Niñas y Niños: narrarnos a través del color

Por: Jorge Rodríguez

¿Cómo escribo sobre una obra que me descolocó? ¿Desde qué lugar puedo nombrar una experiencia que, más que disfrutar, en realidad padecí?. El montaje que tuve la oportunidad de ver en el Foro Shakespeare, independientemente de sus aciertos técnicos o poéticos, no es ni de cerca una experiencia a la que se regresa por gusto. Pero lo cierto es que dejó en mí una marca; una inquietud a la que necesito ponerle nombre, forma y color. Así que es precisamente desde ahí, desde ese impacto que aún no termino de asentar, que surge mi necesidad de escribir. Para tratar de dar forma a aquello que, en escena, se presenta como una herida abierta

📸: Jorge Rodríguez

Una mujer se planta frente a nosotros y comienza a contarnos su historia: el viaje que le permitió escapar de una vida monótona, el encuentro con quien después sería su esposo y que traería consigo una sensación de equilibrio, su incursión en el cine documental y la construcción de una familia que terminaría por sumergirla en el caos de criar a dos hijos tan brillantes como insoportables. Con cada anécdota, vamos conociendo un poco más su personalidad, así como la frustración constante que la ancla a un cotidiano insatisfecho. Pero cuando la aparente estabilidad de su matrimonio comienza a resquebrajarse, las paredes de su mundo empiezan a rasgarse como papel, dejando entrever una oscuridad que transformará su historia en algo mucho más inquietante y doloroso. En una de esas historias que lastiman el alma para siempre

📸: Jorge Rodríguez

Niñas y niños comienza con un lienzo en blanco, sobre el que el personaje va trazando con brocha y pintura los recuerdos de su hogar. Este dispositivo permite a la actriz, Amaya Blas, establecer un diálogo lúdico con la imagen de los hijos, construyendo un puente entre la narración de su vida y esos recuerdos materializados que emergen como breves destellos, casi cinematográficos. Este juego pictórico se extiende al diseño de vestuario, que la presenta con un overol negro salpicado de color, configurando al personaje como una auténtica maraña de memorias. Y así, en el gesto de pintar, desgarrar el papel, arrugarlo y recomponer la imagen, la obra nos conduce hacia una experiencia que se aparta de la linealidad y que nos obliga a acompañarla en su intento por dar sentido a sus recuerdos; ensamblando fragmentos y tiñéndolos de distintos matices, hasta confrontar ese negro profundo que la viste y la inmoviliza.

Sosteniendo la eficacia de este dispositivo está Amaya Blas, cuyo trabajo actoral destaca, sobre todo, por la inteligencia con la que conduce al espectador a través del montaje. Durante las primeras escenas, y hasta la aparición del primer recuerdo de los hijos, parecería que su interpretación no encuentra suficientes matices: tropieza con los pasajes más cómicos, provocando una risa que nace más de la incomodidad y la ironía que de un verdadero disfrute, mientras contiene las emociones, como si se negara a revelar su verdadero centro. Sin embargo, esta aparente distancia emocional cobra sentido conforme la obra se adentra en sus momentos más intensos. En realidad, Blas narra desde una frialdad casi forense, como quien, tras una catástrofe, intenta todavía explicarse lo ocurrido; y la comicidad surge por inercia de esa confusión. Y es en los recuerdos vívidos de sus hijos donde la temperatura cambia y se permite hablar desde la entraña, dejando que el relato se avive hasta volverse sofocante y abrasador.

