplices de ese mismo aparato, uno más dentro de esa multitud de extras—, desde una mirada mucho más crítica. Porque ni todo el glamour ni el filtro hollywoodense pueden borrar por completo el espíritu humano en su dimensión más compleja y desoladora; ni el enorme peso, muchas veces invisible, que implica sostener esa enorme máquina de sueños y agonías. Y es precisamente en ese espíritu humano donde radica la posibilidad de reapropiarnos de esos mecanismos para contar nuestras propias historias desde un lugar más honesto, empático y sensible.
¿O es que acaso no tenemos derecho a contar nuestras historias como se nos dé la gana?
Piedras en sus bolsillos se presenta de viernes a domingo en el Foro Lucerna. Funciones hasta el 3 de mayo. Boletos disponibles en taquilla y en Ticketmaster.