Por: Jorge Rodríguez
Asistí al Santa Catarina acompañado de una amiga, esperando que pudiéramos disfrutar de la experiencia en el teatro juntos. Y debo confesar que inicialmente me sentí preocupado, principalmente por su accesibilidad, pues en los primeros instantes de la función sentí cierta distancia. La obra en sus primeros minutos se presentaba críptica, experimental, como un paisaje brumoso que se resistía a ser descifrado. Sin embargo, a medida que progresaba la función, la claridad empezó a filtrarse poco a poco, como la luz que atraviesa la neblina, y pudimos ver su conmovedor corazón. Al final, esa cercanía se hizo especialmente evidente en mi amiga, quien encontró en la obra una forma de nombrar emociones que no había sabido expresar hasta ese momento, y compartió conmigo su experiencia de manera íntima y reveladora. Fue a partir de ese reconocimiento de cercanía y resonancia que me dispuse a escribir estas palabras, intentando traducir en lenguaje la impresión que la obra dejó en nosotros como espectadores.
Tres mujeres reciben la noticia de que Alba, una de sus amigas, ha dejado una carta de despedida y ha decidido irse para nunca volver. La madre de Alba les pide que respeten su decisión y dejen descansar su memoria en paz; más por culpa que por honesta resignación. Sin embargo, sus amigas no están convencidas: necesitan respuestas. O al menos, necesitan despedirse. Así, después de escabullirse en la habitación de Alba y encontrar una valiosa pista, deciden emprender un viaje por carretera hacia la tierra de la iluminación y la verdad. Entre risas, lágrimas y mezcal, se irán llenando cada vez más de preguntas acerca del paradero de Alba y de sus motivos para desaparecer. Hasta que, en medio de la neblina y el desconcierto, comiencen a preguntarse si lo que están buscando, en realidad, son respuestas.

Alba, escrita y dirigida por Valentina Manzini y creada por la compañía Mujeres Pájaro Teatro, es una obra que, desde una forma accesible, se adentra en un territorio emocionalmente complejo, con un discurso valioso en torno a la depresión y a los pensamientos autolesivos. El texto se articula en dos vertientes narrativas: la primera mitad, de corte más introspectivo, explora la relación que sostenemos con el dolor y la pérdida —indagando incluso en las etapas del duelo—, mientras que la segunda se aligera en tono, con una estructura más directa, cercana a la lógica cinematográfica del road trip, que arriba a un momento de anagnórisis profundamente emotivo. Este contraste en la dramaturgia construye una curva narrativa que transita del desasosiego a una calidez reconfortante, para finalmente regresar a un cierre solemne y al mismo tiempo esperanzador.
Y es esa misma curva la que Valentina Manzini aprovecha para diseñar el ritmo de este montaje, en constante progresión. Si bien la naturaleza introspectiva del primer acto podría derivar en una escena monótona y aletargada, la dirección encuentra en el texto una cadencia intrigante que empuja al espectador, al igual que a las protagonistas, a profundizar en la historia de Alba. Simultáneamente, el diseño de movimiento interviene los momentos de quietud, dotándolos de dinamismo y permitiendo construir micro-universos escénicos que emergen de la mente de los personajes. Tal es el caso de uno de los monólogos, que se transforma en una persecución policiaca, con todo y sirenas de patrulla. Después, cuando las tres amigas emprenden el viaje, el montaje se convierte en una divertida aventura, donde cada obstáculo se traduce en un hallazgo para el espectador, desde el problema con el vehículo que las deja varadas en la carretera hasta la fiesta en el pueblo, donde se termina por romper la cuarta pared para incorporarnos activamente a la ficción.

Ahí donde la doble función de autora y directora podría fácilmente irse hacia la autocomplacencia, el trabajo de Valentina Manzini demuestra que esta dualidad puede ser exitosa, gracias a una visión clara y sostenida. Su dirección aprovecha a su excepcional elenco, situándolas en un espacio de juego con múltiples recursos que les permiten construir un lenguaje escénico estimulante. De este modo, la dramaturgia y la dirección trabajan en sincronía para fortalecer el vínculo entre espectadores y personajes, permitiendo que el público alcance de manera orgánica la implicación y llegue a la catarsis emocional. Es en esa traducción del texto a la escena, con una suprema estilización y un dinamismo cinematográfico, donde Alba se consolida como un montaje de notable potencia narrativa e inmenso valor estético.