📸: Jorge Rodríguez

Ese desplazamiento de la frialdad a la incandescencia responde, en gran medida, a la estructura de la dramaturgia original de Denis Kelly, bajo la traducción y adaptación de Paula Zelaya Cervantes, que plantea un recorrido desde el desconocimiento —donde el núcleo crítico de la historia aún no se revela— hasta una catarsis dolorosa en la que emerge con claridad su verdadero centro. Y esta estructura podría ser riesgosa, pues las primeras escenas se extienden y parecen acumular información que, en apariencia, no resulta esencial; claro ejemplo de ello es el contexto del viaje previo al encuentro con su esposo o los detalles de su desarrollo profesional en el ámbito cinematográfico. Sin embargo, la dirección de Itari Marta comprende con precisión ese arco y lo construye en complicidad con la actriz, sosteniendo esa progresión de la frialdad al calor hasta alcanzar su punto más explosivo. Aunque por momentos la obra parece demorarse en llegar a su punto de quiebre, en realidad está preparando el terreno para lo inesperado. Estas decisiones no predisponen al espectador, sino que lo hacen bajar la guardia; y es precisamente por ello que, cuando la violencia irrumpe en toda su crudeza, el impacto resulta devastador. La obra toma por sorpresa, y en ello radica su efectividad: en su capacidad de volverse profundamente dolorosa y difícil de sostener.

📸: Jorge Rodríguez

Esta es, en esencia, una obra de absoluta oscuridad. Desde el inicio, la protagonista habla de su necesidad por comprender la violencia que la rodea; primero desde su vínculo con el cine documental, donde se visibilizan las distintas formas de agresión que atraviesan a comunidades enteras. Como si entenderla fuera también una forma de entendernos. Poco a poco, esa misma violencia comienza a filtrarse en los recuerdos de sus hijos, donde el juego aparece constantemente atravesado por impulsos destructivos, y donde la propia madre responde con apatía y hostilidad, producto del desgaste físico y emocional. Buscando evidenciar que estas dinámicas también habitan lo cotidiano, la obra introduce pequeñas dosis, rastros de microviolencias fácilmente reconocibles, hasta que la separación de la pareja da paso a otra forma de violencia: una mucho más visceral, casi primitiva y profundamente voraz. Niñas y niños es un montaje que se adentra en los horrores del infanticidio y la aniquilación familiar desde un lugar crudo y sensible. Y entendiendo que estos temas no admiten una sola lectura, la obra propone una dualidad esencial: nos sumerge en la experiencia desde un lugar profundamente emocional, evitando cualquier distancia confortable, y al mismo tiempo nos recuerda que esa distancia existe. Insiste en que ese horror que se nos revela a cuenta gotas no pertenece únicamente a la ficción, sino que habita fuera de ella. Que estas cosas pasan. La diferencia es que, por ahora, no nos está pasando a nosotros.

La mayor virtud de Niñas y niños es la forma compleja con la que se aproxima a esa violencia. Al contrastarla con las pinturas infantiles, la obra nos sitúa entre una distancia respetuosa y una empatía sensible que no busca el disfrute, sino permitir que la experiencia nos atraviese. Y la clave está en el balance; en esos destellos de color —de ternura y de esperanza— que la protagonista introduce al pintar los recuerdos de sus hijos. Aun cuando el negro domina cada imagen, el color persiste. Y es solo a través de la representación —de la remembranza y la reconfiguración del trauma—, al volver a contar su propia historia, que logra teñirla de otro color.

📸: Jorge Rodríguez

Sí, este es un montaje difícil de digerir. Pero también es un ejemplo claro de cómo el teatro puede tomar la violencia y convertirla en una experiencia catártica, tanto para quienes la crean como para quienes la presencian. Niñas y niños no busca racionalizar, sino sensibilizar. Nos invita a sentir, a dejar que aquello que solemos evitar nos atraviese, a través de un tratamiento estético que no agrede, pero sí incomoda y abre espacio al diálogo. A pesar de su crudeza, es una obra necesaria: una que nos obliga a mirar la violencia más allá de su negrura y a entender el trauma como una paleta más amplia de matices. Porque incluso ahí, entre la fractura, persisten los colores. Y reconocerlos es también una forma de narrarnos: de entender que lo que nos hiere y lo que nos sostiene conviven en una misma historia.

Niñas y Niños tendrá dos funciones más, los martes 14 y 21 de abril a las 8:30 pm, en el Foro Shakespeare. Boletos disponibles en taquilla y en línea.

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