Precisamente en términos de valor estético, es imposible hablar de Alba sin detenerse en los elementos de diseño que potencian el montaje y lo convierten en una experiencia sensorial envolvente. El concepto escénico de Aurelio Palomino —en conjunto con el diseño sonoro de Nicolás García Lieberman, que juega con vientos ligeros y percusiones delicadas— construye un espacio liminal donde la luz, el sonido y la imagen en movimiento materializan los distintos entornos que los personajes habitan a lo largo de la obra. La escenografía se compone de dos estructuras metálicas blancas con una ventana al centro, que se resignifican constantemente como plataformas, escaleras o marcos, encuadrando la acción y guiando la mirada del espectador. A esto se suman diversas telas y superficies claras que funcionan como lienzos para proyecciones de imagen y video, ampliando las posibilidades visuales del montaje.
Finalmente, el vestuario de María Rosa Manzini irrumpe sobre esta paleta neutra con acentos en rojo y azul, generando un contraste que unifica visualmente a las intérpretes y, al mismo tiempo, les otorga una identidad particular.
Dentro de este universo sensorial, es el diseño audiovisual de Luciana Herrera Caso el que mejor logra construir un puente entre la solemnidad del tema y el aura luminosa del viaje de los personajes. Con el respaldo de un equipo entero de producción cinematográfica — encabezado por la propia Herrera Caso, Karla Fierro y Daniel Corkidi—, el video en Alba se consolida como un recurso clave para activar la capacidad de asombro del espectador y dar forma a un relato que, pese a la complejidad emocional del tema, resulta profundamente entrañable y conmovedor. Es en aquellos momentos en los que el lenguaje audiovisual se integra de forma orgánica con el resto de los elementos del montaje —como la aparición del caballo entre la niebla— donde la obra adquiere un carácter casi mágico, etéreo y esperanzador. Y esta misma cualidad se prolonga y materializa en la presencia de una estructura colgante compuesta por cristales, campanas y otros objetos que, al danzar y refractar la luz, generan un efecto caleidoscópico que envuelve a las actrices durante la función. Suspendido sobre las protagonistas, este elemento adquiere una dimensión casi simbólica: la de un cuarto personaje que remite a la propia Alba, una ausencia que tiñe de distintos matices la experiencia de quienes la rodean, según el ángulo desde el cual se le mire.

Ahora bien, el trabajo actoral es, sin duda, el principal sostén del montaje. Interpretando personajes que comparten sus propios nombres, Alejandrina González, Irma Sánchez y María Kemp —quien alterna funciones con Abril Ramos Xochiteotzin— conforman un elenco que construye personajes complejos y viscerales, profundamente marcados por su relación con la salud mental. Son ellas quienes sostienen la empatía que desarrollamos hacia Alba, y quienes permiten que su decisión sea cuestionada, a pesar de no estar presente en escena en ningún momento. Y sin dejar de ser un trabajo notablemente homogéneo, cada una matiza ese universo emocional desde un lugar distinto: Irma se inclina hacia la desesperación y la ira; María y Abril transitan desde la inocencia y el miedo; y Alejandrina se sitúa en un lugar más cercano a la curiosidad y la empatía. Esta diversidad de energías amplía el espectro del montaje, permitiéndonos recorrer las distintas formas de enfrentar la ausencia.

Pero, sobre todo, es gracias a la sensibilidad de sus interpretaciones que Alba evita convertirse en una exploración centrada en el suicidio —sin juzgarlo ni tratar de explicarlo— y, en cambio, se enfoca en las emociones complejas que orbitan la pérdida de un ser querido. Emociones que, aun sin ser plenamente racionalizadas, pueden arrastrarnos hacia territorios oscuros, donde la depresión puede llevarnos al borde del abismo. Aunque el montaje podría inclinarse con facilidad hacia la emisión de juicios sobre aquello que puede llevar a una persona a querer desaparecer, el elenco opta por reconocer y sostener la complejidadirreductible de esa experiencia. Es desde ese lugar que se articula este montaje: no para ofrecer respuestas, sino para confrontarnos con esas emociones que, con frecuencia, preferimos no mirar.

Alba comienza hablando de los medios; de estos filtros a través de los cuales vemos el mundo y que usamos, como el lente de una cámara, para capturar la realidad. A partir de ahí, elmontaje materializa esta metáfora en la luz que se refracta sobre los cristales de colores y en los distintos ángulos desde donde se construyen los personajes. Este concepto atraviesa todo el montaje, como queriendo decirnos que no existe una verdad absoluta, y que, especialmente en materia de depresión y salud mental, no es posible emitir juicios. Pues, a los ojos de cualquier persona, hasta la luz más cálida puede ser insuficiente para soportar la frialdad del mundo.
Y, aun así, sin resultar adoctrinadora o complaciente, la obra encuentra un pulso esperanzador en aquello que sostiene a sus personajes: la amistad. En el viaje compartido —con sus momentos de ligereza y desconcierto— se construye una forma de contención que no busca respuestas, sino presencias. Es en ese estar juntas donde cobra sentido la estructura colgante que acompaña a las protagonistas; en los objetos que pertenecieron a Alba y que resguardan los diferentes fragmentos de su vida. Recuerdos que, como la luz al atravesarlos, se transforman según quien los mire, y que encuentran sentido pleno al ser compartidos.

Así, más que ofrecer certezas, Alba se revela como una representación honesta y atinada de lo complejo que es lidiar con nuestras emociones adultas. Como las tres amigas, nosotros emprendemos un viaje desde la bruma, asomándonos a la diversidad de colores, texturas y formas que puede tomar el dolor y la pérdida. Pero, sobre todo, nos recuerda la importancia de construir recuerdos en comunidad, y de entender que el acto mismo de crearlos es también una forma de habitar el mundo. Nos recuerda la importancia de aprender a ver a través de los ojos de los demás, y de elegir mirar el panorama completo a través del medio correcto. Porque eso nos enseña no a ver, sino a sentir. Y solo desde ahí —desde la empatía y la compañía— es posible dejar de buscar respuestas; dejar de querer entender, y empezar a sentir. Para no desear desaparecer, sino quedarnos, y querer ver amanecer.
Alba se presenta de jueves a domingo en el Teatro Santa Catarina con funciones hasta el 26 de abril. Boletos disponibles únicamente en taquilla